Todavía tengo en la mente la mirada de Paco fija en mí.
Puri se había acercado y le había hablado; pero su mirada no se apartaba de mí.
Aquel no era el Paco que habíamos conocido a finales de Mayo.
Entonces vivía en su castillo con sus tres carros como almenas.
Allí era el amo de sus dos metros cuadrados en donde dejaba caer todo su cuerpo, con todas sus mantas y todas sus bolsas y todos sus olores…
Allí mandaba su autoridad.
Con su barba blanca grande y espesa, él era, allí, en su rincón, el dueño de su vida, de sus sentimientos, de sus horas, de su tiempo…
Ahora no.
En la quinta planta del Hospital del Mar, atado a un sillón, medio caido, Paco se me apareció como un fantasma, perdido, suplicante: ¡Sacadme de aquí!