Nos hemos acostumbrado a tratar a los demás a modo de lo que podrían ser y no a modo de lo que en cada momento son.
Ya cuando niños desperdiciamos sus posibilidades de lo que ya son, para exigirles lo que han de ser, como si sólo fuesen personas en potencia.
Cuando son jóvenes, los padres luchamos también a la contra por miedo a que nuestros hijos no puedan ser lo que nosotros creemos que deberían aspirar a ser.
De maduros hay como un “in pace”: Nos aguantamos opiniones civilizadamente.
Pero cuando ya somos viejos, nuestros hijos nos recriminan lo que no fuimos capaces de ser y ellos hubieran querido que fuésemos.
No se dan cuenta que ni nos acordamos. Que cada uno vive su vida tal y como buenamente puede. Que nuestros recuerdos son los que hemos querido/podido guardar y los hemos guardado a nuestra medida y conveniencia. Pero que sepan que sus recuerdos, los que ellos tienen de entonces…, ¡ también los guardan a su conveniencia !
¿Por qué no pararnos?:
Mirar al que tenemos en frente y simplemente disfrutarlo; sin más. Escucharle y aceptarle sin historia que recriminar y sin futuro que organizarle.
Sólo sois tú y él. Ambos seguramente que nos necesitamos mutuamente ¡ahora! ¿Mañana…? ¿¡Quien sabe mañana…!? Mañana a lo peor le lloramos, echando en falta aquello que ahora seguramente lo tenemos tan a mano.
Pues eso igual deberíamos hacer con los que viven la calle.
¡No les querramos arreglar la vida!. Acompañémosle, disfrutémosle… mientras podamos.
Su vida ya se la arreglará él…, si quiere… A lo mejor, entonces, hasta nos pide que le ayudemos…