De Arrels he aprendido muchas cosas. De las personas sin techo, todo. 
Sobre todo Arrels me ha ayudado a ver a las personas más allá de las apariencias.
En la calle te encuentras gente tirada para todos los gustos.
Arrels apuesta por los que están peor.
Los más desestructurados, los más pisoteados, los más borrachos, los más débiles, los más viejos… los que casi nadie quiere.
Y no por esto ni son los mejores, ni los más buenos, ni los más agradecidos…
Con frecuencia es al contrario: si casi nadie los quiere, será por alguna razón…
Quizás son los más violentos cuando beben de más…
Quizás son los más pendencieros cuando se les sube la adrenalina…
Quizás son los más vociferantes cuando no se les da la razón…
Quizás son los más exigentes cuando te piden…
No. Seguro que no son los más santos varones y es por eso que les echan de todos los sitios.
Arrels me ha enseñado que es precisamente a éstos a los que no quiere abandonar.
Y la experiencia me ha demostrado que, cuando no se les abandona, hay resultados.
Resultados apenas tangibles en algunos casos. Verdaderos milagros en otros. Rentables… ninguno.
Muchos son de ida y vuelta. De los que ahora estoy y mañana no se sabe donde están. Pero todos vuelven.
Y, cuando vuelven, Arrels los acoge. Como si no hubiera pasado nada. Sin rellenar nueva ficha. Sin crear nuevos protocolos de admisión.
Preocupándose, eso sí, de cómo estás y qué necesitas…
Si es necesario les busca medios para pasar la noche. Pero hay quienes no duran dos noches seguidas, o porque se van, o porque les echan. Sigue leyendo