No todo el mundo entiende lo que significa acompañar, estar con la otra persona, respetar su proceso, escuchar, perder el tiempo día tras día: ¿para qué?
Nuestra sociedad entiende de cifras: de personas atendidas, de personas salvadas y de cuántas han salido de la calle.
Es más fácil atender que acompañar. Es más fácil y supuestamente más rentable: sólo se requiere dinero para el que se deja ayudar porque no quiere seguir en la calle. Acompañar es más costoso, porque requiere tiempo, mucho tiempo y no sabes a priori cuál va ser el final, aunque sí tienes la seguridad que va ser beneficioso para la persona con la que estás y también, sin tú pretenderlo, para ti mismo.
Acompañar sólo sirve para aquella persona que está sola y siente su soledad tan adentro que le estorbamos casi todos los demás.





Acabando ya la fase de formación para pasar a colaborar plenamente en el equipo de calle, me doy cuenta de que queda mucho camino por recorrer, muchas horas de vuelo por delante y que no será fácil dejar de sentirme eternamente aprendiz. Observo las apreciaciones, las emociones y los sentimientos que provocan en mí cada una de las experiencias de calle. Percibo como poco a poco voy aprendiendo a calmar interiormente aquello que al principio parecía una urgencia improrrogable, a dar prioridad a la reflexión ante la emoción.

Manuel vive en una residencia.
