El lunes salió mi nombre en los «papeles».
El martes anterior un periodista me estuvo intentando localizar durante toda la tarde. Al final y mientras regresaba a casa lo consiguió.
Cinco minutos. Fue una conversación de teléfono móvil de cinco minutos.
El periodista había hablado ya con expertos en el tema y había constatado que la gente que vive en la calle vive insegura: La roban, la pegan… y además nadie atiende sus denuncias cuando las hacen y si es que las hacen.
A mí me había llamado porque quería también participar de mi experiencia en este mundo de la exclusión.
Pero la noticia tenía que salir ya; no podía demorarse. (Como si la violencia que padecen los excluidos fuera cosa de hoy y mañana ya no existiera…)
P.D.: El 25 de Septiembre escribía sobre Antonio: «Volver a Empezar». Aún Arrels no disponía de la Llar Pere Barnés. Ahora con más razón que nunca me llena de alegría el que la Llar haya funcionado para Antonio.
Hace tres días que murió Antonio.
Hoy era su entierro y allí hemos estado algunos pocos de los que le hemos querido y, muchas veces, aguantado.
Antonio era una de esas personas difíciles que te encuentras en la vida (tengan o no tengan techo bajo el que dormir): Estaba enfadado con el mundo y él nunca pretendió ocultarlo.
Antes de la risa, era el gruñido.
El saludo no entraba en sus normas de urbanidad -si es que alguna vez tuvo alguna-.
Y entre sus facultades destacaba la de «siempre pedir»: Hoy una gorra, mañana un sombrero, el pañuelo, la manta, la colonia, la bufanda, los guantes, el peine, los zapatos, la chaqueta, el chándal, el chaquetón y otra gorra y otro sombrero y la manta que olvidó y los zapatos que le robaron y el tabaco…
Antonio era grande, y, cuando entraba en Riereta, se hacía notar casi siempre por sus gritos; pero no eran necesarios, su sola presencia bastaba para tropezarte con él.
Se notaba que estaba y, expectante, esperabas: ¿Estará de buenas hoy?
Pero cuando faltaba, le echabas de menos.
Era como un chicarrón, gruñón, que se hacía el valiente. Pero detrás no había nada: soledad. Sólo soledad.
Y le dejabas que se hiciese el fuerte. Hasta que se pasaba y, entonces, te enfadabas y vuelta a empezar…
Porque siempre volvía.
Es una de esas cosas buenas que tiene Arrels: Sus puertas siempre quedan abiertas y «los Antonios» vuelven a entrar: «Aquí estoy». «¿Qué tal?, ¿Cómo estás?». «Como decíamos ayer…»
Y Antonio murió en la Llar.
Para muchos de nosotros, un triunfo.
Porque la Llar Pere Barnés la queríamos para Antonio, para todos aquellos «Antonios» que nadie quiere.
Y Antonio allí ha tenido su espacio, su trozo de vida, de su última vida, en su hogar, con dignidad.
Y esto nos hace grandes, porque hemos abierto lo mejor para el más olvidado.
Y esto hace grandes a las personas que en la Llar estuvieron con él hasta el último momento.
Por todo esto, esta mañana, en el cementerio, no se me ha hecho extraño el rezar.
Rezar en aquel templo sagrado, que era el asfalto, entre tanta gente ya olvidada, bajo el cielo azul.
Y en ese templo -el cielo, el asfalto, la gente olvidada- que acompañó a Antonio durante tanto tiempo de su vida, hemos juntado nuestras voces invocando a nuestro Dios cristiano y hemos acompañado con nuestro silencio más sentido unos versículos del Corán que la cuñada de Antonio ha cantado con voz entrecortada…
¡Con qué sentimiento, con qué emoción nos ha trasmitido su fe y su corazón aquella mujer…!
Dos modos de rezar a un solo Dios que vela ya por Antonio allá donde sea que esté, pero que está.
¿Será posible que digan que son las religiones las que nos separan a las personas?
Al final compruebas que es en la sencillez de los sin-nadie en donde Dios se hace visible en los corazones de los hombres y mujeres.
Sin apropiaciones, ni etiquetas. Sólo un Dios que nos quiere a todos por igual.
“¿Y qué van a hacer con nosotros…? Como no sea que nos tiren al mar…”
– Aquí, en el centro, estaba la TV comunitaria, al fondo a la izquierda habían varios sofás y una mesa y, al otro lado, justo allí, eran los dormitorios. Cada cual tenía su colchón que lo compartía con su pareja, quien la tuviere. Teníamos también ducha, con cortina y agua caliente -el sol nos hacía las veces de radiador-.
En el medio estaba el fuego para calentarnos y, por las noches, a eso de las seis, nos daban la luz. Hasta nevera llegamos a tener aprovechando las cajas de empalmes.
En este sitio llegamos a vivir más de quince personas; pero nadie se metía con nadie y cada uno hacía su vida. Era… la “Pensión Calatrava”.
Quien así nos hablaba era el Jose. Hoy le hemos visto por primera vez. Estaba de paso. Tal vez quería recordar recuerdos. Pero hoy no había nadie más en la “pensión” y el Jose aprovechó para enseñárnosla, como cuando uno hace con el invitado que visita por primera vez nuestra casa.
Nosotros habíamos estado otras veces, pero no la conocíamos tan a fondo. El Jose se comportó con nosotros como un auténtico anfitrión.
– Os estoy hablando de cinco años para atrás -nos seguía explicando el Jose-.
Junto con el Sevilla y el Manuel, fuimos los primeros en establecernos aquí.
Luego fueron viniendo otros; pero, de los de entonces, sólo queda “el Sevilla”. Los demás ya no estamos, ahora quedan otros…
Pero hoy no hay nadie. La semana pasada los servicios de limpieza del Ayuntamiento, custodiados por dos dotaciones de la Policía Urbana, habían hecho su trabajo y todo el espacio que ocupaba “la pensión”, bajo el Puente Calatrava, había quedado limpio de sofás, de camas, de duchas, de cortinas, de neveras…, de basura…
Los servicios de limpieza del Ayuntamiento habían dejado a la “Pensión Calatrava” limpia y lista para una nueva incursión… que no tardaría mucho en producirse.
– Lo malo, decía el Jose, era el viento. Pero entonces te colocabas estratégicamente aquí, al lado de esta columna-una de las que soporta el puente- y ahí estabas como Dios…
A la semana siguiente volvimos Puri y yo.
“La Pensión Calatrava” volvía a recobrar la vida, volvía a estar habitada…
Allí, al fondo, los sofás, el fuego en el centro y, entre columnas, los dormitorios… por aquello de lo del viento…
Y recordé lo que otro hombre de la calle, en una entrevista, le decía a la periodista:
«Si siempre tenemos que pensar en rentabilizar nuestros esfuerzos en términos de eficacia, entonces siempre habrá alguien más merecedor que otro de nuestra atención. Lo más bonito de la relación es cuando alguien nos dice no querer nada: Entonces es precisamente cuando podemos iniciar una relación de igual a igual. Sin dar nada a cambio de nada: Tan sólo entregarnos como persona.»
A MODO DE UNA INCOMPLETA CONCLUSIÓN / REFLEXION
Difícilmente hubiéramos encontrado a Juan José si no hubiéramos ido a la calle a buscarle.
Juan José, en el momento de vernos, no pide nada, no necesita nada. Somos nosotros quienes mostramos deseos de acercarnos y quienes le hacemos propuestas de cambio.
Nosotros no nos acercamos a Juan José con la pretensión de solucionar un “problema social”. Sólo pretendemos “estar” con la persona que es. Si, luego, además, Juan José deja de ser “problema social”, ¡pues mira tú qué bien!.
En nuestra relación en la calle no ponemos condiciones y sólo existe una regla: El mutuo respeto.
Nuestra relación para con Juan José se ha basado en la constancia, en la espera “activa” y en el afecto, sobre todo, en el afecto.
Nosotros sabemos que él sabe que la bebida no le hace bien ¿para qué, entonces, recriminárselo?
Nosotros sabemos que él sabe que la calle se hace dura. Si Juan José vive así, será por alguna razón que sólo él conoce. Para vivir de otra manera, tendrá que encontrar otras razones.
Establecemos una relación de adultos, de igual a igual, que favorece la autoestima de Juan José y que consigue transformarnos a los dos.
Juan José ha dispuesto del recurso siempre y en el momento que lo ha demandado, aunque sospechásemos que lo iba a dejar al día siguiente.
A lo largo de estos 40 años no hemos sido los únicos que hemos pasado por la vida de Juan José ofreciendo que cambie. Unos lo habrán hecho con mayor o menor acierto que otros. Unos habrán puesto razones y todos, seguro, que pusieron su mejor voluntad. Lo más probable es que todas esas cosas hayan ayudado a que Juan José ahora nos acepte.
Este proceso de relación en la calle dura años. No deberíamos hacernos ilusiones creyendo que, cuando ya está en el Centre Obert, en pensión, en piso, en residencia, el proceso va a durar sólo meses.
En la calle no trabajamos “el grupo”, sino que nos relacionamos con las personas que forman el grupo y establecemos diferencias en función de la persona, pero nos dirigimos a todos y todos son importantes y todos son merecedores por igual de nuestra relación.
Es distinto estar en la calle que en el Centre Obert: En lacalle, Juan José está en “su castillo”, él es el dueño y él también es el protagonista de nuestra relación. En el Centre Obert Juan José no está en su casa y es uno más entre tantos.
Es bueno para Juan José el que la relación no se quede en el equipo de calle, sino que se vaya extendiendo al resto de profesionales y de voluntarios. Esta variedad hace que Juan José pueda descubrir otras y diversas miradas y afectos de la vida que le ayudan a ir encontrando “las otras razones” que, quizás, le harán querer vivir de otra manera. Aunque para esto se necesitará, seguramente, “todo el tiempo del mundo”.
Puri y Miquel me presentaron a Juan José hace dos años.
Comenzaba un nuevo curso y hubo reestructuración en el equipo de calle. Yo cambié de zona y pasé a tener por compañera a Puri.
Antes, Gemma y Josep Mª eran los voluntarios de calle que recorrían aquella zona. Y fueron ellos quienes, en el 2001, lo encontraron en la calle por primera vez.
Nunca cruzaron con él palabra alguna, porque nunca Juan José les permitió el menor acercamiento. Incluso le llegaron a tener un cierto “respeto”. Pero, aún así, siempre lo intentaron y, semana tras semana, procuraban hacerse notar de alguna manera.
Cuando luego, en el año 2003, Roc y Puri les sustituyeron en la zona, a Juan José lo presentaron como una persona de trato difícil. Avisados, ellos siguieron procurando el saludo, pero Juan José les solía recibir a gritos, desbaratando cualquier intento de aproximación. No obstante, todas las semanas seguían inventándose un nuevo gesto de acercamiento.
Pero era imposible llegar a él. Juan José se seguía mostrando agresivo y amenazante. A veces, incluso, desde lejos, les enseñaba una navaja que, luego hemos sabido, lleva escondida para “por si un por si acaso”.
EL ACERCAMIENTO
El primer acercamiento se dio en el año 2004.
Un buen día Puri le vio sentado en su banco y, junto a él, su carro de chatarra. Esta vez se acercó y le preguntó por lo que llevaba. De forma inesperada, Juan José se sintió a gusto con la pregunta y le dio toda clase de explicaciones.
Puri había conseguido, al fin, establecer contacto después de cuatro años de estarlo intentando.
Durante un tiempo Juan José sólo permitió que fuese ella quien se le acercase.
Pero, luego, la confianza ganada se fue ampliando y Juan José extendió el saludo a Roc y también a Miquel.
El personaje agresivo, temido por todo aquel que no le conocía, pasó a ser un “viejo sabio de la vida”, de sesenta y pico años de edad que llevaba -según dice siempre- cuarenta años en la calle; que ya, siendo niño, comenzó a trabajar sin pisar la escuela; que salió de su pueblo de Galicia cuando apenas tenía veintiséis; que ha seguido trabajando toda su vida y que, por no tener, no tenía ni la tarjeta sanitaria.Sigue leyendo →
Ignacio es una persona mayor que, como tantos otros jubilados, cobra la PNC, aun y a pesar de haber trabajado toda su vida.
Según nos contó un día, sobrevive en un piso de alquiler gracias al precario sueldo del precario trabajo que tiene su hijo que vive con él.
No es, por tanto, una persona que en el sentido literal de la palabra, esté sin techo. Es, más bien, una más de tanta gente que nos vamos encontrando en nuestro trabajo de calle, que viven en el umbral de la pobreza (lo que ahora en Catalunya se llama Indicador de Renta de Suficiencia (IRSC) y definido por la Unión Europea como el 60% de la renta media del país: 7.470€ anuales en Catalunya y 6.860€ en el conjunto del Estado) y que su principal problema, después del de poder sobrevivir, es la soledad.
El caso es que Puri y yo, siempre que le vemos, nos paramos y nos echamos unas palabras con él. Pensamos que él lo agradece y nosotros nos sentimos bien.
El martes pasado le vimos sentado en un banco del parque. Estaba nervioso:
–Desde el viernes -nos decía- no tomo la medicación para la tensión y hoy ya siento que me mareo. Me quedé sin pastillas. Ayer fui al médico y me hizo la receta. Ahora estoy esperando a que llegue. En la farmacia me han dicho que en media hora me pase, que ya la tendrán. Y aquí estoy, esperando a que pase la media hora; pero noto que me mareo…, que se me va la cabeza…
¡¿Cómo podía ser?! ¿Con lo fácil que nos es, cuando nos falta un medicamento, comprarlo en la farmacia, para que, luego, una vez tenemos la receta, canjearla por el importe que adelantamos? ¡”Todos” lo hemos hecho alguna vez! Es sumamente sencillo y práctico y las farmacias no suelen rechazar este intercambio.
Así es que, con la naturalidad del que lo tiene todo resuelto, le dimos lo que para nosotros hubiese sido la solución al problema:
–¿Por qué no propusiste el canje en la farmacia el mismo sábado?
Manuel nos miró entre sorprendido, escandalizado y un tanto avergonzado:
– No tenía “los dineros”…
¡¡¡Plooooff…!!!
Ciertamente, en ocasiones, estaríamos más “guapos” calladitos y con la boquita cerrada…
A veces nos pasa… Desde nuestra Atalaya benestant (“de clase bien” en castellano), con todas nuestras seguridades cubiertas, ofrecemos remedios que resulta que no sirven a según quiénes, debido a “pequeños matices” que a nosotros nos parecen inverosímiles.
¡Total por 20€…! ¡¿Quién no dispone hoy en día de 20€ para una medicina que, además, luego, se los van a devolver…?!
Pues resulta que Ignacio, -y tantos otros, ¡y otras!, que por ahí deambulan por esos mundos de Dios- no los tiene.
A veces nuestra Atalaya está muy arriba y nos cuesta ver lo que hay allí, muy abajo. Y encima, además, muchas veces somos miopes o, lo que es peor, de vista cansada.
Porque se me hace muy difícil comprender,
lo que intento es aceptar.
Ya hace más de cuatro años que le vimos por primera vez pasear los alrededores de Sants.
Un año antes había dejado su pueblo a hurtadillas, sin decirlo a nadie. Y, al hacerlo, se escapó también de su madre, de sus dos hijos, de la separación, de los embargos, de las deudas…
Un buen día se cogió el coche y se llegó a la primera estación que encontró y en el primer tren que pasó se subió en él hasta que llegó a Sants. Y de las calles de Sants hizo su nueva casa, su nuevo hogar.
Dos años tardó en convencerse para pasar por Riereta, ducharse, buscar pensión para dormir y comedor para comer.
Y, mientras, nadie de su pueblo supo nada de él en meses. Denunciaron su desaparición; pero al final fue un amigo quien descubrió el coche abandonado en aquella estación de tren que había utilizado para venir a Sants.
Luego, al cabo de más meses, comenzó a llamar a su madre, a sus hijos…
Estaba bien, tenía trabajo –decía-, cuando en realidad la calle seguía siendo su casa. ¿Su trabajo?… buscar chatarra para sobrevivir, lo demás se lo daban las papeleras y los contenedores de basura.
Cuando vino a Riereta se le tramitó el PIRMI y comenzó a enviar dinero a su madre como si estuviese arrepentido de haberla dejado sola en medio de la nada… y con todos los problemas encima.
Un buen día decidió volver. Miedos, incertezas, deseos… Escogió Semana Santa, fiesta grande en su pueblo. Habría mucha movida y él tendría que dar pocas explicaciones.
Compró el billete y se fue.
Al regreso me confesaba que al volver a Sants para comprar los billetes, le vino el regusto de la calle, como una atracción que le empujara hacia aquello que tanto le había hecho sufrir.
“Porque la calle, Enrique, es dura y se pasa muy mal, pero al mismo tiempo me llamaba y estuve a punto de quedarme. ¿Por qué será?…”
– ¡Tengo que reorganizar mi vida!
Siempre he trabajado y mi vida volverá a ser cuando vuelva a trabajar.
Pero ahora bebo y el beber no es bueno.
Y es que cuando estás así, te peleas. Y si te pegan, tú no te vas a quedar quieto. Y si te buscan, claro, al final te encuentran y ya está liada.
Hay gente que no sabe llevar la bebida. Yo sí sé llevar la bebida, pero hay otros que no…
Cuando Puri y yo llegamos, Gerardo estaba dormido en un banco con la cabeza apoyada en el brazo de hierro que le hacía de almohada.
Antes, Raul, en un banco vecino, nos había contado que esa noche la habían pasado en vela, porque Gerardo, muy bebido, no paró de molestar desde el momento que entró en el cajero donde dormían. Sigue leyendo →
Nos hemos acostumbrado a tratar a los demás a modo de lo que podrían ser y no a modo de lo que en cada momento son.
Ya cuando niños desperdiciamos sus posibilidades de lo que ya son, para exigirles lo que han de ser, como si sólo fuesen personas en potencia.
Cuando son jóvenes, los padres luchamos también a la contra por miedo a que nuestros hijos no puedan ser lo que nosotros creemos que deberían aspirar a ser.
De maduros hay como un “in pace”: Nos aguantamos opiniones civilizadamente.
Pero cuando ya somos viejos, nuestros hijos nos recriminan lo que no fuimos capaces de ser y ellos hubieran querido que fuésemos.
No se dan cuenta que ni nos acordamos. Que cada uno vive su vida tal y como buenamente puede. Que nuestros recuerdos son los que hemos querido/podido guardar y los hemos guardado a nuestra medida y conveniencia. Pero que sepan que sus recuerdos, los que ellos tienen de entonces…, ¡ también los guardan a su conveniencia !
¿Por qué no pararnos?:
Mirar al que tenemos en frente y simplemente disfrutarlo; sin más. Escucharle y aceptarle sin historia que recriminar y sin futuro que organizarle.
Sólo sois tú y él. Ambos seguramente que nos necesitamos mutuamente ¡ahora! ¿Mañana…? ¿¡Quien sabe mañana…!? Mañana a lo peor le lloramos, echando en falta aquello que ahora seguramente lo tenemos tan a mano.
Pues eso igual deberíamos hacer con los que viven la calle.
¡No les querramos arreglar la vida!. Acompañémosle, disfrutémosle… mientras podamos.
Su vida ya se la arreglará él…, si quiere… A lo mejor, entonces, hasta nos pide que le ayudemos…
Sí…, no…, vale…, Puri y yo hemos dejado de ir por la plaza. Está vacía.
Hace algunos meses se reunían hasta 5, 6 y 8 personas que vivían la calle.
Ahora la plaza está vacía.
Poco a poco todos han ido aceptando pasar por Arrels.
Ahora, unos están en pisos, otros en pensión, alguno murió…
El último en irse fue Raul: Le ayudamos a marchar a su país.
Antes, sólo unos días antes, marchó Gerardo: Está en pensión.
Si vuelve a la plaza -él lo hace con frecuencia- se encontrará sin nadie.
Hoy le he visto en Riereta. Y me he fijado en su mirada.
– ¡¿Qué tiene mi mirada, Enrique?!
– ¡Que no mira, Gerardo!, ¡que no mira!
El último día que le vi en la plaza, borracho, me habló de su soledad.
Hoy, sobrio, en pensión, comiendo en Navas y sin tener que rebuscar bocadillos para cenar, que ya también -hoy me lo ha dicho- lo tiene resuelto en la Llar Pere Barnés, su mirada me habla de la misma tristeza, de la misma soledad…
¡Y ves tantas miradas que no miran!…
La plaza seguirá vacía, pero yo no puedo sino preguntarme:
¿cuál, cómo, dónde está el éxito?, ¿en la plaza vacía?…
El éxito sólo empieza cuando son capaces de cambiar la mirada…
Y eso no depende, muchas veces, de lo que nosotros les demos, sino de lo que ellos encuentren…