Hoy escribe Gabriel (10)

¿Y MAÑANA, QUÉ?

Ya está el pescado vendido.
Vuelve a su casa con su bolsa, que puede contener a lo mejor comida, o vino o lo que para él le merece la pena.
Está casi seguro: Puede que haya llegado pronto allí, en donde ahora ha fijado su residencia, pues aún se oyen los ruidos de quien deposita las bolsas en contenedores y las luces de las oficinas están todavía abiertas.
Se sienta en su rincón, ajeno por completo, aunque consciente, de cuanto le rodea. En su idioma -porque cada uno de nosotros tenemos el nuestro- va maquinalmente pensando, quizás en voz alta, mientras se prepara la cama.
Cuando está bien, a su manera, coge la bolsa y revisa su contenido. Abre, si tiene o ha tenido suerte, el cartón de vino o come bebiendo. De espaldas, a veces ni quiere ver o quizás quiere ver que no le ven.
Se tiende y se abriga si hace frío. Y a su alcance, si lo tiene, enciende la radio. En su idioma, en su mundo espera que no haga frío o simplemente espera que venga el sueño. Mañana irá seguramente donde ha pensado. Eso, si no le da por levantarse y juntarse con quien, como él, habla su idioma, que «meigas ailas»…
La radio, mientras suena, queda en su oido. El se duerme. Mañana será otro día.

 Gabriel

¿Quién es Gabriel?

 

EL HÁBITO NO HACE AL MONJE

Mi posible TataruabueloMedio en broma, medio en serio

Os presento a mi posible tatarabuelo.
Dice la historia que nuestros antepasados tenían por buena costumbre el lavarse poco, pues –decían- la suciedad protegía el cuerpo de posibles enfermedades.

Muchas veces nuestra sociedad marca diferencias en función de las apariencias. Los unos nos sentimos más que los otros simplemente porque los unos guardamos unas mínimas normas de higiene y de salud y los otros no. A consecuencia de lo cual están sucios y huelen peor.

Y resulta que si echamos la mirada unos años hacia atrás y pensamos en personas -ahora gloriosas- de la época de mi tatarabuelo, ellas no se diferenciarían mucho en aspecto y en olor de cualquiera de esas otras personas tiradas hoy en cualquier rincón de nuestra ciudad.
Otra cosa es que el olor o el aspecto nos molesten. A mí, en concreto el olor, es a una de esas cosas a las que, aún ahora, no he podido acostumbrarme.
Pero de ahí a hacer una diferencia de valores amparándonos en lo que en definitiva son costumbres sociales y de higiene (también de salud), hay un trecho que no nos debemos permitir.
En definitiva, que, igual que el hábito no hace al monje, ni el olor ni la suciedad hacen a la persona. Así que quienes piensan que estas personas que están en situación de sin techo son menos personas, por el hecho de no lavarse, que se inventen otra excusa, que ésta no cuela: Es pura discriminación.
Y si no, que busquen una foto de su tatarabuelo y verán que no hay mucha diferencia con el mío. Y seguro que se trataba de un gran hombre… O no…

Hoy escribe Gabriel (9)

QUE PARE EL MUNDO QUE YO ME BAJO

Todo, desde que naces, es aprender. A andar quizás primero. Puede que después a hablar.
Entras -si en tu país hay- en la escuela y viene el «uno más uno que son dos» empezando y luego a que la «B» va después que la «A».
Pero no tan sólo eso: Comienzas a entrever que la vida, para muchos, no será tan de rosa por según qué situaciones ves.
Aún así, es también un aprendizaje que, en cierta forma, te dice cómo sobrevivir a esa edad. Lo que no te enseñan es a dominar esa inquietud, esa sensación de ver un pastel y querer comértelo de golpe.
Son esos años de adolescencia, hasta, quizás, los diecinueve, que te hacen sentirte el dueño y el centro del mundo. Y eso a algunos no nos lo enseñaron, aunque tampoco lo hubiéramos escuchado seguramente.
Todo estaba bien porque lo hacías tú. Algunos descubrían que robar era fácil, otros que consumir «chocolate» te hacía reir, o que la bebida te daba «el punto». Vivías deprisa. En mi caso, demasiado con respecto a unos, aunque no tanto como otros que en el camino se quedaron o fueron asiduos clientes de la cárcel.
Hasta que el cuerpo dijo basta y el ritmo decayó así como las ganas de seguir siendo actor secundario de esta comedia. Y deseas cada noche que sea la última vez que sales en el guión.
No buscas ni quieres lástima, aunque agradeces las palabras y la compañía de los que quieren entrar en un mundo que intentan comprender, pero del que afortunadamente están fuera.
Es el viejo dicho: «Que pare el mundo que yo me bajo».

 Gabriel

¿Quién es Gabriel?

Hoy escribe Gabriel (8)

EL VASO ESTA LLENO

Salí del local en donde se había celebrado el Carnaval con un espectáculo de magia y después música hasta el cierre y al llegar a la pensión, no sé por qué, recordé lo que me ocurrió hace siglos en Cádiz.

Había salido de una discoteca y me dirigía en autobús ya para el barco, cuando sentí delante mío cómo un hombre, con signos de haber bebido de más, se metía con una muchacha. Yo, todavía ahora no sé por qué, me dirigí a ella como si la conociese de siempre y ella me siguió el juego, logrando que el otro hombre desistiese de seguir hablando, teniendo quizás suerte de que no tuviese mala bebida.

Después la acompañé, pero eso ya es otra historia.

El recuerdo de esa escena me hace ver que ahora es a la inversa: Yo sería ese pesado y otra persona anónima sería la que instintivamente salvaría a la chica de la película.

Siento que esto sea así; pero si siguiese siendo yo mismo y retrocediendo en el tiempo, seguramente que no cambiaría casi ningún hecho que me ha conducido a mi situación actual. He sido un vaso que -¿quién sabe cuándo?- se colmó y me hizo ser adicto, cosa que lamento más porque ya soy mayor que por la adicción en sí. Significando con ello dos cargas que, al asumirlas, te coartan y te impiden ver más allá. Aun cuando si tuviese que aconsejar a alguien lo haría con casi las mismas palabras que me dirían a mí.

Gabriel

¿Quién es Gabriel?

LA ATRACCIÓN MISTERIOSA DE LA CALLE

calle.jpg

Porque se me hace muy difícil comprender,
lo que intento es aceptar.

Ya hace más de cuatro años que le vimos por primera vez pasear los alrededores de Sants.
Un año antes había dejado su pueblo a hurtadillas, sin decirlo a nadie. Y, al hacerlo, se escapó también de su madre, de sus dos hijos, de la separación, de los embargos, de las deudas…

Un buen día se cogió el coche y se llegó a la primera estación que encontró y en el primer tren que pasó se subió en él hasta que llegó a Sants. Y de las calles de Sants hizo su nueva casa, su nuevo hogar.

Dos años tardó en convencerse para pasar por Riereta, ducharse, buscar pensión para dormir y comedor para comer.

Y, mientras, nadie de su pueblo supo nada de él en meses. Denunciaron su desaparición; pero al final fue un amigo quien descubrió el coche abandonado en aquella estación de tren que había utilizado para venir a Sants.

Luego, al cabo de más meses, comenzó a llamar a su madre, a sus hijos…
Estaba bien, tenía trabajo –decía-, cuando en realidad la calle seguía siendo su casa. ¿Su trabajo?… buscar chatarra para sobrevivir, lo demás se lo daban las papeleras y los contenedores de basura.

Cuando vino a Riereta se le tramitó el PIRMI y comenzó a enviar dinero a su madre como si estuviese arrepentido de haberla dejado sola en medio de la nada… y con todos los problemas encima.

Un buen día decidió volver. Miedos, incertezas, deseos… Escogió Semana Santa, fiesta grande en su pueblo. Habría mucha movida y él tendría que dar pocas explicaciones.

Compró el billete y se fue.

Al regreso me confesaba que al volver a Sants para comprar los billetes, le vino el regusto de la calle, como una atracción que le empujara hacia aquello que tanto le había hecho sufrir.

“Porque la calle, Enrique, es dura y se pasa muy mal, pero al mismo tiempo me llamaba y estuve a punto de quedarme. ¿Por qué será?…”

¡Pues si tú no lo sabes…!

¡Y por qué no se callan!

Las últimas declaraciones de los obispos… ¡qué pena!. Nos hace sentirnos mal al resto de cristianos que no pensamos así. No, no veo la misericordia, ni la cercanía de este tipo de iglesia que nos ofrecen estos jerarcas a los excluidos. Al contrario, son repudiados, ofendidos, calumniados, echados por esta gente. Luego, sí, ofrecen su «caridad» y su «perdón»…

A mi modo de ver no son actitudes cristianas. Lo decía Herrera: «Estos obispos no son cristianos». Yo no lo digo, porque si estoy intentando no juzgar a las personas que están en la calle, también lo he de intentar con estos obispos y cardenales, aunque me cuesta mucho más ¡por Dios, que me cuesta!, porque ellos son el poder y quieren seguir siéndolo. Y el poder está más cerca del «césar» que del Dios de Jesús.

Lo siento es un comentario del que no me he podido/querido privar.

Hoy escribe Gabriel (7)

DRAGONES

¡Cuántos dragones sobrevuelan aún por estas tierras! y ¡qué pocos caballeros, con armadura y lanza en ristre, cabalgan por este pequeño planeta!

No es culpa de nadie y, a la vez, lo es de todos.

Si existiera alguna manera, que no fueran sueños, de invertir la forma de entender la vida que ahora llevamos, para que esos caballeros, diestros en la lucha, nos ayudaran a eliminar a esos dragones, con escamas de euros y de dólares, que escupen petróleo, aprenderíamos seguro, sin el temor de ese fuego que todo lo aniquila -amor, amistad, pueblos enteros-, entenderíamos, de la voz de esos caballeros, que casi todo puede cambiar.

Pero no nos engañemos que, si el caballero es el bien y el dragón es lo material, entre nosotros, los que nos quejamos con o sin razón, también anida el malo y el bueno tanto en el más bajo como en el que está más arriba.

Así, pues, ¿quién dará el grito de ayuda? ¿aquel que sólo mira para sí? ¿o todos aquellos que miran al frente para mejorar lo que hay detrás?

Porque leí un día: «SÓLO HAY MALOS PORQUE LOS BUENOS NO MIRAN».

Gabriel

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ALGO HA CAMBIADO

principito3.jpgHace días me pidieron que describiera, si la tuviera, aquella situación que marcó un antes y un después en mi experiencia de Arrels. En seguida me vino a la memoria un hecho que sin duda fue uno de los que he vivido que más me han impactado y que más me ayudó a descubrir lo que era Arrels. Y me gustó.

 

Independientemente de creencias, ¿os acordáis de la parábola de la oveja perdida del evangelio? ¿Aquella de que al pastor  no le preocupan las 99 que están bien, sino aquella que está “perdida”? ¡Cuando la encuentra, llama a sus amigos y los convoca a una fiesta para compartir su alegría!

 

Algo así es lo que creí ver en Arrels hace unos años. Aquella forma de hacer me cautivó y me marcó. A Arrels le preocupaba “la otra”, la más perdida, la menos encontrada y por eso a nadie se la daba por perdida y por eso se iba a la calle a encontrarla. Y, cuando se recuperaba, Arrels se alegraba por ella y convocaba a fiesta.
Lo aprendí entonces y me lo enseñó Arrels desde la acción. Y desde entonces ha sido ésta la forma con la que quiero ver a la persona y es la que intento transmitir en mi modo de trabajar como voluntario de Arrels.

 

Era allá al principio de año 2005. Ester y yo habíamos vivido una experiencia esperanzadora el día anterior, no exenta de una gran tensión:
Desde hacía algunos años, María, una mujer de más de 80 de edad, vivía y dormía en la calle (otro día pondré en el blog la historia completa). La veníamos visitando puntualmente todas las semanas, pero aquella tarde la vimos enferma y llamamos al 061. Contra viento y marea luchamos contra la burocracia de los principito9.jpgservicios de salud y sus dichosos protocolos de asistencia: Nadie se la quería llevar a un hospital. Ambulancias (vinieron dos, gracias a nuestra insistencia), guardias urbanos, moços…, María que no se dejaba llevar…, médicos que no estaban dispuestos a venir para llevársela…
Al final y después de más de cuatro horas de forcejeos de despachos y de teléfonos, la segunda ambulancia se llevó a María a un hospital. Luego, Arrels le gestionó una residencia de la Generalitat. Y, desde entonces, allí sigue. María no tuvo que volver a la calle.
Ester y yo de puros nervios nos abrazábamos.
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Martes, 22 de Enero de 2008

¿Verdad que el otro día dije que el éxito no estaba en la plaza vacía? ¿Verdad que lo dije?.
¡Qué respiro!. Así ahora no me tengo que desmentir!
Puri y yo volvimos a la plaza este martes. Sabíamos que Gerardo había dejado otra vez la pensión y había vuelto a la plaza «a solucionar sus cosas…» Queríamos verlo, charlar un rato con él y, de paso, saber si necesitaba algo.

Pero el «frustre» fue, cuando allí, en medio de la plaza, sentado en su banco de siempre, nos encontramos con Raul.
¡Sí, sí! El Raul al que se le gestionó un billete para irse a su país, como era su deseo.
¡Pues apenas ha durado mes y medio la alegría! ¡Vuelve a estar en España!
Estuvo con su padre y sus hermanos…
No puedo (no quiero) explicar lo que sentí en el primer momento de verle: ¡Fue muy fuerte! ¡Qué rabia! ¿Qué quiere hacer este hombre con su vida?…
Luego me fui calmando -¡qué remedio!- y con toda nuestra mejor voluntad nos acercamos a él y nos interesamos por él. Ninguna recriminación, aunque no lo entendiésemos y nos recomiese por dentro. De algo nos tiene que servir la teoría, aquello en lo que creemos profundamente: «Yo no soy salvador de nadie. Me limito a acompañar» y Raul también es dueño de sus actos a pesar de todo.
Luego nos contó:
Había pasado mes y medio en el hospital (prácticamente todo el tiempo desde que se fue). Los servicios de urgencia se lo habían encontrado en el suelo con un golpe en la cabeza (Raul, entre otras muy graves enfermedades, sufre de epilepsia desde los 15 años).
Cuando salió de allí, la trabajadora social que le atendió le aconsejó que volviera a España:
«Allí es donde tienes acreditado once años de cotización a la Seguridad Social y con las enfermedades que tú tienes, allí podrás conseguir alguna paga». Dice que le dijo.
Su padre le pagó el billete de vuelta. Y aquí está otra vez. Sentado en su banco y durmiendo en cualquier cajero que encuentra vacío. Lleva más de una semana y allí está, sentado, sin mover un dedo. De la estación de autobuses a la plaza… No ha visto ni a su hijo, ni se ha acercado a los servicios sociales del ayuntamiento. Ni siquiera a nosotros nos había dicho nada ¿por vergüenza?, no lo creo. Está ahí como siempre. Más gordo o más hinchado por la medicación que toma…
«Bueno, Raul, pásate esta tarde por Riereta para ducharte, si quieres». Aún le estamos esperando.
Me cuesta, nos cuesta. Es difícil encontrar signos positivos y esperanzadores. ¿Dónde estarán?.
No sé cómo acompañarle. Por un lado Raul puede parecer que sea un cara dura que quiere aprovecharse de la situación (¡qué pena de situación!). Pero no, no es capaz ni de eso. Aunque a veces resulte pedigüeño a pequeñas escalas (café, unas monedas…) que nosotros por definición, en nuestra forma de hacer calle, rechazamos. Es su pasividad y su inconformismo: Lo quiere todo, pero no lo busca y, cuando lo tiene, no lo sabe disfrutar.
Pero por otro lado lo ves indefenso, débil. Entre otras debilidades, está medicándose para cuatro enfermedades graves.
No sé. Me cuesta saber cómo ayudar a Raul sin paternalismos zafios.
Me subleva su actitud, pero me duele no verlo «bien».
¿Ves Gerardo?. El toma sus decisiones. Y cuando toca calle, toca calle. Pero «yo ya sé que vosotros estáis», nos dice. Y quieras que no, cada vez «estamos» más tiempo. Es su proceso, paso a paso.
Pero en Raul, no.
Seguiremos esperando, seguiremos confiando… ¿En qué?…

Para leer más sobre Raul

¿HOY? HOY TOCA ESCUCHAR

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– ¡Tengo que reorganizar mi vida!
Siempre he trabajado y mi vida volverá a ser cuando vuelva a trabajar.
Pero ahora bebo y el beber no es bueno.
Y es que cuando estás así, te peleas. Y si te pegan, tú no te vas a quedar quieto. Y si te buscan, claro, al final te encuentran y ya está liada.
Hay gente que no sabe llevar la bebida. Yo sí sé llevar la bebida, pero hay otros que no…

Cuando Puri y yo llegamos, Gerardo estaba dormido en un banco con la cabeza apoyada en el brazo de hierro que le hacía de almohada.
Antes, Raul, en un banco vecino, nos había contado que esa noche la habían pasado en vela, porque Gerardo, muy bebido, no paró de molestar desde el momento que entró en el cajero donde dormían.
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