Entre el éxito y el fracaso

El éxito

Normalmente nuestra medida del éxito comienza cuando se consigue que, el hasta ahora excluido, se adapte a estar en un lugar digno, bien cuidado, bien limpio, bien comido y bien bebido. Y a partir de ahí lanzarlo y auparlo hacia mayores logros de autonomía.

Y es verdad. Todos nos ponemos contentos cuando esto se consigue.
Evaluamos como éxito el hecho de que la persona llegue a la cota que para nosotros significa el mínimo de dignidad.
Es este mínimo el que creemos -¡y exigimos! con razón- que todo el mundo tiene derecho a disfrutar sin que por ello se le deba de pedir nada a cambio, del mismo modo que no pedimos certificado de buena conducta a nadie (bueno, sí, para los inmigrantes ya falta menos…) para hospitalizar o para darle escuela.
Pero se llegue o no se llegue a esta situación, en el camino se viven otros éxitos que van más allá de la apariencia externa en que se encuentre la persona y que normalmente quedan escondidos en su intimidad.

Os contaré:

Cuando hago calle, me siento bien y disfruto.
Y disfruto y me siento bien, porque veo pequeños, minúsculos, si queréis, éxitos en la gente a la que acompaño, aunque en ese momento aquella persona no quiera saber nada de todo aquello que pueda significar ni seguridad ni bienestar conforme nosotros lo entendemos. Pero sin embargo sí se manifiestan ciertos signos que abren a la esperanza.

Y así resulta que:

    Juan José, que en un tiempo primero no nos dirigía la palabra, llegó un día en que se levantó de su banco y con una sonrisa de niño travieso nos vino a recibir con la mano tendida.

    O Alfredo que, cuando le echaron del puente, al verme me dijo: «Enrique, tú eres para mí lo «más»…»

    O Cristóbal: «Me fío de vosotros y cuando os necesite, os llamaré.

    O cuando Antonio nos decía: «Porque yo no soy un perro, soy una persona y vosotros me tratáis bien».

El éxito o el fracaso están en el interior de la persona y en cómo cada uno de nosotros resolvemos nuestros conflictos internos.

Por eso yo en la calle me siento bien cuando percibo que el otro gana en dignidad.
El éxito lo vivo en la ilusión del encuentro:
Cuando ves a Andrés y a Josep, inseparables, unos «cachondos mentales» (dicho con todo mi cariño), que no quieren nada, pero que saben, y te lo dicen, que Arrels les espera para cuando ellos quieran.
No. El éxito no está cuando nosotros quedamos tranquilos y nuestras conciencias se sienten bien (y vuelvo a repetir ¡qué gozada verlos así!).
Nuestro baremo no debería estar puesto ahí, sino en cómo él se siente y si nuestro encuentro es para él una experiencia de esperanza, de seguridad, de cariño, de «empenta» para seguir luchando y, sobretodo, si es para descubrir «razones» para volver a vivir.
Y eso se da o no se da estando limpio o sucio, bebido o sobrio, durmiendo en la calle o en una habitación de un hotel de cinco estrellas.
Con facilidad caemos en la tentación de «materializar» el éxito o, mejor dicho, convertir en éxito aquello que es material:
–  ¿Has visto qué bien se casó fulanita? Se casó con un alto ejecutivo de una importante empresa.
Pero nos callamos si con quien se casó:
– Es una buena persona, aunque es «un muerto de hambre»
Y, si lo decimos, es para consolar a quien ya se casó con «el muerto de hambre» que quizá sea una buena persona.
Esta sociedad nos arrastra y caemos de cuatro patas.
Y sigo diciendo que los derechos son los derechos y que todo el mundo tiene derecho a vivir dignamente. Y nosotros, todos, tenemos el deber de proporcionar los medios que nos permitan a todos vivir con dignidad.
Pero definir lo que son éxitos o fracasos en la vida de las personas, es otra cosa o debería de ser otra cosa.
Porque una cosa es vivir dignamente y otra muy distinta es considerar que la persona es más o menos digna en función del status en que se encuentre.
Luego vendrá, si viene, el bien comer y el bien dormir, aunque la lucha por el bien vivir continuará siempre.

Enrique

LA VETA

El otro día charlaba con Richard sobre el blog intentando decirle que me sentía incapaz de seguir escribiendo porque todo lo que decía no era totalmente la verdad. Porque no sabía describir el bien y el mal de los que entramos en Arrels o en cualquier otro lugar dedicado a recibir a quien solicite o no precisa ayuda. Que él daba a leer la verdad de lo que contamos, el lugar y el modo en el momento que lo ve.
Richard comentó que no era su intención ponerse en el lugar de aquel a quien intenta ayudar. Que sabe perfectamente que la balanza no la tiene él para pesar el bien ni tampoco el mal. Él, con sus medios, da la mano, escucha e intenta sensibilizar.
Así que, supongo, que una manera será seguir ahondando en la mina, buscando una y otra vez la veta que la fe le dice que existe, con la ayuda de los comentarios de los que leen lo que se escribe que, separando alabanzas, escuche las posibles soluciones que se les ocurra a quien lee y, a quien, por lo que sea, nada dice aunque vea.

Gabriel

SE ABRE UNA NUEVA VENTANA PARA JUAN

Este es Juan y su barco que hizo con cerillas

 

 

 

Juan se ha animado a escribir las poesías que va imaginando para ponerlas aquí, en el blog. El otro día le oí recitar una y me gustó. Pero sobretodo me hace mucha ilusión que este blog se abra cada vez a más gente. Las voy a transcribir tal y como él me las escribe, con la misma métrica y la misma ortografía. Pienso que, a través de la escritura, uno también puede acercarse al «cómo» y el «qué» de la persona que escribe.

MADRE

Hoy me encuentro en la calle
y sin dinero.
Saboreando una maldita pena.
Buscando lo que no tengo, un
cigarro que distraiga las miles de malas
cosas que pienso, en la esquina
mis amigos de cuando yo tuve dinero
ni me an mirado siquiera;
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Cuando no sabes ni qué decir

En el blog de mis queridos colegas de Asís, «El Hotel de las mil estrellas», había una polémica sobre si las personas que están en la calle son culpables o no de estar así y en qué se ha fallado para que hayan personas que se encuentren en esta situación. Se me ocurrió entrar en el debate explicando mi última experiencia en la «Pensión Calatrava». He pensado que sería bueno ponerla también aquí y, de paso, animaros a que entréis en «el Hotel»

El otro día estuve por última vez en «La Pensión Calatrava» con Puri.
Estaban Enrique, Regina y Antonio.
Enrique ya es mayor y no quiere nada, pero se muere en la calle. Está mal y con temblores por el síndrome de abstinencia seguramente. Ahora no bebe porque el beber le sienta mal. Podría ir a la Llar Pere Barnés (de hecho él lo pidió y ha estado algunos días, incluso ha pagado por adelantado), pero ahora no quiere, prefiere estar con sus colegas. Yo estoy seguro que se morirá en la calle. Y tú sólo puedes que acompañar…
Regina, totalmente bebida, nos enseña sin pudor sus pechos para mostrarnos cómo Antonio le ha roto la blusa y el sujetador. Y también nos muestra los brazos que, según dice, se los ha quemado Antonio con cigarrillos. Y Antonio, mientras, gritando: «¡Ha tirado medio kilo de carne!,¡30€!». Y, efectivamente, en el suelo, hay carne rebozada de tierra. Y violentamente le quita a Regina el tabaco que mantiene escondido.
Y tú no sabes ni qué decir, ni qué hacer. Quisieras estar lejos de allí para no verte pringado en tal fregado. Pero aguantas y escuchas y acompañas y no dices nada, porque no sabes ni qué decir.
No tengo tiempo ni de pensar quién es culpable o si merece o no merece más oprtunidades o si debo de exigirle algo a cambio de…
Sólo sufro con ellos, porque ellos están sufriendo.

VACACIONES LA RUCA 2008

La diferencia entre llevar de vacaciones a 56 personas en situación de calle y las que se han hecho en la Ruca, es que en la Ruca hemos estado de vacaciones:

Antonia, María, Salvador, Miquel, Antonia, Jose, Joan, Manuel, Ignasi, Anna, Núria, Josep, Ana Mª, Luisa, Puri, Pere,  Cristina, Mariona, Miquel, Jacqueline, Enrique, Eleuterio, Enrique, Lorenzo, Gabriel, Toni, Sergio, Miquel, José, Francisco, Jaume, Francisco, Mesrop, Jose, Pere, Juan, Anna, Marta, Joana, Sonia, Pere, Jaume, Imma, José Mª, Esther, Bob, Josefina, Ramona, Stere, Pedro, Juan Carlos, Emilio, Enric, Doménech, Joaquín, Juan, Rafael, Angel, Rafa, Antonio, Juan, Miquel, Alfredo, Joan Lluis, Pedro, Arturo, Andreu, Angel, Enrique, Genaro, Josep, Juan Antonio, José, Josep Mª, Anna, Bea.

Detrás de cada una de las 76 personas no sólo hay un nombre, sino un rostro concreto. Una vida que está llena de algunos éxitos y de muchos fracasos que hemos compartido.
Y es a partir de ahí, a partir de conocernos, que sus carencias -carencias que todos llevamos sobre nuestras espaldas- las comprendo mejor y me cuesta menos aceptarlas. 

¿Dificultades? ¡Claro! ¿Y quién no las tiene en la convivencia entre personas?

¿Problemas? Algunos hubo. Normal, cuando estamos hablando de vidas machacadas.

Pero los problemas son menos y las dificultades más llevaderas cuando conoces, cuando te sientes cercano.

¡Y aprendes! ¡Y te emocionas!:
¡Ver vidas tan rotas que aún son capaces de reir y de luchar…!
¡Y que tú sabes -te imaginas- cuánto les cuesta salir…!
Pero que ves que ellos lo intentan una y otra y otra y otra vez…
Tantas como tú estés dispuesto a estar a su lado…
¡Y te sientes tan a su lado allí….!

Y es por eso que me he sentido feliz al ver feliz a Josefina.
Nunca la había visto tan locuaz.
Tiene ya los setenta cumplidos y muchos años de vivir en la calle.
Como una niña quinceañera, tuvo humor y cercanía para gastarme una broma:
¡Me quitó por sorpresa la gorra que llevaba! y se alejó corriendo a pasitos cortos con su bastón que le aguanta el equilibrio, exhibiendo una risa cómplice que a mí me cautivó.
Al día siguiente Josefina se atrevió por primera vez en su vida a bañarse en la piscina.
Por la tarde repitió ilusionada.

Cuando el domingo nos despedíamos, aún no sabía si José Mª esa noche volvería a dormir en la calle o pediría dormir en pensión.
Hace unas semanas, desde la calle, solicitó una plaza para venir de vacaciones.
Y vino. El martes, 17, a las nueve en punto, allí estaba como los demás.
Sólo que él esa noche venía de dormir en cualquier banco, cubierto con cartones.
Fue genial la última noche, cuando, en la última fiesta, se arrancaba con Bea por «sevillanas».

Y he vuelto a comprobar lo duro que debe de ser dejar de beber cuando tu cuerpo te lo pide y tu alma no tiene razones para impedirlo: Las noches de insomnio, los nervios, los ataques…
Pero, aún y así, las ganas de vivir, de reir, de participar, de ser alguien… aún y a pesar del vino…

Algo «importante», más allá de lo «urgente», se remueve en las personas cuando se crea una convivencia de igualdad, de participación y de respeto que les hace sentir que son alguien capaces de reir, de vivir, de transformar…

Enrique Richard

CUANDO EL PUENTE QUEDA LIMPIO II

¡Estoy jodido!
¡Estoy tocado!
Lo dije el otro día: «El hacer calle, a veces, sólo a veces, se hace difícil»
Hoy ha vuelto a ser uno de esos días «difíciles». Y lo ha provocado otra vez la «Pensión Calatrava».
El motivo ha sido su desalojo. El segundo desalojo que Puri y yo vivimos desde que un día alguien, uno de sus inquilinos, nos invitó a entrar.
La Guardia Urbana les ha avisado de que el lunes próximo entrarán las máquinas. (Todo un detalle por parte de la urbana en avisar con antelación). Parece ser que se trata de un desalojo definitivo. Posiblemente «por obras de adecuación urbanística del entorno» o algo similar. 

A las personas allí alojadas nos las hemos encontrado preparando su marcha. Al vernos, desbocaron sobre Puri y sobre mí toda su rabia, toda su impotencia.
Se trata de un desalojo en toda regla; pero estos inquilinos no tienen «papeles» para reclamar derechos.
Sólo les queda que protestar y echar sobre nosotros toda su angustia. 

Nos utilizan. Puri y yo sabemos que en ese momento nos están utilizando y quieren manejar nuestros sentimientos. Pero es todo lo que les queda. Y con dardos envenenados nos hieren:
«No valen las palabras, ahora son los hechos».
«No se viene aquí para observarnos, necesitamos soluciones».
Y entre tanto F. nos enseña el lazo que ha colgado del puente y nos escenifica cómo se colgará de él por el cuello en el momento que le quieran echar de allí:
«Y así verán lo que ha pasado!» 

Y Puri y yo en medio, poniendo nuestra persona y nuestra comprensión como coraza. Pero sin poder ofrecer salidas. Entre otras razones, porque las salidas que podemos dar seguramente que son las mismas que ya les han ofrecido sus educadores de calle del SIS, que hacen bien su oficio, y que probablemente no las han querido:
«Prefiero dormir al raso que rodeado de gente que escupe, ronca, roba, se droga…»

Y yo, en el fondo, lo entiendo (¡o no lo entiendo! ¡Vaya usted a saber!). Pero sí sé que en estos albergues, aunque han mejorado en muchos aspectos, hay de todo menos intimidad. Pero es lo que hay. Los recursos que la Administración tiene para ofrecer a estas personas y a otras no tan similares, son dormitorios colectivos y temporales y, de vez en cuando, pensiones para unos meses; pero éste ya es un recurso excepcional y caro. Sin embargo, posiblemente, de entre los recursos que hay, la pensión es uno de los más adecuados en estos momentos primeros de salir de la calle. De hecho el Equip de Carrer de Arrels es el recurso que más hemos utilizado hasta ahora y, para algunos de los usuarios, viene a ser el definitivo. 

Y entre tanto guirigay, ¡te quedas tan solo entre ellos con sólo la relación…!
No. No quieren tus palabras. Eso está bien en otro momento.
Hoy quieren soluciones. Y tú sólo te tienes a tí.
Y te recome tu impotencia y la del otro.
Y sólo tienes palabras para asentir. Estás con ellos. Te duele su dolor.
Sabes, también, que te utilizan; pero tú sabes que, a pesar de ello, es injusta su situación y tú no tienes soluciones.
Y el lunes, para beneficio de nuestra sociedad, dejarán sin «vivienda» a unas veinte personas. Son «los daños colaterales» de todo progreso (de toda guerra de los unos contra los otros).
«Al fin y al cabo ¿qué más quieren?, ¡¿si les están ofreciendo un sitio dónde dormir y ellos no quieren utilizarlo…?!»
 
¡¿Y por qué no querrán…?!

(Y recordé la historia que se cuenta en Arrels de aquel que, «desagradecido», le tiró a la espalda el bocadillo que le acababa de dar: -¿Y qué es lo que querrá?. Fue lo que pensó entonces aquel hombre y lo que motivó que se crease Arrels, para intentar dar respuesta a la pregunta.)

Claro que, si todos los que duermen en la calle, de pronto cambiasen de opinión, no habrían recursos suficientes para alojarlos.
A lo mejor interesa mantener la situación y seguirles culpabilizando de que son ellos quienes quieren vivir entre mierda, en vez de estudiar y poner dinero en recursos adecuados, dignos y suficientes, dando respuesta a lo que ellos reclaman.
Después, los que quieran seguir en la calle, ya nos encargaremos nosotros de hacerles compañía hasta que decidan otra cosa. Porque todos los que estamos en esto sabemos que, eso de salir de la calle, es algo más complicado que la negativa a un albergue. Pero ¡a cuántos nos quitaríamos de en medio de la calle si los recursos fueran suficientes, dignos y adecuados…!

Sólo hay un «pero»: Que este primer recurso es seguramente el que cuesta más en dinero y, a su vez, es el que cuenta menos en éxitos y en «resultados». 

¿No soy objetivo?… Seguramente que hoy no, pero no digo mentira.

Enrique

TODO EL TIEMPO DEL MUNDO o LA HISTORIA DE UN PROCESO

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Luego de haber escrito TODO EL TIEMPO DEL MUNDO o LA HISTORIA DE UN PROCESO, vino la reflexión.
Para comenzarla -la reflexión- recordé una frase de Miquel Julià que siempre me ha sonado muy bien:

«Si siempre tenemos que pensar en rentabilizar nuestros esfuerzos en términos de eficacia, entonces siempre habrá alguien más merecedor que otro de nuestra atención. Lo más bonito de la relación es cuando alguien nos dice no querer nada: Entonces es precisamente cuando podemos iniciar una relación de igual a igual. Sin dar nada a cambio de nada: Tan sólo entregarnos como persona.»   

A MODO DE UNA INCOMPLETA CONCLUSIÓN / REFLEXION  

  • Difícilmente hubiéramos encontrado a Juan José si no hubiéramos ido a la calle a buscarle. 
  • Juan José, en el momento de vernos, no pide nada, no necesita nada. Somos nosotros quienes mostramos deseos de acercarnos y quienes le hacemos propuestas de cambio.
  • Nosotros no nos acercamos a Juan José con la pretensión de solucionar un “problema social”. Sólo pretendemos “estar” con la persona que es. Si, luego, además, Juan José deja de ser “problema social”, ¡pues mira tú qué bien!.
  • En nuestra relación en la calle no ponemos condiciones y sólo existe una regla: El mutuo respeto.
  • Nuestra relación para con Juan José se ha basado en la constancia, en la espera “activa” y en el afecto, sobre todo, en el afecto.
  • Nosotros sabemos que él sabe que la bebida no le hace bien ¿para qué, entonces, recriminárselo?
  • Nosotros sabemos que él sabe que la calle se hace dura. Si Juan José vive así, será por alguna razón que sólo él conoce. Para vivir de otra manera, tendrá que encontrar otras razones.
  • Establecemos una relación de adultos, de igual a igual, que favorece la autoestima de Juan José y que chielo.jpgonsigue transformarnos a los dos.
  • Juan José ha dispuesto del recurso siempre y en el momento que lo ha demandado, aunque sospechásemos que lo iba a dejar al día siguiente.
  • A lo largo de estos 40 años no hemos sido los únicos que hemos pasado por la vida de Juan José ofreciendo que cambie. Unos lo habrán hecho con mayor o menor acierto que otros. Unos habrán puesto razones y todos, seguro, que pusieron su mejor voluntad. Lo más probable es que todas esas cosas hayan ayudado a que Juan José ahora nos acepte.
  • Este proceso de relación en la calle dura años. No deberíamos hacernos ilusiones creyendo que, cuando ya está en el Centre Obert, en pensión, en piso, en residencia, el proceso va a durar sólo meses.
  • En la calle no trabajamos “el grupo”, sino que nos relacionamos con las personas que forman el grupo y establecemos diferencias en función de la persona, pero nos dirigimos a todos y todos son importantes y todos son merecedores por igual de nuestra relación.
  • Es distinto estar en la calle que en el Centre Obert: En la  calle, Juan José está en “su castillo”, él es el dueño y él también es el protagonista de nuestra relación. En el Centre Obert Juan José no está en su casa y es uno más entre tantos.
  • Es bueno para Juan José el que la relación no se quede en el equipo de calle, sino que se vaya extendiendo al resto de profesionales y de voluntarios. Esta variedad hace que Juan José pueda descubrir otras y diversas miradas y afectos de la vida que le ayudan a ir encontrando “las otras razones” que, quizás, le harán querer vivir de otra manera. Aunque para esto se necesitará, seguramente, “todo el tiempo del mundo”.
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    TODO EL TIEMPO DEL MUNDO O LA HISTORIA DE UN PROCESO

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    EL DESENCUENTRO

    Puri y Miquel me presentaron a Juan José hace dos años.
    Comenzaba un nuevo curso y hubo reestructuración en el equipo de calle. Yo cambié de zona y pasé a tener por compañera a Puri.

    Antes, Gemma y Josep Mª eran los voluntarios de calle que recorrían aquella zona. Y fueron ellos quienes, en el 2001, lo encontraron en la calle por primera vez.
    Nunca cruzaron con él palabra alguna, porque nunca Juan José les permitió el menor acercamiento. Incluso le llegaron a tener un cierto “respeto”. Pero, aún así, siempre lo intentaron y, semana tras semana,  procuraban hacerse notar de alguna manera.

    Cuando luego, en el año 2003, Roc y Puri les sustituyeron en la zona, a Juan José lo presentaron como una persona de trato difícil. Avisados, ellos siguieron procurando el saludo, pero Juan José les solía recibir a gritos, desbaratando cualquier intento de aproximación. No obstante, todas las semanas seguían inventándose un nuevo gesto de acercamiento.
    Pero era imposible llegar a él. Juan José se seguía mostrando agresivo y amenazante. A veces, incluso, desde lejos, les enseñaba una navaja que, luego hemos sabido, lleva escondida para “por si un por si acaso”.

    EL ACERCAMIENTO

    El primer acercamiento se dio en el año 2004.
    Un buen día Puri le vio sentado en su banco y, junto a él, su carro de chatarra. Esta vez se acercó y le preguntó por lo que llevaba. De forma inesperada, Juan José se sintió a gusto con la pregunta y le dio toda clase de explicaciones.
    Puri había conseguido, al fin, establecer contacto después de cuatro años de estarlo intentando.
    Durante un tiempo Juan José sólo permitió que fuese ella quien se le acercase.

    Pero, luego, la confianza ganada se fue ampliando y Juan José extendió el saludo a Roc y también a Miquel.
    El personaje agresivo, temido por todo aquel que no le conocía, pasó a ser un “viejo sabio de la vida”, de sesenta y pico años de edad que llevaba -según dice siempre- cuarenta años en la calle; que ya, siendo niño, comenzó a trabajar sin pisar la escuela; que salió de su pueblo de Galicia cuando apenas tenía veintiséis; que ha seguido trabajando toda su vida y que, por no tener, no tenía ni la tarjeta sanitaria.
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    DISFRUTAR ACOMPAÑANDO

    la-calma.jpgNos hemos acostumbrado a tratar a los demás a modo de lo que podrían ser y no a modo de lo que en cada momento son.
    Ya cuando niños desperdiciamos sus posibilidades de lo que ya son, para exigirles lo que han de ser, como si sólo fuesen personas en potencia.
    Cuando son jóvenes, los padres luchamos también a la contra por miedo a que nuestros hijos no puedan ser lo que nosotros creemos que deberían aspirar a ser.
    De maduros hay como un “in pace”: Nos aguantamos opiniones civilizadamente.
    Pero cuando ya somos viejos, nuestros hijos nos recriminan lo que no fuimos capaces de ser y ellos hubieran querido que fuésemos.
    No se dan cuenta que ni nos acordamos. Que cada uno vive su vida tal y como buenamente puede. Que nuestros recuerdos son los que hemos querido/podido guardar y los hemos guardado a nuestra medida y conveniencia. Pero que sepan que sus recuerdos, los que ellos tienen de entonces…, ¡ también los guardan a su conveniencia !
    ¿Por qué no pararnos?:
    Mirar al que tenemos en frente y simplemente disfrutarlo; sin más. Escucharle y aceptarle sin historia que recriminar y sin futuro que organizarle.
    Sólo sois tú y él. Ambos seguramente que nos necesitamos mutuamente ¡ahora!  ¿Mañana…? ¿¡Quien sabe mañana…!? Mañana a lo peor le lloramos, echando en falta aquello que ahora seguramente lo tenemos tan a mano.
    Pues eso igual deberíamos hacer  con los que viven la calle.
    ¡No les querramos arreglar la vida!. Acompañémosle, disfrutémosle… mientras podamos.
    Su vida ya se la arreglará él…, si quiere… A lo mejor, entonces, hasta nos pide que le ayudemos…

    LOS SETENTA VECES SIETE DE ARRELS

    Este escrito viene de lejos, de Julio del 2006. Hoy tengo especial interés en colgarlo en el blog: El protagonista de esta historia forma parte de las primeras personas que han entrado en La Llar Pere Barnés. Desde que escribí esto hasta hoy, han habido muchos otros setenta veces siete (con Manuel y con muchos otros) y espero que Arrels nunca se canse de hacerlo.

    virgen_de_la_cabeza1.jpgManuel, toda una vida viajando.
    Se conoce y las conoce a todas las Vírgenes de casi toda España.
    Incluso conoce la de mi pueblo: La Virgen del Prado

    Hoy, Manuel, me ha hecho pensar en los setenta veces siete del Evangelio.
    Pero en sencillez. Sin culpar. Sin buscar que el otro se sienta humillado, angustiado, ofendido. Y que, si ha ofendido, no se sienta acusado, ni señalado, sino, al contrario, recibido, estimado, animado, comprendido. Sin necesidad de hacerle sentir que eres ¡malo!…, pero ¡malo!… ¡malo!… Y como yo soy bueno… y puedo… y estoy por encima…, te doy la absolución…; pero… (siempre, además, hay un pero que condiciona…)
    Manuel es un viejo conocido de Arrels.
    Viaja desde siempre. Incluso desde cuando, con Franco, la ley de vagos y maleantes le llevó varias veces a la cárcel. Eran otros tiempos.
    Pero es hoy que a sus 65 años a punto de cumplir aún sigue viajando.
    Hace unos meses le encontramos en la calle de regreso de uno de sus viajes.
    Estaba mal. Sucio, con barba, enfermo. Y, lo que es peor, vencido.
    No es normal en Manuel.
    Duerme desde siempre en la calle; pero siempre acostumbra a estar limpio y a llevar unos euros escondidos para su tabaco y su vino. (¡Ahora dice que lo ha dejado!… A medias: Ahora lo toma con gaseosa).
    Entonces le invitamos a dormir en pensión hasta que él quisiera.
    Para nuestra sorpresa  -¡qué mal se debía encontrar!-, accedió sin apenas insistir.
    Durmió en pensión algunas noches.
    Hasta que se hartó: Un buen día avisaron que Manuel llevaba varias noches sin ir.
    No supimos más de él…
    …Hasta hoy.
    Le vimos de lejos: Estaba razonablemente limpio.
    Nada más vernos nos dijo: Sigue leyendo