¿Y MAÑANA, QUÉ?
Ya está el pescado vendido.
Vuelve a su casa con su bolsa, que puede contener a lo mejor comida, o vino o lo que para él le merece la pena.
Está casi seguro: Puede que haya llegado pronto allí, en donde ahora ha fijado su residencia, pues aún se oyen los ruidos de quien deposita las bolsas en contenedores y las luces de las oficinas están todavía abiertas.
Se sienta en su rincón, ajeno por completo, aunque consciente, de cuanto le rodea. En su idioma -porque cada uno de nosotros tenemos el nuestro- va maquinalmente pensando, quizás en voz alta, mientras se prepara la cama.
Cuando está bien, a su manera, coge la bolsa y revisa su contenido. Abre, si tiene o ha tenido suerte, el cartón de vino o come bebiendo. De espaldas, a veces ni quiere ver o quizás quiere ver que no le ven.
Se tiende y se abriga si hace frío. Y a su alcance, si lo tiene, enciende la radio. En su idioma, en su mundo espera que no haga frío o simplemente espera que venga el sueño. Mañana irá seguramente donde ha pensado. Eso, si no le da por levantarse y juntarse con quien, como él, habla su idioma, que «meigas ailas»…
La radio, mientras suena, queda en su oido. El se duerme. Mañana será otro día.
Gabriel




