LA PENSIÓN DE GERARDO

Gerardo tenía hasta ahora una habitación y, puntualmente, cada mes, pagaba su alquiler.
Su contrato, no escrito, le daba derecho a casi todo: a usar la cocina, a estarse en el comedor, a la ducha y, ¿cómo no?, a acceder a los aseos.

Hasta hace unas semanas, todo marchaba conforme a lo previsto: Cada noche Gerardo se llegaba al piso, un bajo a pie de calle, abría la puerta del piso con la llave que le proporcionó la persona que cobra el alquiler  -que no por ello significa que sea el dueño- y accedía a su habitación a través de su puerta. Allí tenía su cama, su armario, su TV y… su ventana también.

Todos sabemos cómo es Gerardo cuando llega “su tiempo de beber”. Durante este tiempo, Gerardo está ebrio a todas horas, desde la mañana temprana hasta muy entrada la noche.

Y en una de esas noches, al volver a casa, se encontró con que su habitación se había reducido a la mitad.
A lo que era antes su estancia, le han puesto un tabique de madera, dividiendo en dos el espacio que antes tenía para él solo.
En este trozo, que ahora le dejaron, apenas le cabe la cama y unos montones de ropa dispersos por el suelo y, lo que es peor, no tiene puerta. El inquilino del otro lado del tabique de madera se ha quedado con la puerta y a él le han dejado la ventana que, a su vez, le sirve de puerta… directa a la calle. Porque la ventana es en realidad un escaparate sin cristal con una persiana metálica que se cierra con un candado sólo por fuera, desde la calle.
De este modo, a Gerardo le han cortado toda opción de acceder directamente al resto del piso. Ya no tiene ni posibilidad de cocina, ni de comedor, ni de ducha, ni de usar los aseos aunque le viniese de noche un “apretón”. Sólo la calle, por la ventana, con persiana metálica sin cierre desde el interior.

Gerardo se queja, aunque, sorprendentemente, justifica la situación:
“Claro, se comprende, ellos (se refiere a quienes le alquilaron la habitación) tienen que sacar dinero… ¡Pero yo no puedo seguir así! Tendré que buscarme otra cosa.”
Gerardo no se atreve a quejarse. Parece como si tuviese miedo; pero ¿a qué?

Y yo, ante tanta sinrazón, me siento impotente.

¡Cuánta miseria, Dios mío, entre tanta miseria!
¡Cuánta explotación, Dios, entre tanta explotación!

Enrique

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