Me importa el CÓMO

 

Como voluntario, siempre me ha gustado participar en proyectos pequeños. Proyectos pequeños con objetivos grandes. Aquellos objetivos que nuestra mentalidad capitalista y utilitaria los llamaría inalcanzables y utópicos; pero que, en el fondo, los tildamos así, porque son poco o nada rentables, y, los posibles “éxitos”, son más que dudosos de conseguir.

Me refiero a proyectos pequeños que nacen para situarse en los márgenes, en aquellos lugares y con aquellas personas que nada quieren: los imposibles, los nadie. Proyectos pequeños en los que cuenta no tanto el QUÉ y el CUÁNTOS, sino el CÓMO. Proyectos pequeños en donde el objetivo no son los números, sino en cómo son las relaciones. Proyectos pequeños que no se hagan grandes, porque en los grandes las necesidades se multiplican, los resultados se hacen necesarios y los márgenes tienden a quedar olvidados (y, nunca mejor dicho, marginados)

Los márgenes, los nadies, los que no quieren salir de su calle, de su banco, de sus cartones… De ser, tal vez, la razón primera y única del proyecto inicial, pasan a ser, si no los olvidados, los elementos residuales, los daños colaterales que siempre se dan en las guerras que buscan objetivos más importantes. No hay soluciones para los que no quieren salir de los márgenes. Ni tampoco se buscan, ni se emplean suficientes medios para buscarlos: nunca serán rentables

El QUÉ y el CUÁNTOS se comen y olvidan del CÓMO.

¡Claro que me preocupa que en la calle haya tanta gente que vive y duerme en ella! Es injusto. Y es de derecho que el sistema dedique los medios suficientes para disponer de los recursos adecuados que las personas que no quieran estar en la calle necesitan, ¡y son la inmensa mayoría! A éstos, lo he dicho siempre, a los que no quieren seguir durmiendo en la calle y así lo manifiestan, la solución es ofrecerles lo que por derecho les pertenece: techo, comida, trabajo… y acompañamiento social si lo requieren.Hilos que se rompen

Pero yo, como voluntario, seguiré en la calle y buscaré preferentemente a aquellas otras personas —son minoría— que no quieren moverse, a aquellas a las que he de ir yo a su encuentro si quiero conocerlas y establecer relación. Son aquellas cuyos hilos de su vida están destrozados. Es en éstas personas en donde el CÓMO adquiere todo el sentido de mi trabajo como voluntario.
Es, entonces, cuando mi relación se hace aguja para que la persona que está en la calle pueda volver a tejer sus nuevos hilos de su telaraña rota. Es el CÓMO quien me compromete en esta relación y se convertirá en mi único objetivo. Es, a partir de este descubrimiento, que los hilos los iremos tejiendo juntos; pero será él quien dirija las puntadas y será él quien diga lo que quiere hacer con su vida y hacia dónde quiere ir. Y yo respetaré su proceso y asumiré sus decisiones.
Me ha dejado de importar el QUÉ y el CUÁNTOS, sólo me interesa el CÓMO, porque solamente en el CÓMO está la posibilidad del cambio. Aunque el cambio no sea el que yo, instalado en mis hilos bien ajustados, piense que debería darse: yo no entiendo de sus prioridades, porque, entre otras cosas, no conozco de su historia, ni como ésta le ha removido por dentro. Ni tampoco sé de sus hilos rotos y de cuántos ha de recomponer para generar una telaraña estable.
¿Me conformo con darle un techo? ¿Estoy seguro que con este hilo rehecho le será suficiente?, ¿me sería suficiente a mí? Son muchos los hilos que normalizan nuestras vidas, hilos que nos hacen aceptarla y sentirnos seguros y acogidos y queridos por los que nos rodean para, en definitiva, ser felices.

Es, como he dicho muchas veces, desde la humildad del que no lleva soluciones preconcebidas, desde la sencillez del que no conoce respuestas, y desde la igualdad para recorrer el camino juntos, que ya no intento salvar, ni atender, ni tan siquiera ayudar. Sólo intento ESTAR con él a su lado y acompañarle a tejer los hilos de su telaraña rota, y al mismo tiempo aprovechar para  recomponer algunos de mis hilos descompuestos. ¿Por qué no?

Enrique

Su tiempo no es mi tiempo

Llevaba meses sin ir a visitarlo.

Pensé que me echaría de menos y que, si me  acercaba a verlo, se alegraría de mi presencia y que, al verme, como Lázaro de su sepulcro, se levantaría de su banco a recibirme, que me abrazaría, que me diría cuánto se había extrañado de mi larga ausencia, que me había echado en falta…

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La suerte del Antonio

Hoy, traigo al blog un artículo de Igansi Xuclá, un compañero de Arrels en esto de “HACER LA CALLE”. Nos lo mandó a todos los que formamos el Equipo de Calle. Me gustó y le pedí permiso para colgarlo en el blog y traducirlo al castellano. Tiene toda la sencillez y la grandeza de la calle.


Martes 5 de Mayo, Un argentino en Barcelona: “Ustedes eligieron la profesión; ahora jódanse”
Martes 26 de Mayo, Una enfermera de un CAP de Barcelona: “¡Que suerte tienes, Antonio!”
En tres semanas, dos frases que marcan nuestro trabajo en la calle.

Empezábamos nuestro trabajo como cada martes por la tarde. Con Teresa, nos dirigimos a la plaza donde están ellos. Nos rodean, nos absorben, piden … Daniel nos observa de lejos, sentado en un banco.

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En la Plaza Real

Plaza Real 1Llevaba un rato hablando con José a un lado de la Plaza Real, cuando un hombre, que también lo conocía, se acercó al grupo y nos interrumpió la conversación que manteníamos. Su objetivo era vendernos información de restaurantes en donde podríamos comer a buen precio y de hoteles y pensiones en donde lograr dormir, siempre, claro, con calidad garantizada. Posiblemente aquel hombre nos había tomado a Puri y a mí por turistas recién llegados a la ciudad. Sigue leyendo