ANTONIO

Este es el primer relato que hice, nada más comenzar a hacer la calle.
Me encandiló este viejo que apenas podía moverse.

– Hoy no me apetece salir.

Nos lo decía Antonio.
Y ciertamente la tarde no invitaba a salir de casa. El cielo estaba gris. Chispeaba. Yo había sido precavido y en el bolso llevaba un pequeño paraguas de esos plegables.
No, verdaderamente la tarde no estaba para paseos. Hacía frío.

A Antonio le habíamos despertado de su siesta. Y aún así, nos atendió y nos recibió con una amplia sonrisa. Nos presentamos. (Hasta entonces no nos habíamos visto nunca). Hablamos. Le invitamos a salir, pero él no quiso:

– Hoy no me apetece salir, nos dijo.

No insistimos. Nos marchamos. Empezaba a llover. Yo tuve que abrir el paraguas para no mojarme. Antonio tenía razón: deberíamos habernos quedado en casa.

Dos semanas después, le volvimos a ver. Esta vez paseaba Rambla Catalunya abajo. A la altura de Consell de Cent nos acercamos a él. No nos reconoció:

– Claro, conozco a tanta gente…

Nos dio la mano a modo de saludo y nos sonrió. De hecho sonríe con facilidad. Y habla, siempre habla. Sobre todo de su pasado boxeador (Puños de Hierro). De sus giras por toda Europa, América, Canadá…. Campeón del mundo. Superligeros. No recuerda de qué año. De ahí que no vea por un ojo. Por el otro tampoco: la catarata…; pero no volverá al médico:

– Para lo que hacen…

Hablaba y se encendía cuando pensaba en su mujer:

– Me arruinó. Se gastaba lo que yo ganaba. Ya sabes… la droga… Me marché y la dejé un piso en l’Alt de St. Pere. Me fui. Me dejó sin nada.

Y vuelve al boxeo.

Luego se sentará en cualquier parte. Al pasar le saludarán sus amigos: “¡Ei, campeón!”. Se acuerdan de él. También su hija. Ahora, siempre, tiene 10 años. Pasará por allí y le dirá: “¡Hola, papá!”.

– Es dulce y bonita, nos dice. Vive con su tía. Su madre no la cuidaba.

Y cuando se canse, se volverá a Ausias Marc, esquina Urquinaona, donde hace dos semanas nos vimos por primera vez.

Antonio vive allí, en plena Eixemple.

Una puerta que aguanta un letrero: “SALIDA DE EMERGENCIA”, que casi nunca se abre, y unos cartones de electrodomésticos bien elegidos, a modo de muralla, dejan un espacio justo de grande para que Antonio se pueda sentar a dormir (que tumbado no cabe).
Su casa es en total un hueco de apenas medio metro cuadrado, entre una puerta de hierro y un frágil muro de cartón. Antonio vive allí, en la calle, entre los plásticos que guardan todo lo que tiene y el tetra brick de vino que nunca le falta.

– No, hoy no me apetece salir.

Después hemos seguido viendo a Antonio. Casi siempre en su “okupada kasa”. Muchas veces dormido, algunas veces borracho, siempre bebido.
Antonio siempre viste la misma cazadora color butano con rayas grises. Lleva “Ras tas”:

– Me las cortaré cuando llegue el buen tiempo, siempre nos dice.

Pero las “Ras tas” son de años y a Antonio nunca le debió llegar el buen tiempo.

– No, hoy no me apetece salir.

Antonio no quiere salir ni del vestuario que tiene, ni del pelo que lleva, ni del alcohol, ni de su olor inaguantable, ni de su “kasa”, ni de su vida. Así ya está bien.
No, Antonio no quiere salir. Ya no le engañará nunca más su mujer. Le arruinó, “ya sabes… la droga….” Y seguirá siendo el campeón. Puños de Hierro. Campeón mundial de quién sabe qué año.

No, Antonio no quiere salir.

Yo he conocido a Antonio y él me conoce a mí (¿me conoce?). Le veo…, le huelo…, le saludo…, le toco…, le escucho…

Tal vez algún día Antonio sí quiera salir.
¿Estaré entonces yo allí…?

P.D.: Antonio a día de hoy ya está en una Residencia. Alguno estuvo a su lado

Agosto, 2003

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