DIOS TAMBIÉN DUERME LA CALLE

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Hoy me apetece hablar de una mujer que casi no se la ve. Todos los días va a buscar su bocadillo a las monjas y luego desaparece. Siempre viste igual, chaqueta verde, falda de cuadros gris y zapatillas de tela. A Puri y a mí nos despierta un cariño especial. Un día me habló de Dios, de cómo ella entendía a su Dios y a mí me cautivó. Y escribí este relato:

Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los sencillos (Mt. 11, 25).

Acababa de lanzar a tierra las migajas de unas magdalenas caducadas, que había recogido un momento antes, al lado del contenedor de las basuras.

Ahora, como lo hace todos los días, estaba sentada en uno de los bancos que hay en el parque infantil escondido dentro de los jardines de la Sagrada Familia.

“Tengo la misma edad que ahora tendría el papa que se murió”. Nos dice.Se llama Berta y tiene el cabello blanco.

Todos los días sin falta, a las diez de la mañana se pasa por las monjas cuando abren la puerta para dar comida a los que allí se llegan.

Berta no guarda turno. Siempre se espera a ser la última. La conocen y le guardan su ración de cada día y un poco de más. Además se ha ganado la confianza de las monjas y, antes de bajar la persiana de la puerta para cerrar, le dan la bandeja con los trocitos de pan que han sobrado y, junto al árbol, los desparrama por el suelo. Es a modo de liturgia que se viene repitiendo día tras día. Y luego se acercan los gorriones y las palomas a comer.

Berta no vive en la calle. Un día nos dio su dirección y la guardamos por si acaso. Pero nos preocupa. La sentimos muy sola, desvalida, frágil…

Aquel día, a gritos -apenas oye- le preguntamos si necesitaba algo

– No -nos dijo-. He salido ya de muchas: De la guerra, de la enfermedad, del hambre… Y así seguiré hasta que muera. Pero no he sido yo, ha sido Él -y miraba al cielo- el que siempre me ha sacado y me seguirá acompañando hasta que mis fuerzas se agoten.

Me emocionó su manifestación de fe tan espontánea.

Me cautivó su declaración sencilla de lo que para ella era Dios.

Podría haber banalizado e interpretado su frase como el paradigma de la alienación.

Pero no lo hice.

En aquel momento lo sentí como la expresión sencilla de una mujer humilde que no espera nada, que no tiene nada, pero que se siente recompensada por un Dios que la cuida, que la quiere.

En otro momento, cuando otras gentes que viven la calle me hablan de su fe, de su Dios, me escandalizo y no quiero oir, no me gusta oir, porque casi siempre buscan, esperan en ello, la gracia de hacerse merecedores de nuestros favores.

En otro momento esas palabras dichas por personas que lo tenemos todo y que siempre queremos más porque todo nos parece poco, me hubiesen sonado a música celestial. A palabras huecas, sin sentido y que casi nadie, cuando las decimos, nos las acabamos de creer.

Dichas por Berta, me parecieron grandes, sublimes, llenas de amor. Dios colmaba todas sus pequeñas necesidades:

Lo tenía todo -¡y era tan poco…!- porque El se lo había dado.

Y me sentí pequeño, frágil, tan frágil como ella lo parecía físicamente: Yo no podía, no sabía amar como ella lo hacía: desde la sencillez, sin discursos, con amor. Y no pude evitar en aquel momento sentir hacia Berta, hacia mí, hacia todos una gran “con-pasión”:

¡Nos es tan difícil sentir a Dios…! y sin embargo Berta me lo mostraba en la nada de su vida.

Dicen que la fe no es tanto creer como confiar en los otros que han creido. Sin duda que desde aquel día noto que mi fe ha crecido, porque he confiado en Berta.

Pero nosotros seguiremos ahí, a su lado, porque los gorriones y las palomas no comerían si Berta cada mañana, junto al árbol, no desparramara por el suelo los trocitos de pan que han sobrado.

Enrique Richard

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