EL ENTIERRO DE JUAN

Hoy, Juan, estuve en tu entierro.
No quedaste solo. Veinticinco personas te acompañamos y te dimos el último adiós en el cementerio.
Hay más gente que te aprecia, pero hoy no estuvieron. Ya sabes…, el morir no apetece. Te quieren vivo. Así, ellos piensan, te tendrán para siempre.

Subieron tu ataúd a lo más alto.
Mientras lo introducían en la oquedad eterna, junto con las flores que Lluc te llevó, y ajustaban con argamasa la losa sin nombre que tapará para siempre la luz que llega del exterior, dos nichos más abajo descubrí un letrero enganchado al cristal de la puerta, que decía:

“AVÍS DESNONAMENT”
“AVISO DESAHUCIO”

Al principio me ha incomodado: Hasta allí llegaba la mano especuladora, sin corazón, de la crisis financiera.
Alguien no pudo, u olvidó, pagar el espacio reservado a su memoria. El administrador y dueño de aquella sepultura, fiel a sus estrictas leyes del capital sin sentimientos, echará a sus inquilinos que allí yacen por impago de la deuda.

Aunque luego pensé en ti y te vi llevando ese letrero colgado a tu cuello. Lo habías llevado toda tu vida: “AVISO DESAHUCIO”.
¡Cuántas veces, si no, la sociedad y nosotros mismos te habíamos desahuciado de la vida y te habíamos dado por perdido!
¡Cuántas veces te caíste!, ¡cuántos días de destrozar tu vida!
Desde que naciste fuiste “carne de cañón”. Lo llevabas escrito. Quien te mirara lo veía.
“¡Basta ya, Juan! ¡Así no puedes seguir! ¡Vas a acabar contigo!”, te decían y te decías, porque tú, desde siempre, lo sabías.

Pero tú, hasta al final, has sabido pactar con la vida. Has pagado tus cuotas y has conseguido renegociar tus “hipotecas”.
Que sepas, Juan, que te has sabido vender. Que nos has dejado tu impronta de hombre cabal, respetuoso y honesto con aquellos que te hemos querido.
Que sepas, Juan, que nosotros hemos notado, bajo esa apariencia de hombre bruto y prepotente, que tú te has dejado querer y que se te notaba feliz sintiéndote querido.
Que sepas, Juan, que nos has dejado un vacío, porque tú –“el primero de entrar en Arrels”- llenabas Arrels desde hace ya mucho, mucho tiempo.
Que sepas, Juan, que yo, como otros muchos como yo, me siento orgulloso de haberte conocido.

Descansa en paz y, como ha dicho José María en tu despedida, “reza por nosotros desde allá en el cielo”. Porque, si el cielo hay que ganarlo, tú te lo tienes sobradamente merecido.

Ahora, pensándolo más despacio, lo he comprendido:
El letrero no estaba. Has sido tú. Esta mañana te lo has quitado, lo has dejado caer y quedó enganchado dos nichos más abajo del tuyo.

¡Te liberaste, bribón!

Enrique

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4 comentarios en “EL ENTIERRO DE JUAN

  1. Precioso homenaje, sentido, entrañable y escrito magníficamente. Me ha emocionado. Confieso que al leer el final de este hombre y el de otros como él, avergüenza gozar de mejor dicha.
    Saludos.

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  2. vivir dijo:

    Extremadamente humano, bonito,càlido i sutil la forma de acompañar a las personas. Felicitarte por esa manera de ver la vida y sentirse úTIL en ella.

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