Lo malo es la impotencia

Mientras te da igual y te amparas en el escudo de la indiferencia: “eso no va conmigo”…
Mientras el otro no te importa y no le dejas que entre en tu vida…
Mientras él no significa nada y su dolor deja de dolerte cuando doblas la esquina…Mientras su soledad no te hace sentir tu propia soledad…
Mientras él es “él” y no te implica en el “nosotros”…
Mientras su culpa no es tu culpa y su vida no remueve tu vida…, todo va bien.

Lo malo es, cuando un buen día te levantas y se te viene encima todo el dolor del otro, toda su soledad, toda su incoherencia y amargura…
Lo malo es, cuando cargas sobre tus espaldas toda la impotencia, porque quieres ofrecer lo que no tienes, lo que no existe, ni seguramente él quiera…
La amargura de la impotencia.
¡Qué coño hago yo aquí, si no tengo qué ofrecerte! y, si te ofrezco, no quieres…
Me duele la impotencia.
¡Porque yo no sé (ni tú sabes) qué ofrecerte!
Esperé a que te hundieras y ahora estás tan adentro que no llego a cogerte, ¡que no quieres cogerte!

Hoy te vi dormido en el quicio de la puerta y respeté tus sueños.
Tu mala, tu jodida vida me conmueve.
Nunca he esperado nada de ti, ni tampoco espero nada de mí.
Mi relación sólo busca romper soledades.
Te acompañaré hasta el final, si tú me dejas; pero, si estorbo, me echas.

Enrique

Solidaridad ¿derecho de los pobres?

tancaremelcie-cartellAyer estuve delante del CIE (Centro de Internamiento para Extranjeros) junto a algunos centenares de personas, exigiendo que estos centros se cierren. Los CIE’s son lo más parecido a una cárcel para los que no tienen papeles, pero sin los derechos, las reglamentaciones y controles (ni siquiera los profesionales adecuados) que las cárceles de verdad  tienen. Son, sin duda, una de las expresiones visibles de mayor injusticia que una sociedad, que se dice de derecho, mantiene contra el más indefenso: el inmigrante pobre y sin papeles.

Y es que este sistema nos está acostumbrando a taparnos los ojos cuando —nos dicen— lo que está en juego es nuestro bienestar, nuestro dinero, nuestra seguridad… Entonces, los derechos de los unos (siempre los de los pobres) se disuelven en la nube que todo lo difumina de la solidaridad de los otros (los ricos).

Es más cómodo, más barato y tranquiliza conciencias. Primero, yo, y, después, el otro… si me sobra y dentro de lo que me sobre. Porque el vivir dignamente para todos nunca ha sido un derecho y se convierte en la disposición que el rico tenga para ser solidario con el que no tiene.

Cerramos las fronteras porque no hay para todos, pero los mercados las abren para sus multimillonarios negocios de los que se aprovechan unos cuantos países (y unas contadas personas) y, luego, éstos, a su vez, les devuelven migajas en forma de solidaridad. Una solidaridad controlada, malgastada y extorsionista.

¿Qué país habla de dar ayudas al desarrollo a otros países como un acto de justicia? ¿Quién se atreve a decir que estas “ayudas” son de derecho para las personas que están sufriendo nuestras desigualdades?

¿Quién, en todo este proceso soberanista catalán, ha hablado como de derechos las aportaciones que las comunidades más ricas están dando a las más pobres? ¿De esos entre 8.000 y 16.000 millones de euros que Catalunya tendrá, si se hace independiente, cuál va ser su aportación “solidaria” a las personas queTANQUEM ELS CIE's viven en países de miseria? Esta pregunta no la he visto en ninguna de las encuestas que se están realizando a lo largo y ancho del país.

O, a nivel de calle, hacemos maratones para motivar el sentimiento de las personas “por solidaridad”, pero nunca por una distribución equitativa.

Me decía un día un compañero de Arrels: “Enrique, es que los cristianos debemos llegar un poco más allá.”  Como si el cristiano debiera concebir la justicia de otra manera que aquel que no lo es. Como si debiéramos hacer distinciones en el hacer de cada día. Al otro, quizá, le mueva la persona y el hacer un mundo mejor. A mí desde luego lo que me mueve es la persona y hacer un mundo mejor que, mire usted por donde, está en la línea de lo que yo entiendo que es el Reino de Dios. Mi única diferencia en todo caso está en quién está detrás de todo esto (Dios). En el fondo, mi compañero de Arrels no se ve trabajando por devolver derechos, su objetivo último es hacer misericordia, una misericordia paternalista…, de poder…, de ayudar en la solidaridad, pero nunca de rehacer derechos.

En los derechos no se juzga a quienes los recibe. En la solidaridad siempre dependerá de la concepción económica, ideológica, religiosa, sexista, racista… que tenga el que la da. La solidaridad siempre conlleva alguna cosa de poder/esclavitud.

Algo no funciona en nuestra sociedad cuando los derechos de los pobres dependen de la solidaridad de los ricos.

Enrique

La enfermedad en la calle

 

Hombre-durmiendo-sentado-en-escalerasManuel está mal. Desde hace unas semanas lo vemos mal y él se siente mal.

Por las mañanas, antes, cuando llegábamos, ya estaba en pie en el quicio de lo que fue una puerta y que ahora está tapiada. Allí se esconde, a un lado de la plaza, detrás del macetero que nadie ha vuelto a cuidar. Pero, ahora, en estos días, cuando nos acercamos, Manuel permanece sentado en el último peldaño de la escalera de piedra donde pasó la noche. Su maleta grande, portadora de su casa, no está cerrada: la manta, que protegió su cuerpo del relente de la noche, aún está tirada por el suelo.

Sus movimientos son lentos y poco precisos, se le ve cansado.
Le notamos mal y los vecinos también. Ellos nos preguntan y se interesan por Manuel. También le traen, como lo hacen todos los días del año, comida que ahora no come o que la vomita sin poder apenas tragar. Están preocupados. Pero Manuel no quiere nada.

— Manuel, si quieres, te acompañamos a urgencias.
— ¿A dónde?
— Al hospital, al ambulatorio…
— ¿Y dónde dejo la maleta?
— Nos la llevamos a Arrels, o la dejamos aquí, en la iglesia…
— Yo de aquí no me muevo.

Es su única contestación.

— Pero estás mal, no puedes estar así…
—Ya se me pasará. En tantos años de vivir en la calle, uno se acostumbra…
— Pero los años no pasan en balde…
— Sí, claro, ya nos vamos haciendo mayores…

Y allí se queda.

Desde que lo vemos así, procuramos que todos los días alguno de los equipos de calle de la zona vaya pasando para ver si necesita algo, o, mejor, para ver si cambia de idea y permite que lo acompañemos a un hospital.

No es lógica la actitud de Manuel, lo sé. No se entiende la manera de reaccionar de Manuel, estamos de acuerdo. Pero ¿qué hacemos con Manuel?

— Manuel, que sepas que nos vamos preocupados —le decimos al despedirnos.
— Muchas gracias por venir —y se lleva la mano al corazón. Es su despedida agradecida.

P.D. Después de varias semanas, Manuel ha ido mejorando en la calle, sin moverse de allí, sin aceptar nuestros requerimientos…

Enrique

Espai de Vincles Rosalia Rendu

Vincles

Hace tiempo que quería hablar de un proyecto sencillo, sin grandes pretensiones y que nació hace unos años en Barcelona. Un proyecto que únicamente pretende crear vínculos con aquellas personas que están durmiendo en la calle y que no son capaces de querer nada: — ¿Para qué? si así ya estoy bien —

El proyecto se llama Espai de Vincles Rosalia Rendu y sus impulsoras son las Filles de la Caritat apoyadas por unas decenas de voluntarios que cada noche “pierden su tiempo” dedicándoselo a los más excluidos de entre los excluidos.

Su único objetivo consiste en crear relación con las personas que duermen en la calle sirviéndose de dos espacios: directamente en la calle, yendo allá donde estas personas duermen, y en un centro de acogida, donde algunos, los que están peor y quieren, pueden pasar la noche bajo techado pero en condiciones no muy diferentes a como lo hicieran en la calle: sin colchones y con el cartón de vino cerca para esconder el miedo y olvidar su vida. Y todo ello sin pretensiones ni exigencias de cambio, sólo creando vínculos.

En realidad no se trata de un recurso más, ni siquiera pretende ser un estadio intermedio para nuevos planteamientos de crecimiento personal. Es únicamente un espacio para acompañar soledades. Estar al lado sin condiciones, sin pedir nada a cambio.

Desde hace años, los que hacemos la calle, hemos soñado con ofrecer sitios así para gente que conocemos y que nunca han querido nada y siguen sin querer nada. Personas que, llegadas a esta situación, no son capaces de convivir con el orden ni con una mínima disciplina de horarios. Les sobrepasa el tener que relacionarse con otros y les angustia los espacios cerrados donde no pueden ver las estrellas al levantarse…

Hace tiempo, en este bloc, ya hablaba del servicio que ofrecían los cajeros a estas personas y de la necesidad de inventarse lugares semejantes en donde pudieran tener el acceso libre. Lo titulé “Reivindicar los cajeros”. Ojalá este proyecto, Espai de Vincles Rosalia Rendu, siga dando respuesta por mucho más tiempo en el camino que lo viene haciendo desde que nació: en silencio, desde la pobreza y el respeto, desde la igualdad y el cariño…

 Enrique

A Luis Miguel, en su muerte, a modo de esquela

Le conocí en la bajada del carrer del Bisbe, junto a la catedral, sentado en el suelo y con unas monedas en la mano extendida.

— Luis Miguel, ¿hace un café? —y la tarde se pasó en un suspiro.

Castellano viejo, era locuaz, de fácil palabra y erudito. Y también escribía:

Antes de encontrar
la calma definitiva
quiero disfrutar
la calma en vida.
Quiero ahuyentar desengaños,
sobresaltos.
Busco paz, la intuyo en tu sonrisa;
por eso me encandila tenerte
antes de que llegue
la calma definitiva.
                                        La calma
                                                               Sacado de su libro Poemario.

También ha dejado un bloc inacabado (Pobreza y luz) que perdurará, quizá, en los siglos de Internet.

Hasta siempre, amigo.

 

 

 

Personas sin hogar se agreden

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Fotografía de Ara.cat

El día 6 de este mes el periódico Ara.cat lo contaba: en Barcelona, en la plaza del Duc de Medinacelli un joven magrebí había sido apuñalado por un compañero suyo y había sido hospitalizado en el hospital del Mar. El artículo termina diciendo: Uno de ellos, que como el resto tampoco quiere enseñar la cara ni decir cómo se llama, sí pide que quede por escrito el problema de fondo que sufren todos y que explica éste y otros enfrentamientos: “No tenemos trabajo”. Sigue leyendo

Murió un hombre de la calle

  • Este verano, mientras muchos de nosotros hacíamos vacaciones, murió José. Un hombre que hizo de la calle su morada hasta que la muerte se lo llevó.
    Apenas nadie se enteró de que había muerto, apenas nadie asistió a su entierro, apenas nadie dejó sus vacaciones para acompañarle en su último adiós. José se fue como vivió: solo.

    Durante años, Anna María y Mariona  lo habían visitado en aquel hueco de acera de la calle Pelayo que José se había apropiado para vivir.
    Ellas, todas las semanas, lo visitaban y hablaban con él. Su compañía creó lazos, lazos que unen sentimientos. Ahora, con su muerte, esos lazos se han roto y han dejado huellas de tristeza y de dolor.
    Así nos lo explicaban Anna María y Mariona al resto del Equipo de Calle:

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