Del dolor ajeno

Que me perdone quien haya escrito este texto, si es que lo llega a leer y no le gusta que lo haya exhibido. Lo tenía —anónimo— en el ordenador, archivado, entre otros, como TEXTOS INTERESANTES. No es mío, pero me siento tan identificado con él… 

Hablamos con una naturalidad del dolor ajeno…
Vivimos el sufrimiento ajeno con una normalidad…
Expresamos las carencias del otro con una frialdad…

Y, por otro lado, es normal. Si los que trabajamos cerca de las personas que sufren la marginación no pudiésemos alejarnos del sufrimiento, del dolor, de las carencias… que padecen, seguramente que se nos haría muy difícil convivir con nuestra propia conciencia.

Sin embargo no me deja de causar temor el familiarizarnos en demasía con tanto sufrimiento, hasta “banalizarlo”, dejarlo desposeído de dolor. Cargar tanto las tintas en que “su dolor, en su situación, no es el dolor que yo tendría en las mismas circunstancias…”. Recrearnos en que “él ya está acostumbrado a la precariedad y a ese modo de vivir y que, por otro lado, esa vida sería inaguantable para mí…”. Normalizar la desesperanza del “siempre tendremos que pensar que existirá alguien excluido…, que se quedará al borde…, que será el ‘más nadie’…

Me hace daño.

Y me hace daño, porque entonces también juego con los recursos y juego con los recursos precisamente con éstos, con los que menos esperanzas tengo de que vayan a salir de la calle. Son los menos, ¡serán los menos!, pero también los más sufrientes.

“Está en la calle, no quiere recursos, no quiere un albergue, no quiere nada, pero los días de frío duerme en un cajero, y pide que alguien le de una moneda para poder comer, y necesita hacer sus necesidades fisiológicas y necesita del cartón de vino que le sacará del mono en que hace ya mucho tiempo se metió, y de vez en cuando cambiarse de ropa y hasta ducharse…

“¡Ya se espabilará!” Es toda nuestra respuesta. “Él no quiere lo que le ofrecemos” “La calle le ha enseñado a solucionarse la vida”. Pero… cerramos cajeros…; nadie les deja entrar en sus locales para ir a los servicios…; y tendrá que pedir unas monedas para comer, para beber, para fumar…, porque tampoco nos parece bien el mal uso que puedan hacer con el dinero que le pudiésemos dar…

Texto de alguien a quien le duele el dolor ajeno

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