Dos amigos de Arrels, dos Migueles, hablan de sus experiencias de cuando vivían en la calle. Salió en el Telenoticies de TV3 del domingo, 21 de Octubre.
No deja de ser una mirada esperanzada hacia el futuro.
Dos amigos de Arrels, dos Migueles, hablan de sus experiencias de cuando vivían en la calle. Salió en el Telenoticies de TV3 del domingo, 21 de Octubre.
No deja de ser una mirada esperanzada hacia el futuro.
Hoy, 17 de Octubre, es el Día Internacional para la erradicación de la pobreza.
Este vídeo no necesita explicación. A buen entendedor…
Cuando vemos a una persona que está tirada en la calle, tenemos dos opciones para enfocar nuestra intervención:
Una: Aquella persona es un problema… -social-.
Dos: Aquella persona tiene un problema.
Si solucionamos el problema social, no es muy probable que aquella persona de solución a su problema.
Si, por el contrario, nos preocupamos por su problema, es seguro que, si logra superarlo, se abrirán grandes posibilidades de que se dé solución al problema social que aparentemente aquella persona generaba.
Yo apuesto por la segunda opción.
Ya sé: es más larga, más complicada y te arriesgas al aparente fracaso. Pero no es verdad: los éxitos están, aunque no sean los que socialmente se esperan; pero son en el interior de la persona y es ella quien los vive (¡y tú los disfrutas!).
Pero, eso sí, hay que disponer de recursos para tenerlos a su disposición para cuando la persona decida.
No ofrecemos caridad, ni regodearnos en lo buenos que somos…
Buscamos y damos soluciones… para la persona…
Cuántas veces, refiriéndose a las personas que están en la calle, hemos oido decir frases semejantes a ésta:
“Sí…, pero hay muchos que no se dejan ayudar y no quieren ir a ningún sitio…”
Y es verdad. Es como si ya estuvieran bien así…, pero…
Siempre hay un “pero” que condiciona y que, si no lo sabemos definir, como casi siempre, nos quedaremos en las apariencias.
Yo antes me haría una pregunta:
– Cuando el primer día en que se encontró en la calle ¿era eso lo que deseaba?
A lo mejor nos pensamos que ya desde niño, en sus fantasías de qué iba a ser cuando fuese mayor, ya soñaba en ser un indigente, que iba a dormir en la calle, sucio, buscando entre las papeleras, despreciado por todos y que, borracho, iba a ser el hazmerreír de los demás niños, además de pegado, robado y maltratado por los otros adultos.
Seguramente que es por esto que esta gente no quiere nuestra ayuda: ¡Por fin han conseguido ser lo que ya de niños soñaban ser!…
Qué disparate!… ¡Pues pensemos entonces más allá de las apariencias!…
El viernes pasado Paco ingresó en una residencia. Hemos de ir a verle.
Jordi tiene la misma ropa y las mismas moscas de la semana pasada. Hoy hemos hablado del Barça. Es culé y el domingo había ganado 4-1 al Levante. Estaba contento. Nos dice que el martes que viene ha de ir al médico para que le digan qué día le van a operar. Le animamos a que, si no nos vemos, nos llame para poder ir a verlo. Nos dice que sí… Ya veremos.
Raul sigue en la calle. Durante este verano estuvo en otros albergues, pero de todos se va. No es sencillo el asunto y la verdad es que a Puri y a mí nos preocupa y no nos acabamos de encontrar a gusto. Por un lado nos da la sensación de que Raul es débil, que no es capaz de tomar decisiones. Entonces sentimos como una cierta debilidad hacia él. Pero por otro lado compruebas que no da pasos, que siempre está pidiendo (no es normal que las personas con las que nos relacionamos nos pidan: saben que nosotros no les vamos a dar limosna); pero Raul suele pedirnos. Y cuando le dices que baje por Riereta, para que le conozcan y pueda ducharse… él «pasa», no va. Además hay otro tema que nos preocupa: los demás compañeros que se sientan con él en el mismo banco. Observas detalles de que pasan de él: Si alguien da tabaco, dan a todos menos a él; si hay cerveza, nunca hay para él… Le dejan de lado.
Hemos vuelto al parque. Y hemos visto a la persona que el martes pasado pensamos que podía ser José. Estaba aparentemente limpio. Con bolso, gorra y mochila. Remueve dentro de las papeleras y se come lo que de comida encuentra en ellas. Habla con los de un bar que hay allí cerca y mira cómo juegan al dominó. Puri y yo no tenemos duda de que aquel hombre, si no es el José del que nos habían hablado, es algún otro José o Antonio o… que vive en la calle. Hay un problema: no sabemos cómo abordarlo. Es complicado el primer encuentro. Además no se está quieto y así es difícil entablar una conversación. Optamos por dejarlo para otro día ¡Y ya van tres!
PACOPaco sigue en el Hospital. Puri el lunes le fue a visitar. Está mejor. Se le entiende algo más al hablar y controla: Sabe que hemos estado y me recuerda a mí y a Miquel y a otros de Arrels que han ido a visitarle. De su hermano, pasa, pero también ha ido a verle y nos consta que está preocupado.
Hace años, Paco vivía en su casa, con su cuñada y sus sobrinos; pero llegó un momento en que se hizo insoportable compaginar convivencias. Paco se tuvo que ir con sus bolsas y su vino. Se buscó un rincón en la calle donde vivir y allí fue donde Puri y yo le conocimos.
Ahora Paco cuenta con nosotros: «¡Sois lo único que tengo…!», le dijo a Puri -¡¡¡es desde Mayo que le conocemos…!!!-. Y confía en que le busquemos algún lugar en donde pueda recuperarse. Miquel ya lo está haciendo. Por lo pronto «un punto» para la Administración: Paco continúa en el Hospital, aunque se le ha dado de alta de la enfermedad y por lo tanto ya no es responsabilidad de los servicios sanitarios y ha pasado a ser un problema para los servicios sociales. No siempre esta coordinación existe. Nos congratulamos por Paco que, al menos, no tiene que pasar ninguna noche en la calle mientras se le asigna una residencia…¡que no hubiese sido la primera vez que esto sucede…!
Por lo de más…, hemos estado en su rincón, estaba vacío. Un día alguien avisó a los servicios de limpieza y desmontaron el castillo: carros, mantas, bolsas…, suciedad…, aunque aún quedaban manchas. Algunos días antes había pasado su hermano para recoger los documentos y las cosas más personales; pero alguien se le debió adelantar, pues no encontró ni documento de identidad, ni tarjeta sanitaria, ni cartilla de ahorro.
Puri y yo miramos el sitio con una cierta nostalgia: Habíamos conocido a una persona que, aun y tirada en la calle, conservaba una dignidad que el hospital le había robado…
Sigue en su banco «durmiendo» uno o varios de esos períodicos que te dan sin tú pedirlos. La ropa necesita un cambio, las moscas que pululan por su alrededor así lo delatan, pero a él no le importa. Le recordamos que si quiere puede pasar por Arrels: «Es un mal barrio. Ya sabes…, está lleno de moros…, el barrio chino…» En fín, paciencia… Si todas las cosas que tenemos fuesen por nuestros méritos… Este pensamiento es el que me consuela y el que me hace muchas veces morderme la lengua. Y es que no por ser pobre, se tiene la obligación de ser más bueno.
Hoy hemos vuelto al parque para indagar sobre José. Los indicios habían desaparecido: ni un colchón, ni una bolsa… Y un aspersor echando agua en donde el otro día habáimos visto los enseres. Mientras regresábamos, observamos a un hombre sentado en un banco, leyendo una novela (me imaginé que era de aquellas antiguas del Oeste, tipo Stefanía), con chandal y gorra con bisera azul y al lado una mochila de deporte. Áquel hombre podría ser José. Nos miró en el momento que pasábamos junto a él, pero no nos hizo mayor caso y siguió leyendo. Luego preguntamos en un quiosco-bar: la descripción podría coincidir, pero ya no volvimos. Todo tiene su tiempo y en estas cosas no hay que hacerse los pesados… Otro martes será. Pero parece que el círculo se está cerrando…
Todavía tengo en la mente la mirada de Paco fija en mí.
Puri se había acercado y le había hablado; pero su mirada no se apartaba de mí.
Aquel no era el Paco que habíamos conocido a finales de Mayo.
Entonces vivía en su castillo con sus tres carros como almenas.
Allí era el amo de sus dos metros cuadrados en donde dejaba caer todo su cuerpo, con todas sus mantas y todas sus bolsas y todos sus olores…
Allí mandaba su autoridad.
Con su barba blanca grande y espesa, él era, allí, en su rincón, el dueño de su vida, de sus sentimientos, de sus horas, de su tiempo…
Ahora no.
En la quinta planta del Hospital del Mar, atado a un sillón, medio caido, Paco se me apareció como un fantasma, perdido, suplicante: ¡Sacadme de aquí!
Hoy, por fín, hemos sabido del lugar en donde posiblemente duerma José. Hacía tiempo que alguien nos había dicho que un hombre, de entre 50-55 años, dormía desde hace años en un parque de la parte norte de Barcelona. Puri y yo habíamos ido varias veces, pero no encontrábamos ningún indicio. Hoy sí: Entre unos matorrales, al final del parque, muy escondidos, hemos visto un colchón, alguna manta, ropa, bolsas… Todo muy sucio. Pero del inquilino no hemos sabido nada.
Cerca de allí, sentado en un banco, descansaba un hombre con barba, no demasiado limpio y bastante derrotado ¿de la vida?… Le preguntamos si sabía de alguien que durmiese allí. Pero antes hemos hablado de su vida. ¡Tenía necesidad de hablar de su vida! ¡Tanta gente sola que necesita hablar de su vida…! Nos dice que va a cumplir 87 años, que le duelen las rodillas y se cansa, pero que todos los días camina por no quedarse en casa solo. Pero se cansa y le duelen las rodillas y tiene callos en los pies; pero, aún así, todos los días se va de su casa para andar y no estar solo.
Luego, después de haber hablado de su vida, nos dijo que no, que no conocía a nadie que durmiese allí. Aunque hay mucha gente que duerme en los parques. Pero él no se mete en sus vidas, porque «a esta gente les gusta vivir así. Y cuando, en invierno, los coge la Policía Urbana y se los lleva a algún albergue, ellos se van. Prefieren estar libres. Yo no me meto en sus vidas. Cada uno es como es…»
¡Adiós, señor!. Nos alegramos de haber podido hablar con usted un rato. ¡Cúidese de esas rodillas…!
Y me ha venido a la mente el Tío Vivo de la vida, nuestro caballito de cartón al que estamos agarrados y del que no queremos soltarnos por nada del mundo.
NUESTRO CABALLITO DE CARTÓN Sigue leyendo
¡Ya hemos vuelto!. Unas vacaciones tranquilas y llenas de naturaleza.
El martes retomamos la faena. Puri me puso al corriente, ella ya llevaba dos semanas de adelanto.
Berta no está. Es la protagonista de la historia «Dios también duerme la calle» . En todo Agosto no ha aparecido a recoger su comida, ni a echar las migajas a los gorriones. No sabemos nada de ella. Nos tememos lo peor. Me ha causado tristeza. No sé… la soledad es tan triste…, es tan absorvente… Te llena todo tu espacio, te inunda toda tu vida y no te da tiempo ni de avisar. Tenía nuestro teléfono…, sabía que contaba con nosotros… Ella contaba con Dios…
Está como siempre. Aunque con una brecha en la ceja izquierda: «Me emborraché y me golpeé con una esquina. Cuando vas bebido corre más la cabeza que los pies». Pero no fue al médico, ¿para qué?… «Llevo cuarenta años en la calle y he sobrevivido». ¡No vas a venir tú ahora a enseñarle lo que tiene que hacer…! (Otra vez en conflicto lo urgente con lo importante)
Era el tercer martes consecutivo que pásabamos por allí y volvía a estar en el mismo banco «durmiendo el periódico». Así que hoy nos hemos decidido. Me he acercado yo primero. He tosido para ver si no estaba muy dormido y me quería atender. Y me ha atendido. He buscado una excusa para entablar una conversación, si él quería. Y ha querido. Al cabo de un rato me he presentado y enseguida Puri también se ha acercado. Nos ha dicho su nombre, Jordi. Según nos cuenta lleva más de tres años en la calle. Lleva una bolsa de deportes y también tiene una muleta: Dice que está pendiente de que le operen de la cadera, pero no sabe aún cuando. De vez en cuando pasa por el hospital y le hacen filtraciones, pero ya lleva tantas que no le hacen nada. Para ser el primer día que hablamos con él, nos ha contado muchas cosas. Nosotros, por nuestra parte, le hemos comentado que somos de Arrels y un poco lo que hacemos. Nos hemos despedido, no sin antes pedirle permiso para saludarle otro día que nos veamos. Ha dicho que no tiene inconveniente. Calculo que Jordi no tendrá muchos más de 50 años.
Por lo demás no ha habido novedades a destacar. Aunque es posible que pronto tengamos que hablar de Pablo, un ex-sargento que ya se ha quedado sin una paga que tenía por un accidente laboral… Según nos dijo 52 años.