Ataduras que encarcelan

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  –  Me han dicho que en Riereta me podría duchar y cambiar de ropa.

No le habíamos visto nunca, pero alguien le habló de lo que hacemos y, nada más vernos, se vino hacia nosotros. Éramos su tabla de salvación en medio de un océano negro e infinito.

Víctor es bastante joven y aparentemente se desenvuelve bien.

–  Soy alcohólico y tengo depresión. Yo solo, no puedo salir.

No es normal que en un primer encuentro demos satisfacción a sus demandas.
Es conveniente conocer más cosas.
Tampoco su perfil se corresponde al que nosotros denominamos “perfil de Arrels”: persona que vive desde hace años en la calle y que está especialmente deteriorada. Normalmente superará los 50 años. Víctor, en cambio, se vale por sí mismo y tiene posibilidades de gestionar y de moverse.
También es importante conocerle un poco, saber alguna cosa más de él, de su vida, de su situación… La mentira en muchas ocasiones forma parte de su estrategia para poder sobrevivir, y no lo criticamos: mucha otra gente utiliza el engaño para poder lograr lo que pretende y viven la mar de bien. ¿Por qué no lo va a intentar una persona a quien le puede ir la vida en ello? La mentira y la compasión, son dos armas que sólo la dejan de usar cuando entre medias se establece la confianza. Y aún así…

–  ¿Por qué no te acercas a los servicios sociales de la administración y hablas con un trabajador social?
–  Hace algún tiempo que me movía por ese campo, pero soy algo violento cuando bebo y me fui. Quedé mal con aquella gente y ahora me cuesta volver. No sé cómo me recibirían.

A las personas que vemos que son jóvenes y que aún pueden valerse por sí mismas, porque no están machacadas por la calle, intentamos que hagan el esfuerzo de que sean ellas las que se busquen los recursos que necesitan.

La conversación que hemos mantenido nos ha permitido saber algo más de nuestro amigo Víctor: no es nuevo en la calle. Es posible que haya estado trabajando y que dejase en algún momento la bebida. Pero ahora ya no tiene trabajo y ha vuelto a beber.

Por la tarde estuvo en Riereta. Por la mañana le habíamos prometido que se podría duchar al menos esa tarde en el Centre Obert. Nuestros buenos oficios con Anna, educadora del Centre, permitieron que Víctor se duchase y él nos lo agradeció.

–  La próxima vez, te vas a Fonthonrada, le dijeron.

Fonthonrada  son unos locales del Ayuntamiento en donde se pueden duchar cada día unas treinta personas, pero has de ir el día anterior para que te den la tanda.

Pero no nos hizo caso, y el martes siguiente Víctor estaba puntualmente otra vez en Riereta.
Eso sí, más deteriorado y bebido que la semana pasada. Por supuesto que tampoco ha ido a los servicios sociales ni ha intentado pedir plaza en un albergue para dormir.

            –  Enrique, no puedo. Estoy alcoholizado y, cuando llega la tarde, ya no puedo moverme del banco para ir a ningún sitio. Tengo depresión…

Su discurso no varía: soy alcohólico y tengo depresión. Con estas dos excusas Víctor justifica su inacción.
Víctor seguirá, sin remedio, precipitándose en su caída. Él solo es muy difícil que se libere de la atadura del alcohol que le hace, a su vez, no poder avanzar, dejándolo atado al banco que le encarcela…

Por otro lado, tú no puedes convertirte en su lazarillo que todo se lo da solucionado…
El querer cambiar, el querer vivir, es un acto de voluntad que sólo lo puede ejercitar aquel que desea el cambio. Por lo que, como siempre, tú sólo puedes estar a su lado, sugiriendo caminos, empeñando esfuerzos… esperando…

Y tal vez algún día, Víctor encuentre razones que logren romper sus propias ataduras, sus propias rejas… que le impiden salir a una vida mejor.

Enrique

Ellos lo intentan

Luisa vive en la calle desde hace ya mucho tiempo (según ella, desde los 10 años) y pocas cosas le has de enseñar. Se le nota que es mujer luchadora y que ha tenido que sobrevivir en un mundo sobradamente machista. Quizás por eso siempre intenta ir de por libre, aunque no rehuye la compañía de los que ella previamente ha elegido a lo largo de su vida: “¡Sólo amigo!”, nos aclara. Seguir leyendo

Del dolor ajeno

Que me perdone quien haya escrito este texto, si es que lo llega a leer y no le gusta que lo haya exhibido. Lo tenía —anónimo— en el ordenador, archivado, entre otros, como TEXTOS INTERESANTES. No es mío, pero me siento tan identificado con él… 

Hablamos con una naturalidad del dolor ajeno…
Vivimos el sufrimiento ajeno con una normalidad…
Expresamos las carencias del otro con una frialdad…

Y, por otro lado, es normal. Si los que trabajamos cerca de las personas que sufren la marginación no pudiésemos alejarnos del sufrimiento, del dolor, de las carencias… que padecen, seguramente que se nos haría muy difícil convivir con nuestra propia conciencia. Seguir leyendo

Milagros de la Calle

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Es normal que a los que nos dedicamos a esto de acompañar y estar con aquellas personas que viven y duermen en la calle, y que allí comen y defecan y ven pasar la vida…, aquellas que nadie quiere ver, las invisibles, las que estorban, y, a veces, apalean mientras beben…, las que no quieren nada, porque así ya les está bien para seguir viviendo…, Seguir leyendo

Así, pequeño, así

Como casi todos los años, mi amiga Auxi, me manda por Navidad una reflexión que te hace bajar a la tierra para elevarte a Dios.

Navidad

Así, pequeño, así.

Así quiero que nazcas nuevamente en mi vida.
Te quiero, pequeñito -no me gusta lo grande-.
Te quiero así de débil -tengo miedo a lo fuerte-.
Te quiero así de niño -los sabiondos me aturden-. Seguir leyendo