LOS “BOCADILLOS” QUE NOS SIGUEN TIRANDO

Cuentan que Arrels comenzó su andadura a partir de un bocadillo que ‘un indigente’, ‘un mendigo de la calle’ lanzó con rabia sobre la espalda de la persona que se lo acababa de dar. La respuesta de esta persona no fue ni la de revolverse contra aquel ‘desgraciado’, ni la de echarle en cara su desagradecimiento, ni siquiera la de ‘lavarse las manos’: «Ya he hecho lo que tenía que hacer». Lo que aquella actitud agresiva provocó en aquella persona fue la de pensar: «Si este hombre no quiere el bocadillo, ¿qué será lo que querrá?» Y para dar respuesta a esta pregunta fue que nació ARRELS.

Desde aquel famoso bocadillo que dio razón de ser a Arrels, ¡cuántos otros «bocadillos» se nos siguen tirando a nuestras espaldas, esperando razones que den solución a sus vidas!

Nos tira su «bocadillo» Juan cuando, «jarto» de vino, se planta delante de ti y te dice cabreado:

    – ¿Qué, coño, miras tú? ¿Es que tengo monos en la cara? ¡Anda y déjame en paz!

O te lo tira José, que después de pasarse media vida en la calle, comiendo de lo que le daban y rebuscando en las papeleras aquella lata de coca cola a medio acabar, ahora, que está en la Llar, se encaraba el otro día con un voluntario gritando:

    – ¡Esta comida es una porquería! ¡No hacéis nada más que robarnos!

O Ángel, que había tardado cinco años en aceptar una pensión para dormir y, pasados unos meses, ya sin beber, se le ofreció un piso: Con sofá, TV, todo limpio, con derecho a cocina, recién pintado y alicatado. «Estarás divinamente».
Al día siguiente Ángel había dejado la pensión y nadie sabía dónde paraba.

¿Y Antonio?, ¿que había dejado de beber, que encontró trabajo, un buen trabajo, fijo, ¡más de 1200€! Y al cabo de tres meses vuelve a estar aquí, borracho perdido y culpando al dueño de que no sabe nada del oficio y que por eso se ha ido….?

¿Y Pedro?, ¿que sin venir a cuento, tiró la cafetera por la ventana…?

O aquel que un buen día roció con café con leche las paredes de toda la escalera de la Llar recién estrenada.

O el Vicente que cuando se cambia de ropa parece que esté en el Corte Inglés comprándola: Ninguna le cuadra, todas le están mal, se enfada, exige, grita, insulta… y, al final, se va con lo que traía puesto, dando un golpe de puerta.

O el otro Antonio que siempre se mosquea, porque «todo el mundo se cuela» y ha tenido que esperar esa tarde ¡media hora! para entrar en las duchas:

    – Sois todos unos ineptos y sólo sabéis que sacarnos los cuartos»…

¿Y Josep?, que le han echado del piso y no acepta nada de lo que se le ofrece, porque él ahora lo que quiere es una pensión que es lo único que en este momento no le podemos ofrecer…

Y tantos otros que nos encontramos en las calles y que renuncian a todo lo que signifique albergue o centro en donde dormir.

Los «bocadillos», cuando te los tiran, hacen daño y, a veces, te revuelves:
«¿Qué se habrán creído? Están toda su vida tirados en la calle, les acercas el pan a la boca y ¡encima te muerden…!»

Pero todos son los mismos «bocadillos» que aquel primero que motivó la pregunta de Arrels:

«¿Si no es el bocadillo, qué será lo que necesita?»

Y es esa la pregunta que constantemente me cuestiona.
La tentación de que ya hemos dado soluciones y que ahora es a ellos a los que les toca responder, acosa permanentemente. Y, sin darte cuenta, convertimos nuestra relación, que es la que les ha de dar razones para cambiar,  en un trapicheo de derechos y deberes, de ofensas y ofendidos, de culpables y benefactores.
Pero en realidad sólo se trata de «bocadillos» que nos siguen tirando y que nos deben remover por dentro. Porque detrás de cada «bocadillo» lanzado, está la rabia de una vida rota que no saben/sabemos recomponer.

Enrique Richard

BUENO, PUES DEJARÉ EL PINO

En esto de la exclusión, los milagros existen.
Conforme pasa el tiempo y te mezclas más en este mundo, podrías pensar, como que tienes más experiencia, que ya lo sabes todo, que dominas la situación… ¡Mentira!
De lo que te das cuenta es de que cada vez entiendes menos y que todavía hay reacciones que te sorprenden.
Pero ¡benditas sean las que, como hoy, han hecho que Jordi coma y duerma bajo techado!
¿Por cuánto tiempo? ¿Quién sabe? Pero como siempre digo: en esto de la exclusión hay que alegrarse por el presente, porque el futuro difícilmente podrá ser peor que su pasado.

Para Jordi aquel pino era algo más que un adorno ecológico en medio del parque.
No era sólo la sombra reparadora en los días calurosos del verano, ni el paraguas protector de cuando llueve.
Aquel pino colocado en medio de los jardines de la Sagrada Familia, era para Jordi su casa. Sus ramas amparaban desde hace tiempo todas sus pertenencias: Un colchón («y si llueve y se moja, no hay problema, le doy la vuelta»), unas mantas, unas bolsas de plástico llenas y poco más.
De vez en cuando los servicios de limpieza retiran todo y dejan el pino de Jordi limpio y vacío.
Y vuelta a empezar.

Hoy le hemos visto con la ropa mojada; todo él hecho una sopa.
«Nada, los aspersores que me han despertado y me han puesto así…»
Los artilugios de riego que se usan para que nuestros jardines estén bonitos y sean las delicias de nuestros turistas, se disparan automáticamente sin tener en cuenta lo que riegan. Su ‘chup-chup’ mecánico rocían el suelo, la hierba, las hojas… y también el colchón y las bolsas… y al Jordi -¡pobre!- que allí ose estar durmiendo.

Un día, de esto hace ahora algo más de un año, vimos a Jordi por primera vez. Llevaba el ojo izquierdo tapado. Había ido de urgencias al hospital: Esa noche había hecho viento y su pino dejó caer sus agujas y una de ellas, al caer, le atravesó el ojo. No hubo nada que hacer. Desde entonces que Jordi quedó tuerto. Pero él siguió durmiendo allí con la tranquilidad del que lo ha perdido todo y la fatalidad del que ya nada puede ser peor.

Como tantas otras historias que te van descubriendo, hubo un tiempo en que Jordi vivía en un piso con su padre. El padre murió y él aguantó en el piso hasta que, no sabemos muy bien por qué, un buen día se quedó en la calle. Él dice que tiene esposa y dos hijas en Jaén. Que le van a dar trabajo para irse allí; pero aún ha de encontrar las oficinas que, según él, las han cambiado de lugar…

Jordi tiene sesenta años.
Y según nos ha contado en otras ocasiones, ha trabajado de todo, pero ahora no tiene de nada.
Hoy nos ha recibido, como casi siempre, con una sonrisa.
No sabe bien bien quienes somos, ni cómo nos llamamos. Se olvida de todo. Nunca ha aceptado venir por el Centre Obert; pero hoy sí, sorprendentemente hoy sí.
Estaba chorreando, con frío y le hemos dicho -como otras veces lo hemos hecho- ¿quieres venirte a cambiarte de ropa? Y así, sin más, en silencio se ha puesto en pie, ha recogido su ‘platillo’, se ha guardado las monedas que tenía de ‘gancho’ y nos ha dicho «Vamos».
Así, sin más. Y nosotros que no nos lo acabábamos de creer. ¡Ha aceptado! ¡Ha dicho que sí! ¿Y por qué precisamente hoy…?
¡Pues, vamos!
Hemos cogido el Metro y nos hemos presentado en Riereta.
Se ha duchado, se ha cambiado de ropa y le he recortado la barba, gris, larga, vieja. El pelo no, ni tocarlo todavía… Tanto tiempo…, que todo él es una ‘ras-ta’.
Mientras veníamos en el Metro y hablábamos amigablemente los tres, nos sentíamos observados por decenas de miradas que, sin pudor, nos interrogaban.
Luego Puri y yo hemos comentado sobre lo que nosotros llamamos ‘el efecto insecticida’: Todos te hacen sitio y poco a poco te ves aislado del resto de la gente que te mira como si fueses un apestado.
En el camino aprovechamos para proponerle también dormir en pensión y comer caliente hasta que él quiera. Al menos hasta que encuentre aquel trabajo del que siempre nos habla y que le van a dar en aquella oficina que aún tiene que encontrar.
El milagro continuaba: Jordi aceptaba nuestra nueva propuesta.
Sin duda, al recoger las monedas, Jordi hoy, precisamente hoy, había tomado una decisión que probablemente cambie su vida.
Y él es consciente de ello: «Bueno, pues dejaré el pino», nos dijo.
Y así, después de un año de relación, Jordi rompía con su pasado y se fiaba de nosotros: de Puri, de mí, de Miquel, de Marta, de Arrels…
¿No es un milagro?

Enrique

¿QUÉ ES LO QUE PUEDO HACER YO?

No. Los consejos pocas veces sirven. ¿Quién es nadie para dar consejos?
Uno, en todo caso, puede abrir su experiencia a los demás y, sin juzgar nada, ¡que cada cuál aguante su vela!
¿Mi experiencia?: Un grano de arena en una inmensa playa.

Las situaciones de exclusión, de mal vivir, me sobrepasan, están más allá de lo que yo puedo abarcar y de entender y de dar soluciones. Pero tampoco quiero pasar por la vida haciendo de lo que me rodea algo que no me afecta a mí personalmente.

Intento no culpabilizar a ninguno y menos al que padece la injusticia y tiene sus derechos enajenados.

Si he de echar la culpa a alguien, es a la sociedad y como que en ella estoy, por mucho que la critique, no dejo de ser uno de sus afortunados beneficiarios. Por lo que, en este sentido, ayudo a su sostenibilidad y no puedo excluirme de ser otro más de entre los culpables de que esta sociedad sea lo que es.

Aunque la encuentro injusta.

¿Cómo va a ser justo un sistema en donde hay ricos que lo son tanto que da vergüenza que lo sean?

¿Cómo va ser justo un sistema en donde si tienes más, más vas a poder tener y, si tienes menos, tienes todas las posibilidades de quedarte sin nada?

Ante este panorama, ¿mi postura?; ¿lo que siempre empiezo y siempre luego tengo que volver a intentar?:

    – Procurar no agobiarme ante tanto que habría que cambiar, pero que hay que cambiar.
    – Ser feliz, intentando hacer feliz al que está cerca de mí.
    – Luchar por intentar ser consecuente y ser crítico con un sistema que siempre busca «venderme la moto»
    – Denunciar y exigir los derechos de aquellos que no los tienen, aunque con ello se vean mermadas algunas/muchas de mis prebendas.

Y con este bagaje me acerco al que está en la calle. Intentando no proyectarle mis agobios y buscar entre los dos ser un poco más felices -los dos-

Ya sé; no dí solución a nada.

Enrique

COMENCÉ A BEBER POR MIEDO A LA NOCHE

Hacía tan sólo dos días que Fermín estaba viniendo por el «Centre Obert».
Seguramente que uno de los equipos de calle de Arrels, después de un largo proceso…, de mucha relación…, de ganarse la confianza… de esperar…, había conseguido que Fermín se fiase…
Y allí estaba…
Enseguida le vi. Era la primera vez que coincidíamos en Riereta.
Me llamó la atención su mirada. Era una mirada triste, oscura, distante.
Una mirada que no quiere ver.
Quise hablar con él. Recibirle cordialmente. Que se encontrase a gusto. Que no se perdiese entre tanto desconocido. Que notase que alguien estaba ahí y que se había dado cuenta de su presencia. Que no pasaba desapercibido.
(A mí me gusta que alguien esté por mí cuando entro por primera vez en un lugar extraño).
Me senté junto a él y me presenté.
No sabía nada de él.
(Tampoco él sabía nada de mí…)
Me dijo su nombre: Fermín.
Nos callamos.
A mí me cuesta mucho llevar una conversación. Soy más bien parco en palabras. Y tampoco me gusta ir por ahí contando mi vida al primer desconocido que se me viene encima.
A Fermín le debió pasar lo mismo.
Y por eso, seguramente, que en ese día no hablamos mucho más.
Nos mantuvimos sentados callados.

Al jueves siguiente le volví a ver.
Me alegré.
Eso quería decir que seguía durmiendo en una pensión y que seguía decidido a dejar la calle.
No estaba mal. En estas cosas hay que alegrarse por el hoy. Porque mañana tal vez haya que volver a empezar…
Y con estas ganas, me acerqué a Fermín. Le saludé afectuosamente, llamándole por su nombre…
(A mí me gusta que me llamen por mi nombre).
Fermín me dio la mano y me sonrió… con la mirada triste…
El no había olvidado mi cara. Mi nombre seguramente que sí.
– ¿Te acuerdas, Fermín? Soy Enrique… Nos vimos el jueves pasado…
– Me recuerdo, contestó.
– Sigues viniendo…
Nos sentamos.
Ese día hablamos un poco más: del tiempo, del frío, del calor…
Nos acostumbramos, al menos yo, a que cada jueves echásemos nuestra «xerradeta». Y poco a poco, ambos, nos fuimos ganando la confianza del otro: Del silencio y del escuchar, fuimos pasando al preguntar, sin demasiadas pretensiones.

Un día, hablando de dentaduras -él la tenía muy mal- y de dentistas, Fermín me confesaba:
– Enrique, yo comencé a beber por miedo a la noche… 
Me impresionó… y callé…
Resulta que, una noche, unos jóvenes se acercaron al banco donde Fermín dormía. Y, sin mediar palabra, le apalearon… Sin más…
Le destrozaron el cuerpo y la boca. Luego fue a los servicios de urgencias.
Le arreglaron el cuerpo; pero la boca ni se la tocaron.
Desde entonces es que cogió miedo a la noche… (También es que le destrozaron el alma).

Conforme pasa el tiempo, a Fermín se le va cambiando la mirada. No ha perdido su pizca de tristeza que vagabundea Dios sabe por dónde. Pero él se va sintiendo cada vez mejor. Y lo dice:
– He empezado a dejar de beber.
Y lo comenta con orgullo, o al menos yo lo quiero interpretar así.
Lo dice con la satisfacción de quien está recuperando algo que tenía perdido.
Me alegro con él:
– Fermín, ¿te encuentras bien?…
– ¡Cada vez mejor!…
Me alegro por él.
Quizá, pienso, está redescubriendo su vida…
No sé su historia. Ni me importa: Tampoco él sabe la mía y no creo que le moleste demasiado…
Lo que sí sé es que Fermín no bebe…
Entre otras cosas, porque Fermín ya no tiene miedo a la noche…
Con el tiempo, a lo mejor, dejará de tener miedo a la vida…
Pero esa será otra historia del mañana.
Y yo, hoy, todavía, estoy saboreando el presente…

Enrique

Entre el éxito y el fracaso

El éxito

Normalmente nuestra medida del éxito comienza cuando se consigue que, el hasta ahora excluido, se adapte a estar en un lugar digno, bien cuidado, bien limpio, bien comido y bien bebido. Y a partir de ahí lanzarlo y auparlo hacia mayores logros de autonomía.

Y es verdad. Todos nos ponemos contentos cuando esto se consigue.
Evaluamos como éxito el hecho de que la persona llegue a la cota que para nosotros significa el mínimo de dignidad.
Es este mínimo el que creemos -¡y exigimos! con razón- que todo el mundo tiene derecho a disfrutar sin que por ello se le deba de pedir nada a cambio, del mismo modo que no pedimos certificado de buena conducta a nadie (bueno, sí, para los inmigrantes ya falta menos…) para hospitalizar o para darle escuela.
Pero se llegue o no se llegue a esta situación, en el camino se viven otros éxitos que van más allá de la apariencia externa en que se encuentre la persona y que normalmente quedan escondidos en su intimidad.

Os contaré:

Cuando hago calle, me siento bien y disfruto.
Y disfruto y me siento bien, porque veo pequeños, minúsculos, si queréis, éxitos en la gente a la que acompaño, aunque en ese momento aquella persona no quiera saber nada de todo aquello que pueda significar ni seguridad ni bienestar conforme nosotros lo entendemos. Pero sin embargo sí se manifiestan ciertos signos que abren a la esperanza.

Y así resulta que:

    Juan José, que en un tiempo primero no nos dirigía la palabra, llegó un día en que se levantó de su banco y con una sonrisa de niño travieso nos vino a recibir con la mano tendida.

    O Alfredo que, cuando le echaron del puente, al verme me dijo: «Enrique, tú eres para mí lo «más»…»

    O Cristóbal: «Me fío de vosotros y cuando os necesite, os llamaré.

    O cuando Antonio nos decía: «Porque yo no soy un perro, soy una persona y vosotros me tratáis bien».

El éxito o el fracaso están en el interior de la persona y en cómo cada uno de nosotros resolvemos nuestros conflictos internos.

Por eso yo en la calle me siento bien cuando percibo que el otro gana en dignidad.
El éxito lo vivo en la ilusión del encuentro:
Cuando ves a Andrés y a Josep, inseparables, unos «cachondos mentales» (dicho con todo mi cariño), que no quieren nada, pero que saben, y te lo dicen, que Arrels les espera para cuando ellos quieran.
No. El éxito no está cuando nosotros quedamos tranquilos y nuestras conciencias se sienten bien (y vuelvo a repetir ¡qué gozada verlos así!).
Nuestro baremo no debería estar puesto ahí, sino en cómo él se siente y si nuestro encuentro es para él una experiencia de esperanza, de seguridad, de cariño, de «empenta» para seguir luchando y, sobretodo, si es para descubrir «razones» para volver a vivir.
Y eso se da o no se da estando limpio o sucio, bebido o sobrio, durmiendo en la calle o en una habitación de un hotel de cinco estrellas.
Con facilidad caemos en la tentación de «materializar» el éxito o, mejor dicho, convertir en éxito aquello que es material:
–  ¿Has visto qué bien se casó fulanita? Se casó con un alto ejecutivo de una importante empresa.
Pero nos callamos si con quien se casó:
– Es una buena persona, aunque es «un muerto de hambre»
Y, si lo decimos, es para consolar a quien ya se casó con «el muerto de hambre» que quizá sea una buena persona.
Esta sociedad nos arrastra y caemos de cuatro patas.
Y sigo diciendo que los derechos son los derechos y que todo el mundo tiene derecho a vivir dignamente. Y nosotros, todos, tenemos el deber de proporcionar los medios que nos permitan a todos vivir con dignidad.
Pero definir lo que son éxitos o fracasos en la vida de las personas, es otra cosa o debería de ser otra cosa.
Porque una cosa es vivir dignamente y otra muy distinta es considerar que la persona es más o menos digna en función del status en que se encuentre.
Luego vendrá, si viene, el bien comer y el bien dormir, aunque la lucha por el bien vivir continuará siempre.

Enrique

María y Juan: Mare i fill

"el caso es que yo sí creo que Dios le quiere. Porque mi Dios no está tranquilo en la desigualdad."

En Abril del 2004 escribí el relato de una madre y de un hijo que, entonces, vivían en la calle.
La primera vez que Ester y yo vimos a esta mujer, María, fue en Enero de aquel año. 
Una semana después conocimos a su hijo, Juan, que ya nunca se separaría de su lado.
Desde entonces han pasado muchas cosas.
En Octubre de aquel mismo año accedieron a venir por Arrels y, desde ese momento, Arrels ha ido apoyando y reforzando la acción de la Fundació Tomás i Canet, que ejercía la tutela de María, y se les buscó pensión, a los dos.
Luego, durante más de un año, ella estuvo en un centro de salud mental y él, todos los días, sin falta, la visitaba. 
Allí comían juntos y vivían juntos. Hasta que, llegada la noche, Juan volvía a su pensión, a dormir.
Una vez por semana Juan se pasaba por Arrels para ducharse y, a veces, «si le daba tiempo», echar una partida de ajedrez.
Hace unos meses, no sé si con alta médica o sin ella, María se marchó del centro de salud mental.
Juan dejó la pensión y, juntos, se fueron a visitar a sus vírgenes… 
Hace poco regresaron.

Hoy, ahora, vengo de enterrar a María.
De repente se complicaron las cosas y el lunes Juan nos llamaba para decirnos que su madre había muerto.
Unos días antes la había ingresado en el hospital por problemas respiratorios.
Pero él, después de comunicarnos la noticia, se dió de baja de la pensión y se fue ¿quién sabe a dónde…?
Hoy no estaba en el cementerio.
Han venido sus tìas, sus primos, …, sus otros hermanos…; pero él, que era el único que siempre la había acompañado, no estaba para despedirse.
Me preocupa, nos preocupa. Él siempre había dependido de su madre. Sin ella ¿qué hará ahora…?
Le buscaremos. Y cuando le encontremos, allí estaremos, otra vez a su lado, para acompañarle en su duelo…, si nos deja…, ¡ojalá nos deje…!

En recuerdo de esta mujer, que tanto ha debido de sufrir en la vida, os invito a que volváis a leer lo que en Abril del 2004 escribía: Hasta que el cuerpo aguante.
Por lo demás, confío plenamente en que el Dios, en el que ella también creía, ya la ha acogido para su descanso.

 

VACACIONES LA RUCA 2008

La diferencia entre llevar de vacaciones a 56 personas en situación de calle y las que se han hecho en la Ruca, es que en la Ruca hemos estado de vacaciones:

Antonia, María, Salvador, Miquel, Antonia, Jose, Joan, Manuel, Ignasi, Anna, Núria, Josep, Ana Mª, Luisa, Puri, Pere,  Cristina, Mariona, Miquel, Jacqueline, Enrique, Eleuterio, Enrique, Lorenzo, Gabriel, Toni, Sergio, Miquel, José, Francisco, Jaume, Francisco, Mesrop, Jose, Pere, Juan, Anna, Marta, Joana, Sonia, Pere, Jaume, Imma, José Mª, Esther, Bob, Josefina, Ramona, Stere, Pedro, Juan Carlos, Emilio, Enric, Doménech, Joaquín, Juan, Rafael, Angel, Rafa, Antonio, Juan, Miquel, Alfredo, Joan Lluis, Pedro, Arturo, Andreu, Angel, Enrique, Genaro, Josep, Juan Antonio, José, Josep Mª, Anna, Bea.

Detrás de cada una de las 76 personas no sólo hay un nombre, sino un rostro concreto. Una vida que está llena de algunos éxitos y de muchos fracasos que hemos compartido.
Y es a partir de ahí, a partir de conocernos, que sus carencias -carencias que todos llevamos sobre nuestras espaldas- las comprendo mejor y me cuesta menos aceptarlas. 

¿Dificultades? ¡Claro! ¿Y quién no las tiene en la convivencia entre personas?

¿Problemas? Algunos hubo. Normal, cuando estamos hablando de vidas machacadas.

Pero los problemas son menos y las dificultades más llevaderas cuando conoces, cuando te sientes cercano.

¡Y aprendes! ¡Y te emocionas!:
¡Ver vidas tan rotas que aún son capaces de reir y de luchar…!
¡Y que tú sabes -te imaginas- cuánto les cuesta salir…!
Pero que ves que ellos lo intentan una y otra y otra y otra vez…
Tantas como tú estés dispuesto a estar a su lado…
¡Y te sientes tan a su lado allí….!

Y es por eso que me he sentido feliz al ver feliz a Josefina.
Nunca la había visto tan locuaz.
Tiene ya los setenta cumplidos y muchos años de vivir en la calle.
Como una niña quinceañera, tuvo humor y cercanía para gastarme una broma:
¡Me quitó por sorpresa la gorra que llevaba! y se alejó corriendo a pasitos cortos con su bastón que le aguanta el equilibrio, exhibiendo una risa cómplice que a mí me cautivó.
Al día siguiente Josefina se atrevió por primera vez en su vida a bañarse en la piscina.
Por la tarde repitió ilusionada.

Cuando el domingo nos despedíamos, aún no sabía si José Mª esa noche volvería a dormir en la calle o pediría dormir en pensión.
Hace unas semanas, desde la calle, solicitó una plaza para venir de vacaciones.
Y vino. El martes, 17, a las nueve en punto, allí estaba como los demás.
Sólo que él esa noche venía de dormir en cualquier banco, cubierto con cartones.
Fue genial la última noche, cuando, en la última fiesta, se arrancaba con Bea por «sevillanas».

Y he vuelto a comprobar lo duro que debe de ser dejar de beber cuando tu cuerpo te lo pide y tu alma no tiene razones para impedirlo: Las noches de insomnio, los nervios, los ataques…
Pero, aún y así, las ganas de vivir, de reir, de participar, de ser alguien… aún y a pesar del vino…

Algo «importante», más allá de lo «urgente», se remueve en las personas cuando se crea una convivencia de igualdad, de participación y de respeto que les hace sentir que son alguien capaces de reir, de vivir, de transformar…

Enrique Richard

LUIS HA VUELTO A LA CALLE

«Porque la calle, Enrique, es dura y se pasa muy mal;  pero al mismo tiempo me llamaba y estuve a punto de quedarme. ¿Por qué será?…»

Esto era lo que Luis me contaba hace ahora un año.
Hoy, Luis, no ha aguantado y al final se ha dejado llevar por la llamada de la calle.

Me  lo dijo el martes Ester:

– Luis ha llamado y ha dicho que ha dejado la pensión y que ya está en la calle.

Quienes conocemos a Luis, temíamos que entraba en lo probable el que esto pudiera ocurrir. Pero, ahora, el hecho no dejaba de ser una mala noticia.

Era a mediados del 2004 que Luis decidió dejar los alrededores de Sants.
Ester, yo y, sobretodo, Marisol habíamos tenido bastante que ver en ese proceso que ya venía de otro año más de seguimiento en la calle.
Y, desde entonces, Luis tenía su PIRMI, había intentado algún trabajo -con poco éxito, por cierto- y dormía en pensión.

Pero los procesos no son cuentos de hadas. Los hay que terminan mal. O, mejor dicho, terminan no de la manera que a ti te gustaría que terminasen.
Y por mucho que te pongas corazas, en este juego de las relaciones humanas o te implicas o el tema como que suena a falso. Es lo que hay.
Por eso me sabe a fracaso el que Luis ya no esté en la pensión y que se haya interrumpido un proceso en el que yo tenía puestas mis esperanzas, soñando que Luis podría crecer en autonomía hiciese falta el tiempo que hiciese falta, pero sin marchas atrás. Las marchas atrás duelen, aunque quieras hacerte el fuerte.

Ya sé. Yo mismo lo he dicho muchas veces: Hay que estar, sin prisas, sólo estar, sólo acompañar…, es él quien nos ha de marcar los pasos a dar. Pero, cuando ocurre… y el proceso se rompe… te lo sientes. Y pienso que hasta es bueno que me lo sienta.
Pero por encima del sentimiento, por encima de lo que yo pueda sentir, debe de prevalecer la voluntad del otro, de lo que el otro tenga decidido. Y ahora toca seguir esperando… y seguir estando… cerca…, para cuando él decida ir más allá…
Y, entre tanto, en esta espera, también sería bueno preguntarnos si no nos habremos equivocado en algo. Sin violentarnos ni flagelarnos; pero pensando que tampoco nosotros somos perfectos: Revisemos.
El que se haya ido no debe angustiarnos, pero tampoco nos debe dejar impasibles. Como si nos diera lo mismo que hoy Luis esté en una pensión y mañana esté tirado entre cartones: ¡Se trata de Luis! (del mismo modo que cuando se trata de Pedro o de José o de cualquier otra de las personas de las que vamos conociendo en Arrels: Como personas, ¡somos únicas!).

El martes anterior había estado en el Centre Obert y habíamos jugado una partida de ajedrez. Hablamos, pero no le noté nada que delatara de su futura decisión. Incluso habíamos quedado para tomarnos un café el martes siguiente. Lo hacíamos con cierta frecuencia. Pero se le debió olvidar. O a lo mejor llamó a Ester precisamente para que no le esperase… ¡Vaya usted a saber…!  (¡Já! ¡Y yo que me lo crea…!)

Ahora no sé donde está. Espero que venga por Riereta de vez en cuando. Al menos para ducharse. Aprovecharía para hablar con él y saber cómo se encuentra.
Mientras tanto, ahí estaremos, esperando… a lo que él decida.
Y, al mismo tiempo, ¡sin agobios!, dedicar un tiempo a preguntarnos: «¿Y qué será lo que necesita Luis?». Que no sea siempre culpabilizar al otro…

Enrique

 

ACOMPAÑAR, SÍ, PERO ¿HASTA CUÁNDO?

Los «casos» se abren y se cierran.
Y, cuando se cierran,
entran en las estadísticas de los éxitos y/o de los fracasos
 y entonces cuesta volverlos a abrir.
 En realidad ya no se abre,
es otro «caso», aunque la persona sea la misma.

Acompañar significa que creemos en la persona y en sus posibilidades de cambiar.
Y que en este cambio se realiza una doble transformación:
En nosotros que nos enseña a no esperar nada, pero a confiar todo de la otra persona.
Y en el otro que sabemos que es capaz de cambiar y de cambiarse.
Pero no lo hará a nuestra manera, ni a nuestras prisas, sino a la suya.
Y eso, a veces, nos asusta.
No tenemos tiempo para esperar, ni dinero para invertir en tiempo.
Es más fácil imponer. Es más fácil hacer de la persona «un caso»:
«Caso» cerrado, éxito contabilizado o fracaso archivado. Pasemos a otro.

Entonces ¿cómo, hasta cuándo acompañar?

Mi respuesta es simple:
Hasta que el otro lo necesite, mientras lo necesite y de la forma en que en cada momento lo necesite.

Seguramente -y lo es- que el modo de acompañar será cambiante en el tiempo y en la medida en que la persona vaya ganando en autonomía. Él nos debe marcar los pasos y nosotros debemos «empujar» para que sea capaz de darlos, ofreciéndole en cada situación los medios/recursos adecuados a sus posibilidades del momento en que se encuentre.

Mi manera de acompañar ha variado y sigue variando desde que ví por primera vez a Miguel en la Plaza Ibiza. Él mismo me ha ido pidiendo que cambie conforme él ha ido gestionando su propia vida. Y quizá llegue un día, porque creo en sus potencialidades, en que mi acompañamiento será casi innecesario; pero estará y seguirá estando porque mi relación se ha hecho también, como no podía ser de otra manera, afectiva.

Me imagino y hasta puedo comprender que todo esto sea un dilema tremendo para el profesional:
Por un lado están «los casos» que, aunque sólo sea por rentabilidad social, han de tener un principio y un fin. Y por otro lado está la implicación afectiva que irremediablemente se establece en toda relación sincera.

Para los que somos padre/madre lo tenemos claro: Los hijos (ya no son «casos») «nos» acompañan hasta al final.
«Es diferente…!!!»
¡Y tanto, que es diferente…!. ¡Sólo el que es padre/madre sabe del dineral que le cuesta acompañar a su hijo…! Dineral de dinero, de tiempo, de dedicación, de cariño… y de poner los medios adecuados a sus posibilidades en cada momento.

Y eso, una Institución/Administración difícilmente se lo puede permitir.

Pero no puedo imaginar qué hubiera pasado con mis hijos, si en un momento dado de su proceso, después de haberle dado mi confianza, mi cariño…, le hubiese dicho: «Basta. Hasta aquí hemos llegado. Mi tiempo (mi tiempo, mi dinero, mi afectividad…) he de dárselo a otro. Tú ya tuviste bastante.»

«Pero… si tú me pediste toda mi confianza…
Cuando tú viniste a la calle a por mí, yo estaba bien así y no quería nada. Fuiste tú el que me llamaste.
Y ahora, cuando me he acostumbrado a ti, cuando te he hecho caso y necesito de tu afectividad, cuando te he dado mi confianza, cuando al fin me fío de alguien y necesito de alguien, ¿tú dices que te vas…; que soy un caso cerrado…? (¿?)».

Enrique Richard

 

CUANDO EL PUENTE QUEDA LIMPIO II

¡Estoy jodido!
¡Estoy tocado!
Lo dije el otro día: «El hacer calle, a veces, sólo a veces, se hace difícil»
Hoy ha vuelto a ser uno de esos días «difíciles». Y lo ha provocado otra vez la «Pensión Calatrava».
El motivo ha sido su desalojo. El segundo desalojo que Puri y yo vivimos desde que un día alguien, uno de sus inquilinos, nos invitó a entrar.
La Guardia Urbana les ha avisado de que el lunes próximo entrarán las máquinas. (Todo un detalle por parte de la urbana en avisar con antelación). Parece ser que se trata de un desalojo definitivo. Posiblemente «por obras de adecuación urbanística del entorno» o algo similar. 

A las personas allí alojadas nos las hemos encontrado preparando su marcha. Al vernos, desbocaron sobre Puri y sobre mí toda su rabia, toda su impotencia.
Se trata de un desalojo en toda regla; pero estos inquilinos no tienen «papeles» para reclamar derechos.
Sólo les queda que protestar y echar sobre nosotros toda su angustia. 

Nos utilizan. Puri y yo sabemos que en ese momento nos están utilizando y quieren manejar nuestros sentimientos. Pero es todo lo que les queda. Y con dardos envenenados nos hieren:
«No valen las palabras, ahora son los hechos».
«No se viene aquí para observarnos, necesitamos soluciones».
Y entre tanto F. nos enseña el lazo que ha colgado del puente y nos escenifica cómo se colgará de él por el cuello en el momento que le quieran echar de allí:
«Y así verán lo que ha pasado!» 

Y Puri y yo en medio, poniendo nuestra persona y nuestra comprensión como coraza. Pero sin poder ofrecer salidas. Entre otras razones, porque las salidas que podemos dar seguramente que son las mismas que ya les han ofrecido sus educadores de calle del SIS, que hacen bien su oficio, y que probablemente no las han querido:
«Prefiero dormir al raso que rodeado de gente que escupe, ronca, roba, se droga…»

Y yo, en el fondo, lo entiendo (¡o no lo entiendo! ¡Vaya usted a saber!). Pero sí sé que en estos albergues, aunque han mejorado en muchos aspectos, hay de todo menos intimidad. Pero es lo que hay. Los recursos que la Administración tiene para ofrecer a estas personas y a otras no tan similares, son dormitorios colectivos y temporales y, de vez en cuando, pensiones para unos meses; pero éste ya es un recurso excepcional y caro. Sin embargo, posiblemente, de entre los recursos que hay, la pensión es uno de los más adecuados en estos momentos primeros de salir de la calle. De hecho el Equip de Carrer de Arrels es el recurso que más hemos utilizado hasta ahora y, para algunos de los usuarios, viene a ser el definitivo. 

Y entre tanto guirigay, ¡te quedas tan solo entre ellos con sólo la relación…!
No. No quieren tus palabras. Eso está bien en otro momento.
Hoy quieren soluciones. Y tú sólo te tienes a tí.
Y te recome tu impotencia y la del otro.
Y sólo tienes palabras para asentir. Estás con ellos. Te duele su dolor.
Sabes, también, que te utilizan; pero tú sabes que, a pesar de ello, es injusta su situación y tú no tienes soluciones.
Y el lunes, para beneficio de nuestra sociedad, dejarán sin «vivienda» a unas veinte personas. Son «los daños colaterales» de todo progreso (de toda guerra de los unos contra los otros).
«Al fin y al cabo ¿qué más quieren?, ¡¿si les están ofreciendo un sitio dónde dormir y ellos no quieren utilizarlo…?!»
 
¡¿Y por qué no querrán…?!

(Y recordé la historia que se cuenta en Arrels de aquel que, «desagradecido», le tiró a la espalda el bocadillo que le acababa de dar: -¿Y qué es lo que querrá?. Fue lo que pensó entonces aquel hombre y lo que motivó que se crease Arrels, para intentar dar respuesta a la pregunta.)

Claro que, si todos los que duermen en la calle, de pronto cambiasen de opinión, no habrían recursos suficientes para alojarlos.
A lo mejor interesa mantener la situación y seguirles culpabilizando de que son ellos quienes quieren vivir entre mierda, en vez de estudiar y poner dinero en recursos adecuados, dignos y suficientes, dando respuesta a lo que ellos reclaman.
Después, los que quieran seguir en la calle, ya nos encargaremos nosotros de hacerles compañía hasta que decidan otra cosa. Porque todos los que estamos en esto sabemos que, eso de salir de la calle, es algo más complicado que la negativa a un albergue. Pero ¡a cuántos nos quitaríamos de en medio de la calle si los recursos fueran suficientes, dignos y adecuados…!

Sólo hay un «pero»: Que este primer recurso es seguramente el que cuesta más en dinero y, a su vez, es el que cuenta menos en éxitos y en «resultados». 

¿No soy objetivo?… Seguramente que hoy no, pero no digo mentira.

Enrique