A Luis Miguel, en su muerte, a modo de esquela

Le conocí en la bajada del carrer del Bisbe, junto a la catedral, sentado en el suelo y con unas monedas en la mano extendida.

— Luis Miguel, ¿hace un café? —y la tarde se pasó en un suspiro.

Castellano viejo, era locuaz, de fácil palabra y erudito. Y también escribía:

Antes de encontrar
la calma definitiva
quiero disfrutar
la calma en vida.
Quiero ahuyentar desengaños,
sobresaltos.
Busco paz, la intuyo en tu sonrisa;
por eso me encandila tenerte
antes de que llegue
la calma definitiva.
                                        La calma
                                                               Sacado de su libro Poemario.

También ha dejado un bloc inacabado (Pobreza y luz) que perdurará, quizá, en los siglos de Internet.

Hasta siempre, amigo.

 

 

 

Murió un hombre de la calle

  • Este verano, mientras muchos de nosotros hacíamos vacaciones, murió José. Un hombre que hizo de la calle su morada hasta que la muerte se lo llevó.
    Apenas nadie se enteró de que había muerto, apenas nadie asistió a su entierro, apenas nadie dejó sus vacaciones para acompañarle en su último adiós. José se fue como vivió: solo.

    Durante años, Anna María y Mariona  lo habían visitado en aquel hueco de acera de la calle Pelayo que José se había apropiado para vivir.
    Ellas, todas las semanas, lo visitaban y hablaban con él. Su compañía creó lazos, lazos que unen sentimientos. Ahora, con su muerte, esos lazos se han roto y han dejado huellas de tristeza y de dolor.
    Así nos lo explicaban Anna María y Mariona al resto del Equipo de Calle:

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SAID, EL «ILEGAL», HA MUERTO

Hoy ha muerto otra persona en la calle. Se la encontraron tirada en la acera. Sus compañeros de calle reclamaron una ambulancia, pero  llegó muerta al hospital.

Del hospital nos informaron: en algún rincón de sus bolsillos encontraron la dirección de Arrels.

Era Said, el “ilegal” de 49 años del que hablé el otro día. No ha esperado a que le quiten la tarjeta sanitaria y se ha muerto. Su corazón le dejó de latir.

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MURIÓ UN HOMBRE BUENO

Mi querido amigo y compañero, Josep Mª. Mi admirado maestro:

Me enteré que te fuiste; pero antes te las ingeniaste para poder despedirte.

Querías que pasaran todos, pero algunos se quedaron en la puerta: les daba miedo transmitirte su dolor.

Muchos disfrutamos de tu adiós.

– Nunca pensé que me quisiera tanta gente, me dijiste casi en un susurro con la mascarilla del oxígeno quitada para poderme hablar. Yo te acariciaba las manos y te miraba a los ojos:

¿Tú te sorprendías de tanto cariño?

– Te quieren, te dije, porque tú quisiste primero.

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EL ENTIERRO DE JUAN

Hoy, Juan, estuve en tu entierro.
No quedaste solo. Veinticinco personas te acompañamos y te dimos el último adiós en el cementerio.
Hay más gente que te aprecia, pero hoy no estuvieron. Ya sabes…, el morir no apetece. Te quieren vivo. Así, ellos piensan, te tendrán para siempre.

Subieron tu ataúd a lo más alto.
Mientras lo introducían en la oquedad eterna, junto con las flores que Lluc te llevó, y ajustaban con argamasa la losa sin nombre que tapará para siempre la luz que llega del exterior, dos nichos más abajo descubrí un letrero enganchado al cristal de la puerta, que decía:

“AVÍS DESNONAMENT”
“AVISO DESAHUCIO”

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