Porque no quiero molestar

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Allí está. En la plaza. Como un mobiliario urbano más. Como el árbol; como el banco; como la fuente; como el cajero de una oficina de ahorros; o como la iglesia en la plaza Mayor de cualquier pueblo…

Antonio siempre está allí; apoyado en la pared de lo que fue una antigua puerta, hoy tapiada. Y, junto a él, su maleta grande llena de su casa: alguna manta, un saco de dormir, una estera que le aísla del frío… y, seguramente también, ropa limpia que le dan para cambiarse. O, a lo peor, ni eso…

Allí, sujetando la pared, se pasa el día. Alguien que se cruza le da unas monedas; otros le traen un café y hay también quien le lleva la comida; incluso hay personas que se acercan sólo para conversar con él y compartir unas cervezas…

Antonio es conocido en la plaza y algunos vecinos le ayudan a sobrevivir.

Por la noche se busca cobijo en el calor de la caixa; pero hay temporadas que cierran o que la okupan otros inquilinos con los que Antonio no quiere cuentas. Si no hay cajero, Antonio espera y, cuando ya se ha marchado el último feligrés y el sacristán cierra la puerta, sube las escalinatas de la iglesia y, arriba, junto al portón, abre su maleta y extiende su casa. Antonio duerme fuera, en el quicio de la puerta de la iglesia que está cerrada. A él no le importa; ni siquiera sabe cómo es la iglesia por dentro. Nunca ha tenido la curiosidad de entrar, y el caso es que lleva años en aquella plaza.

Puri y yo pasamos a verlo todos los martes. Charlamos con él. Algunas veces le ofrecemos algún cigarrillo, incluso ayer entramos en un bar para tomarnos un café los tres.

Un martes le invitamos a ir a Riereta para ducharse y cambiarse de ropa. Otro día le ofrecimos  un lugar a cubierto para dormir… Pero él nunca ha querido salir de su plaza:

— No quiero molestar —nos dijo.

Él sigue siempre allí, sin molestar; como el árbol que da sombra en verano, o la fuente de la que beben los turistas, o como el banco desde donde aquella señora sentada echa migas de pan a las palomas, o como la iglesia que todos los días abre y cierra sus puertas para la oración, o como la caixa que negocia con los dineros de sus clientes…

Pero, y Antonio, ¿qué utilidad tendrá en aquella plaza?

Nosotros seguiremos yendo a verlo y tomaremos con él algún café en el bar de la plaza y hablaremos del tiempo y del frío y de la lluvia y del calor… Quizás un día Antonio se decida  a dejar aquella plaza para siempre y, entonces sí, quiera molestarnos.

Enrique

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