Martes, 2 de Octubre de 2007

PACO

El viernes pasado Paco ingresó en una residencia. Hemos de ir a verle.

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JORDI

Jordi tiene la misma ropa y las mismas moscas de la semana pasada. Hoy hemos hablado del Barça. Es culé y el domingo había ganado 4-1 al Levante. Estaba contento. Nos dice que el martes que viene ha de ir al médico para que le digan qué día le van a operar. Le animamos a que, si no nos vemos, nos llame para poder ir a verlo. Nos dice que sí… Ya veremos.

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RAUL 

Raul sigue en la calle. Durante este verano estuvo en otros albergues, pero de todos se va. No es sencillo el asunto y la verdad es que a Puri y a mí nos preocupa y no nos acabamos de encontrar a gusto. Por un lado nos da la sensación de que Raul es débil, que no es capaz de tomar decisiones. Entonces sentimos como una cierta debilidad hacia él. Pero por otro lado compruebas que no da pasos, que siempre está pidiendo (no es normal que las personas con las que nos relacionamos nos pidan: saben que nosotros no les vamos a dar limosna); pero Raul suele pedirnos. Y cuando le dices que baje por Riereta, para que le conozcan y pueda ducharse… él «pasa», no va. Además hay otro tema que nos preocupa: los demás compañeros que se sientan con él en el mismo banco. Observas detalles de que pasan de él: Si alguien da tabaco, dan a todos menos a él; si hay cerveza, nunca hay para él… Le dejan de lado.

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JOSE

Hemos vuelto al parque. Y hemos visto a la persona que el martes pasado pensamos que podía ser José. Estaba aparentemente limpio. Con bolso, gorra y mochila. Remueve dentro de las papeleras y se come lo que de comida encuentra en ellas. Habla con los de un bar que hay allí cerca y mira cómo juegan al dominó. Puri y yo no tenemos duda de que aquel hombre, si no es el José del que nos habían hablado, es algún otro José o Antonio o… que vive en la calle. Hay un problema: no sabemos cómo abordarlo. Es complicado el primer encuentro. Además no se está quieto y así es difícil entablar una conversación. Optamos por dejarlo para otro día ¡Y ya van tres!

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EL VOLVER A EMPEZAR

De Arrels he aprendido muchas cosas. De las personas sin techo, todo. un-don-nadie-en-la-calle.jpg
Sobre todo Arrels me ha ayudado a ver a las personas más allá de las apariencias.

En la calle te encuentras gente tirada para todos los gustos.
Arrels apuesta por los que están peor.
Los más desestructurados, los más pisoteados, los más borrachos, los más débiles, los más viejos… los que casi nadie quiere.
Y no por esto ni son los mejores, ni los más buenos, ni los más agradecidos…
Con frecuencia es al contrario: si casi nadie los quiere, será por alguna razón…
Quizás son los más violentos cuando beben de más…
Quizás son los más pendencieros cuando se les sube la adrenalina…
Quizás son los más vociferantes cuando no se les da la razón…
Quizás son los más exigentes cuando te piden…
No. Seguro que no son los más santos varones y es por eso que les echan de todos los sitios.
Arrels me ha enseñado que es precisamente a éstos a los que no quiere abandonar.
Y la experiencia me ha demostrado que, cuando no se les abandona, hay resultados.
Resultados apenas tangibles en algunos casos. Verdaderos milagros en otros. Rentables… ninguno.
Muchos son de ida y vuelta. De los que ahora estoy y mañana no se sabe donde están. Pero todos vuelven.
Y, cuando vuelven, Arrels los acoge. Como si no hubiera pasado nada. Sin rellenar nueva ficha. Sin crear nuevos protocolos de admisión.
Preocupándose, eso sí, de cómo estás y qué necesitas…
Si es necesario les busca medios para pasar la noche. Pero hay quienes no duran dos noches seguidas, o porque se van, o porque les echan. Sigue leyendo