En Diciembre escribí en este blog el manifiesto que varias entidades firmaron para evitar el desalojo de la Entidad Dit i Fet. Constituida por 17 personas que habían vivido en la calle.
Regularmente hay entradas al Blog interesándose por la situación de estas personas.
Lo he preguntado a Esglessia Plural y me han contestado que tanto por parte de la Parroquia, como por los de Sant Egidi, al final pensaron que ya encontrarían una alternativa para esta Entidad.
Lo que ahora me gustaría valorar es que:
- En aquel momento, sí había una decisión de llevar a cabo el desalojo.
- Que siempre el pobre, aun en la Iglesia, es el que pierde.
- Y que si no se ha hecho, es por lo de siempre: Por no quedar mal ante tanta avalancha de medios de comunicación y de presión popular que se les echó encima.
Pero no me fío. Las cosas se quedan paradas y es cuando se suelen relanzar.
La información está dada y actualizada a día de hoy.
Estaremos al tanto.
Archivo de 30 junio 2008
De vacaciones 2008 Arrels
Publicado por Con cartones por la calle en 16 junio, 2008
Bueno, amigos, Arrels se engalana y nos vamos de vacaciones. Una semana. Entre gente en situación de calle, voluntarios y profesionales, unas 70 personas. Nos vamos una semana a la Ruca, cerca de Moiá.
Son las cuartas que hago. Y son una pasada en cuanto a convivencia de tú a tú, compartiendo espacios, comidas, tertulias, juegos, actividades… Ya os contaré el domingo.
Publicado en CENTRE OBERT, Haciendo la calle | 1 comentario
ACOMPAÑAR, SÍ, PERO ¿HASTA CUÁNDO?
Publicado por Con cartones por la calle en 9 junio, 2008
Los “casos” se abren y se cierran.
Y, cuando se cierran,
entran en las estadísticas de los éxitos y/o de los fracasos
y entonces cuesta volverlos a abrir.
En realidad ya no se abre,
es otro “caso”, aunque la persona sea la misma.
Acompañar significa que creemos en la persona y en sus posibilidades de cambiar.
Y que en este cambio se realiza una doble transformación:
En nosotros que nos enseña a no esperar nada, pero a confiar todo de la otra persona.
Y en el otro que sabemos que es capaz de cambiar y de cambiarse.
Pero no lo hará a nuestra manera, ni a nuestras prisas, sino a la suya.
Y eso, a veces, nos asusta.
No tenemos tiempo para esperar, ni dinero para invertir en tiempo.
Es más fácil imponer. Es más fácil hacer de la persona “un caso”:
“Caso” cerrado, éxito contabilizado o fracaso archivado. Pasemos a otro.
Entonces ¿cómo, hasta cuándo acompañar?
Mi respuesta es simple:
Hasta que el otro lo necesite, mientras lo necesite y de la forma en que en cada momento lo necesite.
Seguramente -y lo es- que el modo de acompañar será cambiante en el tiempo y en la medida en que la persona vaya ganando en autonomía. Él nos debe marcar los pasos y nosotros debemos “empujar” para que sea capaz de darlos, ofreciéndole en cada situación los medios/recursos adecuados a sus posibilidades del momento en que se encuentre.
Mi manera de acompañar ha variado y sigue variando desde que ví por primera vez a Miguel en la Plaza Ibiza. Él mismo me ha ido pidiendo que cambie conforme él ha ido gestionando su propia vida. Y quizá llegue un día, porque creo en sus potencialidades, en que mi acompañamiento será casi innecesario; pero estará y seguirá estando porque mi relación se ha hecho también, como no podía ser de otra manera, afectiva.
Me imagino y hasta puedo comprender que todo esto sea un dilema tremendo para el profesional:
Por un lado están “los casos” que, aunque sólo sea por rentabilidad social, han de tener un principio y un fin. Y por otro lado está la implicación afectiva que irremediablemente se establece en toda relación sincera.
Para los que somos padre/madre lo tenemos claro: Los hijos (ya no son “casos”) “nos” acompañan hasta al final.
“Es diferente…!!!”
¡Y tanto, que es diferente…!. ¡Sólo el que es padre/madre sabe del dineral que le cuesta acompañar a su hijo…! Dineral de dinero, de tiempo, de dedicación, de cariño… y de poner los medios adecuados a sus posibilidades en cada momento.
Y eso, una Institución/Administración difícilmente se lo puede permitir.
Pero no puedo imaginar qué hubiera pasado con mis hijos, si en un momento dado de su proceso, después de haberle dado mi confianza, mi cariño…, le hubiese dicho: “Basta. Hasta aquí hemos llegado. Mi tiempo (mi tiempo, mi dinero, mi afectividad…) he de dárselo a otro. Tú ya tuviste bastante.”
“Pero… si tú me pediste toda mi confianza…
Cuando tú viniste a la calle a por mí, yo estaba bien así y no quería nada. Fuiste tú el que me llamaste.
Y ahora, cuando me he acostumbrado a ti, cuando te he hecho caso y necesito de tu afectividad, cuando te he dado mi confianza, cuando al fin me fío de alguien y necesito de alguien, ¿tú dices que te vas…; que soy un caso cerrado…? (¿?)”.
Enrique Richard
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