CON CARTONES POR LA CALLE

Son invisibles si no quieres verlos. Pero están. Sin techo, sin hogar, ellos se buscan cartones para sobrevivir.

  • Personas sin hogar fallecidas en 2009

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    Indicador fallecidos
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  • SOY ENRIQUE

    Soy Enrique y de apellido Richard. En noviembre del 2002 me uní, como voluntario, al equipo de calle de Arrels Fundació. Desde entonces que me gusta decir que ‘hago la calle’.

    Junto a Puri, cada martes paseamos un trozo de Barcelona para descubrir y estar con esas personas que normalmente nadie ve. Personas que pasan desapercibidas, unas veces por las prisas que llevamos, otras, porque se esconden a nuestros ojos y otras, porque nos molestan, porque están sucias, huelen mal y deslucen nuestros barrios.

    Sólo pretendemos ‘estar’, acompañar. Que sepan que también hay gente que los mira con otros ojos y que puede salir de la calle. pero sólo si él quiere.



    concartones@enriquerichard.es

  • SOY GABRIEL

    PROFESIÓN: Casi jubilado, aunque escucho propuestas. PERFIL: Soy una parte de las personas que hace que Arrels exista. ¿LO NEGATIVO?: Un poco cansado del papel que me ha tocado en esta comedia. OBJETIVOS: Ver pasar la vida, lo más cómodo y agradable que pueda, Siempre que así sea. AFICIONES: Todo aquello que me resulte entretenido, cine, leer, hablar, escribir. Juego el parchís, dominó ,etc, etc por puro placer de compartir y relacionarme.
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22 DE NOVIEMBRE: DÍA DE LOS SIN TECHO. “LOS LUNES AL SOL”

Publicado por Con cartones por la calle en 21 Noviembre, 2009

Cada año, en Noviembre, se celebra el día de los que viven en situación de calle. Os adjunto la campaña de Cáritas y un MANIFIESTO que ha lanzado  VOCES CONTRA LA EXCLUSIÓN de Sevilla.
Desde hace algunas semanas que voy constatando en el día a día lo que hace meses ya anunciábamos y nos temíamos que pasaría a causa de esta crisis: YA HAY MÁS GENTE QUE DUERME EN LA CALLE. Y son personas que aún no están deterioradas. Son trabajadores y trabajadoras que han sido expulsadas del mundo laboral y que, sin trabajo, agotado el desempleo, sin dinero, los amigos también les han dado la espalda, solos, ya están en la calle.
Los he llamado “LOS LUNES AL SOL”, pero los protagonistas de la película, al contrario de los que ahora os presento, aún mantenían sus casas…

LOS LUNES AL SOL

- ¿Pero ya te vas?
Era Óscar. Durante más de veinte minutos nos había contado sus desgracias y alguna cosa de su vida.
Le parecía poco.
Él seguramente esperaba algo más de nosotros. Algún movimiento por nuestra parte, alguna palabra que le hubiese abierto a la esperanza.
Óscar es colombiano. Vino a Barcelona hace ocho años. Le dieron trabajo y tuvo “papeles”. Luego marchó a Madrid y allí siguió trabajando.

-          ¡Eso era trabajar! Había días que tenía que renunciar a trabajos que me ofrecían. No daba abasto…

Óscar es joven y fuerte.

-          Tenía entonces muchos amigos. Derrochaba el dinero. Ya sabes… copas, bailes… Pero, de golpe, todo acabó y me ví en la calle. Y los amigos se fueron…

Puri y yo escuchábamos.
Él esperaba alguna respuesta que nosotros no le podíamos dar. Sencillamente, no la teníamos. Óscar lo que necesitaba era un trabajo, lo pedía a gritos, y, mientras, algún sitio donde poder vivir dignamente. Y nosotros no se lo podíamos dar.

Amir también se quedó sin trabajo y hace más de un año que también se le acabó el paro. Ahora está en la calle.

-          Me dijeron los compañeros que ibais a venir. No quería hablar con vosotros. Total ¿para qué? si al final no me dais soluciones.

Pero Amir no paró de hablar y de quejarse.

Y tú escuchas porque no sabes, no puedes, hacer otra cosa.
Como a Óscar, a Amir le falta un trabajo que esta sociedad le ha arrebatado. Y él se revela contra ella, contra la sociedad, y, de paso, contra mí que estoy delante y me identifica como su representante.
¿Y yo estoy, me digo, para dar soluciones?
Y tengo que tragar saliva de rabia y de impotencia y reconocer lo injusto que somos con los que nada tienen, con los últimos de esta sociedad. Y se me remueve el alma al comprobar, al tener que aceptar mis propias limitaciones.

-          ¿Sabes qué es lo más indigno que tenemos los que vivimos en la calle? Que no tenemos ni sitio en donde poder hacer nuestras necesidades.

Jamás nadie hasta ahora me había espetado a la cara esta limitación con tanta crudeza y claridad.

-          El otro día pedí al dueño de un bar el poder entrar en el water de su establecimiento, pero no me dejó. Cuando salí, lleno de rabia, me mee en su puerta.

No; no soy nadie y nada puedo hacer y me encojo de hombros ante la adversidad de aquella persona que tengo delante y que me está haciendo partícipe de aquello que le es más sagrado: Sus miserias.

-          ¿Fuiste a Pujades a los Servicios Sociales del Ayuntamiento?

-          Sí, tengo cita para dentro de dieciocho días -y nos enseña el papel donde consta el día y la hora-. ¡Quién sabe qué habrá sido de mí dentro de dieciocho días! Y entre tanto ¿dónde duermo?, ¿dónde como?, ¿dónde cago?, ¿dónde meo?…

El trabajador que le atendió está desbordado, se encogió de hombros como yo. Y la administración que no sabe dar respuestas, que no las tiene o no las quiere tener, también se encoge de hombros o los expulsa del entorno donde estorban y hacen mala olor.

Ayer fue Óscar, otro día fue Amir, pero cada vez más las plazas y los parques se van llenado de personas, sobre todo hombres, de entre 30 y 45 años, que me hacen recordar aquella película de Bardem “Los Lunes al Sol”.
Y van apareciendo tantos… comenzando por los extranjeros, tengan o no tengan “papeles”.
Y la administración mientras y la sociedad que pasa a su lado también, como yo, nos encogemos de hombros sin saber, sin querer dar soluciones.
Porque al fin y al cabo lo que necesitan es tan simple como un trabajo y, mientras, un sitio donde poder vivir y hacer sus necesidades dignamente.

Enrique

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MURIÓ “EL SEVILLA”, UN INDIGENTE

Publicado por Con cartones por la calle en 11 Noviembre, 2009

Agradecimiento y admiración
para todos los profesionales y voluntarios
del Ayuntamiento de Barcelona ,
de la Llar Pere Barnés y del Centre Obert d’Arrels
que en algún momento de la vida del ‘Sevilla’
le dedicaron su tiempo y su cariño
y que él siempre valoró.

El-sevilla

Ha pasado algo más de un año y aún lo recuerdo con dolor.
‘El Sevilla’ era hombre de calle.
Llevaba años, muchos años, en la calle y, otros muchos, debajo del puente de Calatrava. De hecho, según nos contaron, fue su primer inquilino, luego, vinieron y se fueron otros.

Le conocían todos los que en algún momento de sus vidas habían estado en la calle y todos le respetaban:

- Yo siempre pido las cosas con educación y con respeto y por eso a mí me respetan también -solía decir.

Y era verdad. Sus pequeños ojos y su interminable sonrisa cautivaban a cualquiera.
Amaba la calle y le gustaba vivir acompañado de colegas.
Había pasado por todos los recursos sociales de Barcelona, pero siempre era eso: de paso. Nunca se quedaba más allá de unos días, rara vez alguna semana.
Sus raíces eran la calle, el tabaco y el vino.
Puri y yo le conocimos en el Puente y luego, cuando la ‘Pensión Calatrava’ cerró por obras y desalojo, le seguimos visitando en el otro puente en donde se instaló de nuevo.

Llevaba un tiempo que no se encontraba bien de salud:
“Enrique, me decía, he de dejar todo esto y centrar la cabeza. No me encuentro bien y ya la calle no es buena para mí”.
“Cuando tú quieras ya sabes que tienes un techo en donde dormir. Pero eres tú quien aquí mandas”.
“Mañana; iré mañana por Riereta y solucionamos el tema”.

Los ‘mañanas’ pasaban y nunca llegaban.
Hubo un tiempo en que hasta los compañeros de ‘Pensión’ nos decían: “Lleváoslo. Está mayor y enfermo”.
Pero cada uno es dueño al menos de sí mismo… Si esto tampoco se lo respetamos, si hasta eso les robamos ¿dónde queda su dignidad?.

Por las noches le buscaban el mejor rincón del puente, lejos del ruido y del alboroto que a esas horas organizaban. Y junto a su colchón colocaban otro en donde dormía uno de ellos en guardia permanente.
Ellos mismos se encargaban de llamar a urgencias cuando las cosas se ponían mal. Le ingresaban y, apenas los tratamientos hospitalarios le estabilizaban, otra vez al puente.

¡Al fin! un día llegó aquel ‘mañana’ del que con frecuencia nos hablaba.
En primavera ingresaba en la Llar Pere Barnés.
Incluso pagó por adelantado un mes de estancia.
Pero el mes se convirtió en apenas una semana y ‘El Sevilla’ volvió con los suyos, al puente, a sus raices.

- Allí (en la LLar) me encontré muy bien, nos decía.

Luego vino el desalojo, la disgregación, hasta que le volvimos a encontrar otra vez.
Y otra vez a esperar otro nuevo ‘mañana’ para salir de la calle.

Ese otro ‘mañana’ llegó una tarde de un miércoles que, hecho polvo, se presentó en Riereta.
Esa misma noche durmió en pensión.
Esa noche… y algunas más. Hasta que supimos que había muerto. Allí en la habitación, solo, sin nadie.

Me sentí mal, muy mal.
Él no hubiese querido morir así.
Todo el tiempo buscando salir de la soledad y a cambio le damos morirse solo…
¡Qué pena!
¡Qué favor tan grande el que le hice…!: ¡Morirse en la soledad de un techo que incluso le impedía ver las estrellas…!
¡Qué rabia…!, ¡qué impotencia…!
Y te das cuenta que un techo, un piso, no es el fin del camino para estas personas que viven la soledad.
¡No me culpo!, pero siento la impotencia de no saber, de no tener soluciones.

A los pocos días ‘El Sevilla’ era enterrado por sus familiares.
¡Qué misterios!

Me duele más
la soledad de tu muerte

que tu vida;
pero quiero creer
-aunque no me consuela-
que hoy, al morir,

has recuperado el derecho,

que entre todos

te arrebatamos,
a vivir dignamente

Enrique

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Una indigente de 58 años logra un año de alojamiento gratuito

Publicado por Con cartones por la calle en 1 Noviembre, 2009

El Blog Desde La Calle se ha hecho eco de la noticia: “Un año de alojamiento gratuito. Este es el premio que ganó el pasado fin de semana Thérèse Van Belle, galardonada como la primera y, seguramente, última miss sin techo de Bélgica, de un concurso entre indigentes. La condición para poder participar en el concurso era demostrar una firme determinación de querer abandonar la vida en la intemperie y reintegrarse en la sociedad.”
Olga, autora del blog referenciado, pide comentarios.

¿Regalos o derechos?
Al hilo de esta forma de repartir, se me ocurre perfeccionar y globalizar estos certámenes, mejorándolos y extendiendo sus beneficios a más gente menesterosa que, mire usted por donde, las están pasando magras por esos mundos de Dios.

A saber:

Primero se contratarían decenas de “mercedes milás” (si no cientos o miles, en función del presupuesto que se obtenga proveniente de las piadosas donaciones recogidas y destinadas para menesterosos y otras gentes de mal vivir) para que fuesen presentadoras de tantos concursos, tipos “Gran Hermano de la precariedad”, como mercedes milás se contraten.

Luego elegiríamos los grupos y haríamos los castings de rigor.

Por ejemplo: Gente que vive en la calle en Barcelona, en Madrid, en Buenos Aires (ciudad de mi buen amigo Horacio)…,  y en otras muchas capitales importantes.
Les llamaríamos los “Gran Hermano de los Mendigos o de los indigentes o de los sin techo”.

Imagen6
Después nos iríamos a África, a los poblados más mugrientos y con los niños más desnutridos por el hambre que encontremos (que eso “hace audiencia”).
Serían… Los “Gran Hermano de los niños que pasan hambre”
Y en el concurso, además, meteríamos a las madres, para que se peleen y de más morbo.

También podríamos hacer otros concursos para “los niños de la guerra” y otros para “los mutilados por las minas antipersonas” o para “los infectados del sida”. Y entraríamos en las fabelas de Río de Janeiro, para ver quién, durante un año, puede salir de allí. O para “los niños de la calle”; pero éstos son muchos y los castings deberíamos hacerlo en varias ciudades: Moscú, St Petesburgo, Sao Paulo, México, Nueva York… ¡Ah!, también para “los sin tierra”, “los indígenas”, “las mujeres maltratadas”, “los obreros indios y paquistaníes de Doubai”, “las prostitutas” (seguro que éstas mujeres agradecerían estar un año sin depender de mafias y macarras que abusaran de ellas).
Y así hasta el infinito.

Al cabo de algún tiempo tendremos a la audiencia bien sensibilizada y, si para entonces todavía no se nos ha aburrido -la audiencia-, habremos conseguido repartir ¡miiiiles de premios! a otras tantas ¡miiiiles de personas! que, ¡pobrecitas!, no son como nosotros, porque no eligieron bien y se hundieron. Y esta sociedad, ¡tan buena!, quiere ayudarlas un poquito para que consigan salir del hoyo en donde ellos solitos se metieron. Pero, eso sí, sólo a una de entre todas aquellas personas que demuestren que están dispuestas a esforzarse por salir.
Digamos que es introducir la competencia también en la miseria.

¿No decíamos que hablábamos de derechos?

Enrique

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“VOSOTROS NO SABÉIS QUÉ ES NO PODER SONREIR”

Publicado por Con cartones por la calle en 20 Octubre, 2009

Nuestras respuestas

No se tienen las respuestas.
Y cuando crees que las tienes, se desmoronan ante la realidad del otro.
El otro, aquel al que tú pretendes ayudar, no quiere tus respuestas, no le sirven.
Él sólo quiere lo que todo el mundo queremos: SER FELIZ.
Y, para conseguirlo, él hace lo que todo el mundo hacemos: Buscar sus propias respuestas.
Y lo tiene “crudo” en su situación.
Los medios de que dispone son tan pocos y con frecuencia tan miserables, que será difícil que las encuentre; pero él, a su manera, las sigue buscando.
Y, a veces, también, se lo complicamos nosotros, queriéndole convencer que nosotros sí tenemos respuestas para que él sea feliz.
¡Ilusos…!. ¡Si ni siquiera nosotros sabemos ser felices en nuestra abundancia…!
Pero nos empeñamos en decidir por el otro y en determinar que así, tal y como el otro vive, el otro no puede ser feliz…

Y mire usted por donde que en la calle te encuentras a gente como Esteban que contradice con su experiencia todas tus seguridades.

Esteban vivía, según nos cuenta, en una residencia de personas mayores. Era, según sus palabras, un hotel de cinco estrellas. Allí lo tenía todo: Techo, cama, comida, limpieza…, no le faltaba de nada…, menos, como él a menudo dice, “el alma”.
Un buen día marchó de allí para recalar en un banco de una calle de Barcelona.
Desde entonces vive en el banco junto a un árbol que le da sombra.
Esteban ve muy mal y su movilidad es escasa. Los vecinos le cuidan y le miman, hablan con él y él va conociendo sus vidas.
Su sola presencia reclama justicia y es testimonio vivo de aquello que esta sociedad tan sin escrúpulos produce y que no le gusta ni quiere ver: la EXCLUSIÓN.
Pero él se empecina y se mantiene:

-      No quiero irme. Aquí soy feliz.

Y mientras Marta (vecina) le arregla el colchón y los plásticos para que no se moje, María (vecina) le habla de un lugar en donde estaría mejor. Dormiría bajo techado, no se mojaría y comería caliente…

-          La gente no lo entiende, pero yo estoy bien así.

Poco a poco los vecinos del barrio le pierden el miedo, se le acercan y hablan con él.

-          Tengo que hablar con su madre.

Se refiere a un niño de unos 8 o 9 años que sin hablar ni decirle nada, todos los días le deja su almuerzo. Esteban nos enseña una bolsa de plástico transparente con un bollo y un cartón de zumo sin abrir.

-          Seguro que lo hace a espaldas de su madre.

¿Qué habrá visto ese niño en Esteban para privarse de su comida?

Hoy le visitaba una mujer en silla de ruedas. Hacía poco que se había atrevido a acercarse. Esteban nos la ha presentado: “No sabéis la suerte que tenemos de tenerlo con nosotros”, nos ha dicho la mujer.

Un día Esteban nos decía que, al verle a él, los demás veían la miseria.
Pero resulta que, al verle a él, los vecinos están descubriendo mucho más que la miseria y agradecen su presencia.
Pero María insiste:

-          Tenéis que hacer algo para sacarlo de aquí.

Y se escandaliza cuando le digo:

-          Yo he desistido

A Esteban, entonces, se le abre su sonrisa grande:

-          ¿Ves? Ellos sí que me entienden. Y tú, María, deberías ir menos a misa. Haces las cosas por compasión.

Parece contradictorio: Todo diría que mi trabajo consiste en ayudar a proporcionar cobijo y un mayor grado de autonomía a la gente que mal vive en la calle y que cualquier intervención que dificulte este objetivo y tienda a perpetuar esta situación, no es buena. Y no seré yo quien lo desmienta.
Sin embargo con Esteban se me funden mis seguridades y las respuestas no las veo tan diáfanas.
No me importa que siga allí, ni que los vecinos le ayuden, incluso admiro la parte de solidaridad que se da en esta historia en un mundo tan insolidario. ¿Por qué? No lo acabo de saber, ni de entender…
Tal vez sea porque mi objetivo no es dar respuestas al otro, sino acompañarle para que el otro, simplemente, sea un poco más feliz.

-          Porque vosotros no sabéis lo que es no poder sonreir….

Enrique

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FELICIDADES POR EL NIETO

Publicado por Con cartones por la calle en 8 Octubre, 2009

Navegante trotamundos, Gabriel pensó que la vida era gratis, hasta que un día le pasó factura y se encontró en la calle

Me he enterado que alguien relacionado con Arrels ha tenido un nieto. Cosa que, bien creo que sabe, me alegro.
Antes de que tenga uso de razón ya tiene asignado una serie de derechos. Derechos que, en el transcurrir de la vida, siempre le acompañarán.
De la manera que le sean necesarios, los ira reclamando según vayan transcurriendo los avatares de la vida.
Habrá algunos de los que ni siquiera sabrá que existen, porque estará en un lado de una linea divisoria virtual en la que su vida transcurrirá de una manera, entre comillas, normal.
El hecho de ser autosuficiente, te hace obviar a quienes están al otro lado de la linea y que, sean por los motivos que sean, ellos sí necesitan de los derechos que por cuna tienen y necesitan.
El olvido de los derechos no necesitados, hace muchas veces despreciar al que le hace falta, poniéndole precio y exigencias.

Gabriel

Querido Gabriel:
En primer lugar darte las gracias por tu felicitación. El nieto es una alegría que nos ha llegado y nos ha colmado de felicidad: Te enviaré una foto.
Luego agradecerte tus palabras, porque ellas nos hacen pensar a los que estamos
“en un lado de una linea divisoria virtual en la que su vida transcurrirá de una manera, entre comillas, normal“.
Tenemos nuestros derechos tan de por la mano, que hasta algunos los ignoramos por tan asumidos que están y nos olvidamos de lo necesitados que son esos mismos derechos para otras personas.
Hablamos de las personas que están durmiendo en la calle con tanta frialdad…, como si esa situación fuese tan normal: “A éste le doy alojamiento y a éste no”: la eficiencia.
BANCO ANTI-INDIGENTE
Pero yo no me puedo (ni me quiero) hacer a la idea de que algún día mi nieto tuviese que dormir en la calle, se me revuelve el estómago, me hace daño el sólo pensarlo; pero lo cierto es que hoy, ahora, hay mucha gente que está así.
Y no se buscan sus derechos, sólo se busca tapar a las personas, porque no gustan, porque estorban: dar derechos cuesta dinero.

“Hay muchos en el Raval”, dicen, (siempre han sido demasiados y ahora hay más. Como era de suponer la crisis y el paro dejó más excluidos en la cuneta) “y molestan”
Y se ponen bancos “anti-indigentes” (¡manda huevos la palabra!):
“Ya en el Raval no podrán dormir”. (Y se quedan tan tranquilos).
No dormirán en bancos, pero ¡digo yo que en algún lugar habrán de dormir! y lo seguirán haciendo en la calle, porque el poder adquisitivo (si es que tienen alguno) de estas personas no les llega para una pensión y en Barcelona las plazas de albergues no han aumentado y ya antes faltaban y han sido siempre insuficientes e inadecuadas.
Y tendrán que seguir meando en la calle, aunque hayan puesto artilugios para impedirlo, porque urinarios públicos no hay en Barcelona y el Ayuntamiento tampoco los ha creado ahora para dar soluciones. ¿Y quién los admite en su casa o en su establecimiento o en su bar… para usar sus aseos?
Y seguirán oliendo mal, porque en Barcelona hay duchas sólo para 60 diarias y para conseguirlo hay que hacer turnos de bien mañana o pedir tanda la tarde anterior con dobles desplazamientos.
Es cuestión de dinero; pero ruego a Dios que mi nieto no haya de caer en manos de la eficiencia de los servicios sociales.
Y un deseo: Ojalá que mi nieto, aunque no necesite de según qué derechos, sepa que los derechos son de todos y que toda persona debe tener acceso a lo que son sus derechos y que nadie, ¡¡NADIE!! debería poder quitárselos y, por último, que nunca se conforme y luche siempre por conseguir los derechos, aunque no sean los suyos.
Un abrazo.

Enrique

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LA PANDEMIA DE LA CALLE

Publicado por Con cartones por la calle en 29 Septiembre, 2009

Los países ricos como que nos ponemos nerviosos enseguida con tan sólo escuchar la palabra PANDEMIA.
La sola posibilidad de quedarnos infectados nos espanta. El mundo occidental entra en una histeria colectiva sin precedentes. Es tanto nuestro miedo, que no deparamos en gastos. Gastos ingentes que se unen a medidas de protección, en muchos casos exageradas, y que sólo hacen que generar más alarma.
A todo ello se une el baile de cifras que nos vienen presentando los medios de información. Es la lista macabra del horror. Todos los países evitan estar a la cabeza de esta lista. Es curioso cómo, ahora sí, los ministros correspondientes de cada país salen enseguida a la palestra para dar todo tipo de explicaciones y justificaciones cuando aquella lista de muertos sufre cualquier mínimo aumento.

Pero no con todas las PANDEMIAS actuamos igual.
Y lo cierto es que las hay reales y que ya vienen y se sufren y matan de años: El hambre, la malaria, el SIDA, los refugiados, …
Pero todas estas pandemias están lejos de nuestros circuitos… Es difícil que nos lleguen a las sociedades ricas…
Para luchar contra ellas el mundo rico no es capaz siquiera ni de quitarse un 0,7% de sus presupuestos.
Y sí, la verdad es que nos toca en lo más profundo y nos duele cuando, por ejemplo, vemos un programa de TV enseñando esas miserias…
Pero no pasamos de ahí. Nuestra histeria colectiva no se ve acuciada hasta el punto de reclamar (¡exigir!) serios cambios estructurales que nos acerquen más a la igualdad (aun a costa de perder prebendas).

De la ONG Proyecto7, desde Argentina, he recibido un vídeo que nos habla de otra Pandemia: La PANDEMIA DE LA CALLE.
Sólo en Buenos Aires unas 15 mil personas viven y duermen en la calle y son, que se sepa (las listas de esta pandemia no se llevan desde los gobiernos), 113 las personas que han muerto en sus calles durante un año.
En España son menos, pero ya son 60 los muertos que La Red de Entidades que trabajan con Personas Sin Hogar (enredpsh) ha contabilizado en los medios de comunicación estatales. Y nuestras calles se siguen llenando de personas expulsadas, sin comerlo ni beberlo,  por la crisis. ¿Y qué se hace?, ¿y qué hacemos?.
¿Cuántas vacunas, cuantos tratamientos ha previsto el ministro de turno para combatirla?. ¿Cuántos muertos se habrán de contabilizar para incluir la calle en el protocolo millonario de PANDEMIA?

Este vídeo documento se ha extraído del reportaje realizado por Bisturí Televisión de Buenos Aires PGM17BLQ2 http://www.youtube.com/watc… sobre las personas y niños que viven en la calle en esta ciudad

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LOS DERECHOS DE LOS NADIE

Publicado por Con cartones por la calle en 14 Septiembre, 2009

Nace el sol para todosHe leído la Memoria de Arrels del año 2008.
Me ha gustado en su conjunto. Y me ha llamado especialmente la atención el apartado “Tener derechos”, por lo que de siempre he pensado que de idea innovadora y valiente tiene de cara a concebir la Acción Social.
Desde que estoy en Arrels, a menudo este punto me ha cuestionado la responsabilidad que adquirimos los que trabajamos en esto de la exclusión, cuando nos creemos sinceramente que nuestra dedicación, nuestra ayuda, nuestra lucha, nuestro acompañar no tendría razón de ser si no fuere para “reconocer derechos”.
Derechos que pertenecen al excluido y que por causas propias o ajenas los tiene enajenados y nosotros, si él quiere, le podemos ayudar a recuperar.

El trabajar por reconocer sus derechos implica todo un hacer de hormiguitas, de compañía, de relación, de confianza, de libertad, de espera, de… Hasta que un buen día, tal vez, la persona decide dar pasos, pequeños pasos que le van restituyendo a la normalidad de una vida con derechos indispensables como la comida, el aseo, la medicación, un techo en donde dormir, un trabajo…
Y tú te sientes partícipe de esos logros, porque le has ayudado a que esos derechos le sean reconocidos.

Ya los tiene. Y cuando los tiene, ya nadie se los debería quitar.
Del mismo modo que ha sido él quien los ha ganado, nadie, que no sea él mismo, debería tener suficiente poder como para hacerle renunciar a ellos.

Pero no todo el que está metido en este campo de lo social y de la exclusión lo ve de la misma manera. Hay quien no reconoce como ausencia de derechos las carencias que padecen los excluidos.
Dicho de otra manera: Lo que desde Arrels se ve claro que son derechos de ‘los nadie’, hay agentes sociales que lo conciben como regalos que el excluido se ha de saber ganar.
Juegan con sus derechos como si no fuesen suyos, sino que fuesen regalos que la sociedad los ha ganado para él. Y utilizan sus derechos/”regalos” como moneda de cambio para que mejore:

- para que mejore en su autonomía,

- para que deje de beber y gane en su dignidad,

- para cuando no se sabe qué otra cosa hacer que haga remitir su violencia,

- para que sepa lo que pierde y reconsidere su conducta…

- para…

Todo por “su bien”.
El objetivo es que cambie, si quiere el regalo. Si no, se quedará sin y/o perderá lo que es/son sus derechos.

Supongo que se hace difícil no entrar en este juego cuando la mentalidad que nos rodea es que nada se da por nada y uno, que tiene el poder de dar y de quitar, siente que tiene la llave para que el otro cambie, para que el otro mejore.
“Con un pequeño empujón se puede conseguir el cambio”.
Sólo es cuestión de enseñarle el caramelo y, si no cambia, se le esconde.
De este modo, lo que sólo tendría que ser un ‘simple’ retornar derechos en libertad, el agente social pasa a involucrarse en lo que él quisiera que el otro fuese y, con ello, comienza también a sentir como fracaso el comprobar que los objetivos de cambio que él se ha marcado en su plan de trabajo con el excluido no se cumplen en la persona a la que atiende.
A partir de ese momento los avances y retrocesos del proceso personal del que ‘no tiene nada’ pasan a ser avances y retrocesos, frustraciones y logros del trabajo social.
¿Por qué ha de ser así si su vida es suya? ¡Él sabrá lo que hace con su vida!

Los derechos (sobre todo los derechos mínimos y fundamentales a los que aquí nos referimos), lo sabemos, no pueden depender de cómo la persona actúe, ni de cómo la persona sea.
Si estos derechos dependiesen de la bondad o maldad de las personas o de cómo los utilizamos, a cuantos hijos de vecino de esta sociedad tendrían que quitárnoslos de vez en cuando.
Pero ocurre que nosotros, “los normales”, no dependemos de los “regalos”/derechos que nos puedan ofertar los servicios sociales. Sobre nosotros no pueden ejercer su poder. ‘Su caramelo’ no nos es necesario.
¿O es que no hay alcohólicos entre los “normalizados”?, ¿o enfermos mentales que en algún momento se muestran agresivos?, ¿o gente que no sabe o no quiere compartir, ni convivir?, ¿o gente avispada que engaña para tener más prebendas?, ¿o…
Y sin embargo “los normales”, todos tenemos casa y comemos todos los días y hay alguien que nos da la medicación y, con suerte, tras de nosotros hay una familia que nos escucha…

Los excluidos, no.

Enrique


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“ES LA CONDICIÓN MÁS BAJA”

Publicado por Con cartones por la calle en 7 Septiembre, 2009

Página 12

Este artículo me llegó de Buenos Aires de la ONG Proyecto7

Se llama Horacio Avila y se quedó sin techo y obligado a vivir en la calle en 2002, porque no podía pagar el alquiler. Alternó changas y trabajos semiestables. Es uno de los fundadores de Proyecto 7, una organización que ayuda a los que viven en la calle.

Por Gustavo Veiga

Pensó que nunca le sucedería, pero se convirtió en un mutante urbano, como el título del documental que protagoniza. Léase: mutante, persona en situación de calle, último eslabón de la escala social, desecho humano en el que nadie repara. Horacio Avila tiene 46 años y las marcas en el rostro de una vida complicada. Entre 2002 y 2007 durmió en plazas y umbrales de edificios. Alternó changas y ocupaciones estables, supo de solidaridades y maltratos, de ranchadas donde compartir todo y operativos policiales donde también se perdía todo. Sus experiencias son como capas geológicas que brotan del asfalto, ese asfalto que para él se volvió tan familiar como una cama caliente para quien descansa en su casa.

Hace dos años recuperó la posibilidad de disfrutar esa cotidianidad que para muchos ciudadanos sería insignificante. “Hoy, para mí, cerrar la puerta del baño y encender la luz, orinar, afeitarme, apagar la luz de nuevo y que mi compañera me traiga el mate a la cama es una fiesta enorme. Son cosas que antes no valoraba”, dice Avila, uno de los fundadores de Proyecto 7, la organización que ayuda a quienes viven en la calle.

–¿Podría sintetizar su historia antes de transformarse en esa persona que perdió todo, incluido el techo?

–Es la historia de una vida normal, de alguien que nació laburante. Mi viejo había sido metalúrgico y mi vieja ama de casa. Yo soy el cuarto de siete hermanos. Hice la escuela primaria bien, me crié bien, como corresponde. Pasé mi infancia en San Justo, partido de La Matanza y comencé a trabajar desde muy chico, a los once años en un taller mecánico. Yo no lo veía nunca a mi viejo porque tenía como tres laburos para mantenernos. Por eso, me empezó a picar la idea de aportar unas monedas en mi casa con el propósito de verlo más, de que estuviera más tiempo con nosotros.

–¿Cómo siguió su adolescencia?

–Yo nací en 1963 y cuando los militares dieron el golpe del 24 de marzo del ’76, hacia dos años que venía trabajando. Había pasado como ayudante por una fábrica de candados, un laburo que me había conseguido mi viejo. Ya vivía en Florida y estaba estudiando la secundaria en Villa Martelli, muy cerquita de los departamentos donde mataron a Santucho. Después formé mi primera familia, de la que nació mi hijo Nicolás. Un capo total. Sabe inglés, dibujo, está en la Facultad. Y de mi segundo matrimonio tengo una hija, Lucía, que es una princesita de nueve años.

–¿Tiene algún oficio o profesión?

–Sí, hace más de veintidós años que soy tapicero de muebles y de automóviles. Hago equipamientos, soy carrocero. Siempre había tenido mi propio local en Laferrere, donde todavía vive mi hijo con la madre, que es psicóloga y una excelente mujer, una madre mejor todavía.

–¿Cuándo percibió que podía quedarse en la calle?

–Nunca lo pensé ni lo percibí. Si a mí en aquel momento me hubieran preguntado qué era vivir en situación de calle, respondía que ni idea. Para mí existía el concepto de ciruja, de linyera.

–¿Cómo fue su último día bajo techo?

–En la casa de los padres de un amigo. Mi hija y su madre ya estaban a resguardo con los abuelos. Yo sabía que no me quedaba otra, lamentablemente no tenía dónde estar porque me era imposible pagar el alquiler. Hubo cuestiones personales o familiares que me sobrepasaron. O me endeudaba más y quedaba enterrado al punto de no poder salir, o paraba la pelota. La decisión fue la que tomé. Mi amigo Humberto y su esposa Nelly que viven en Lomas del Mirador me preguntaron si tenía adónde ir. Yo por vergüenza les dije que sí, pero la respuesta era no. Por una cuestión de instinto y de supervivencia me vine para la Capital Federal. Acá hay vida toda la noche, en la provincia no.

–¿Se fue con lo puesto?

–Sí, porque cuando uno no tiene adónde ir, ¿para qué va a llevarse sus cosas? Yo las repartí en distintos lugares. Fue como vivir una película de ciencia ficción. Imagínese que usted sale de la redacción y cuando llega a su casa lo perdió todo. Se pregunta: ¿y ahora qué hago? Mi historia en situación de calle empezó en el Congreso y terminó también en el Congreso. Increíblemente, después de haber deambulado por muchos lugares de la ciudad.

–¿Qué experiencias lo marcaron en esos cinco años de intemperie?

–Hubo dos momentos muy claros. Una mañana, en la plaza 1º de Mayo, en Yrigoyen y Pasco, fui a despertar a uno de los abuelos y se me cayó. Cuando me di cuenta, estaba muerto. Se había muerto sentado. Tenía 70 y pico de años. La otra experiencia sucedió durante la Navidad de 2004 cuando hicimos la huelga de hambre en la Plaza de Mayo. En mi vida hubiera imaginado que estaría haciendo eso para que alguien se dé cuenta de cómo tantas personas viven o mueren como perros. Unas trescientas personas de distintas ranchadas y paradores tomamos la decisión de salir a pelear.

–¿Cuándo percibió que podía comenzar a revertir su situación de calle?

–Desde un primer momento mi idea fue revertirla. Jamás pensé que me quedaría así, por eso nunca fui a un parador, ni a un comedor, que para mí son lugares donde a uno lo inducen a aceptar su condición y si la acepta lo quiebran. Esos sitios están para quebrarlo, para formalizar la situación y estancarla. Por eso, en cinco años habré ido dos veces a bañarme a un lugar así. Por una necesidad de higiene.

–¿Está en contra de ese tipo de asistencialismo?

–Sí, porque es un negocio millonario. Hay hogares que cobran 85 mil pesos mensuales por atender a cuarenta personas. Saque la cuenta. Tener que ir a comer y hacer una cola ante todo el mundo es humillante. Eso va socavando y uno acepta que lo llamen indigente. La situación de calle es un compendio de todas las situaciones sociales. En ella y solo frente al mundo, uno pasa por lo peor. Es la condición más baja a la que puede llegar un ser humano. El simple hecho de cómo ir al baño, cómo higienizarse… de dormir con un ojo abierto. La cabeza de uno no descansa en la calle. Se duerme con la luz de mercurio, los ruidos de los autos, los colectivos, la gente que viene y va. Es muy difícil mantener un estado de coherencia viviendo en la calle. Y estar muy fuerte anímica y mentalmente.

–Usted dice que nunca durmió en los paradores del gobierno porteño. Cuando juntaba unos pesitos, ¿se alquilaba una pieza de hotel?

–Sí, una vez al mes y cuando ya tenía un laburo formal, el sábado y el domingo me quedaba en un hotel, aislado de todo. Más que nada por la intimidad, por el hecho de cerrar la puerta y que todos quedaran afuera. Era muy necesario para mí.

–Hay algo que las personas con un hogar propio o alquilado consideran indispensable en sus días de descanso: el esparcimiento. ¿Es posible recrearlo cuando se vive en la calle?

–Depende de la situación. Para mí tener la radio y pilas todos los días era un acto imprescindible. Así me evadía. Otro puede ser escribir. Hay muchos que dibujan. El fútbol en la calle es importante. Hay campeonatos zonales, por ejemplo. Yo tengo compañeros que jugaron en el Mundial de fútbol callejero para homeless. También hay un lugar que se llama Arte sin techo. No sé si llamarlo esparcimiento. Es escape.

–¿Cómo logró salir de la situación de calle?

–Trabajando, con el apoyo de la gente que después se fue sumando a Proyecto 7. Apostando a que se podía. Siempre se puede.

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NUESTRO SESENTA CUMPLEAÑOS

Publicado por Con cartones por la calle en 2 Septiembre, 2009

La vida, tus manosA mis sesenta.
A nuestros sesenta.
Con el pelo encanecido.

Sentir que nuestras puertas no se cerraronEl fluir del agua
y que las ventanas siempre quedaron
abiertas a nuevos aires
que renovaron nuestra casa…,
nuestras vidas…, dando,
a muchos silencios, palabras,
respuestas a muchas dudas,
a temores y miedos, esperanzas…

Y tú y yo, sin certezas,
pero con convicciones de lucha,
mirando a la gente a la cara,
buscando su dolor y sus dudas…
Y tú y yo, sin certezas,
sufriendo también sus desesperanzas…

La vida, tus manosA mis sesenta.
A nuestros sesenta.
Con el pelo encanecido.

Cuando aún sigues vivo
y sientes que arde tu piel
y que la vida merece tu vida
y que la esperanza anida en ti
porque es posible la utopía…

Cuando todavía crees en Dios,
porque sigues pensando que el hombre
es capaz de aproximarlo
al hacer sentir en el otro
el amor y la justicia ….

Hacen que ahora, como entonces, hoy
aún me sea fácil decir que te quiero.

Enrique


Un trozo de: “Homenaje a toda una vida juntos”
Mari Carmen & Enrique, Julio 1949 – 2009

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CUAL ES LA CUESTIÓN

Publicado por Con cartones por la calle en 31 Agosto, 2009

Navegante trotamundos, Gabriel pensó que la vida era gratis, hasta que un día le pasó factura y se encontró en la calle

Creer o no creer.
Yo creo en mí, pero por saber quién y qué soy.
Si la experiencia es la madre  de la ciencia, debe de ser cierto que, en cierta manera, esa es una de las cuestiones.
El “yo sólo sé que no sé nada”, de las cuestiones que trata la ciencia, como le da igual tratando del ser o no ser, buena parte de la verdad es mejor no saber nada; ¿para qué?.
Si tú vives feliz, lo serás trabajando o en la calle. Y si tienes ciencia y saber, sufrirás y, si no, ¿para qué sufrir?
Tú puedes aprender si de ello tienes ansia, es como faltarte algo. Si lo haces,  es tu opción, no pudiendo enseñar a quien su experiencia le dice que tú no eres igual que él, aunque sigáis siendo personas los dos.

Gabriel

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