ACOMPAÑAR, SÍ, PERO ¿HASTA CUÁNDO?

Los “casos” se abren y se cierran.
Y, cuando se cierran,
entran en las estadísticas de los éxitos y/o de los fracasos
 y entonces cuesta volverlos a abrir.
 En realidad ya no se abre,
es otro “caso”, aunque la persona sea la misma.

Acompañar significa que creemos en la persona y en sus posibilidades de cambiar.
Y que en este cambio se realiza una doble transformación:
En nosotros que nos enseña a no esperar nada, pero a confiar todo de la otra persona.
Y en el otro que sabemos que es capaz de cambiar y de cambiarse.
Pero no lo hará a nuestra manera, ni a nuestras prisas, sino a la suya.
Y eso, a veces, nos asusta.
No tenemos tiempo para esperar, ni dinero para invertir en tiempo.
Es más fácil imponer. Es más fácil hacer de la persona “un caso”:
“Caso” cerrado, éxito contabilizado o fracaso archivado. Pasemos a otro.

Entonces ¿cómo, hasta cuándo acompañar?

Mi respuesta es simple:
Hasta que el otro lo necesite, mientras lo necesite y de la forma en que en cada momento lo necesite.

Seguramente -y lo es- que el modo de acompañar será cambiante en el tiempo y en la medida en que la persona vaya ganando en autonomía. Él nos debe marcar los pasos y nosotros debemos “empujar” para que sea capaz de darlos, ofreciéndole en cada situación los medios/recursos adecuados a sus posibilidades del momento en que se encuentre.

Mi manera de acompañar ha variado y sigue variando desde que ví por primera vez a Miguel en la Plaza Ibiza. Él mismo me ha ido pidiendo que cambie conforme él ha ido gestionando su propia vida. Y quizá llegue un día, porque creo en sus potencialidades, en que mi acompañamiento será casi innecesario; pero estará y seguirá estando porque mi relación se ha hecho también, como no podía ser de otra manera, afectiva.

Me imagino y hasta puedo comprender que todo esto sea un dilema tremendo para el profesional:
Por un lado están “los casos” que, aunque sólo sea por rentabilidad social, han de tener un principio y un fin. Y por otro lado está la implicación afectiva que irremediablemente se establece en toda relación sincera.

Para los que somos padre/madre lo tenemos claro: Los hijos (ya no son “casos”) “nos” acompañan hasta al final.
“Es diferente…!!!”
¡Y tanto, que es diferente…!. ¡Sólo el que es padre/madre sabe del dineral que le cuesta acompañar a su hijo…! Dineral de dinero, de tiempo, de dedicación, de cariño… y de poner los medios adecuados a sus posibilidades en cada momento.

Y eso, una Institución/Administración difícilmente se lo puede permitir.

Pero no puedo imaginar qué hubiera pasado con mis hijos, si en un momento dado de su proceso, después de haberle dado mi confianza, mi cariño…, le hubiese dicho: “Basta. Hasta aquí hemos llegado. Mi tiempo (mi tiempo, mi dinero, mi afectividad…) he de dárselo a otro. Tú ya tuviste bastante.”

“Pero… si tú me pediste toda mi confianza…
Cuando tú viniste a la calle a por mí, yo estaba bien así y no quería nada. Fuiste tú el que me llamaste.
Y ahora, cuando me he acostumbrado a ti, cuando te he hecho caso y necesito de tu afectividad, cuando te he dado mi confianza, cuando al fin me fío de alguien y necesito de alguien, ¿tú dices que te vas…; que soy un caso cerrado…? (¿?)”.

Enrique Richard

 

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