“VOSOTROS NO SABÉIS QUÉ ES NO PODER SONREIR”

Nuestras respuestas

No se tienen las respuestas.
Y cuando crees que las tienes, se desmoronan ante la realidad del otro.
El otro, aquel al que tú pretendes ayudar, no quiere tus respuestas, no le sirven.
Él sólo quiere lo que todo el mundo queremos: SER FELIZ.
Y, para conseguirlo, él hace lo que todo el mundo hacemos: Buscar sus propias respuestas.
Y lo tiene “crudo” en su situación.
Los medios de que dispone son tan pocos y con frecuencia tan miserables, que será difícil que las encuentre; pero él, a su manera, las sigue buscando.
Y, a veces, también, se lo complicamos nosotros, queriéndole convencer que nosotros sí tenemos respuestas para que él sea feliz.
¡Ilusos…!. ¡Si ni siquiera nosotros sabemos ser felices en nuestra abundancia…!
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FELICIDADES POR EL NIETO

Navegante trotamundos, Gabriel pensó que la vida era gratis, hasta que un día le pasó factura y se encontró en la calle

Me he enterado que alguien relacionado con Arrels ha tenido un nieto. Cosa que, bien creo que sabe, me alegro.
Antes de que tenga uso de razón ya tiene asignado una serie de derechos. Derechos que, en el transcurrir de la vida, siempre le acompañarán.
De la manera que le sean necesarios, los ira reclamando según vayan transcurriendo los avatares de la vida.
Habrá algunos de los que ni siquiera sabrá que existen, porque estará en un lado de una linea divisoria virtual en la que su vida transcurrirá de una manera, entre comillas, normal.
El hecho de ser autosuficiente, te hace obviar a quienes están al otro lado de la linea y que, sean por los motivos que sean, ellos sí necesitan de los derechos que por cuna tienen y necesitan.
El olvido de los derechos no necesitados, hace muchas veces despreciar al que le hace falta, poniéndole precio y exigencias.

Gabriel

Querido Gabriel:
En primer lugar darte las gracias por tu felicitación. El nieto es una alegría que nos ha llegado y nos ha colmado de felicidad: Te enviaré una foto.
Luego agradecerte tus palabras, porque ellas nos hacen pensar a los que estamos
«en un lado de una linea divisoria virtual en la que su vida transcurrirá de una manera, entre comillas, normal«.
Tenemos nuestros derechos tan de por la mano, que hasta algunos los ignoramos por tan asumidos que están y nos olvidamos de lo necesitados que son esos mismos derechos para otras personas.
Hablamos de las personas que están durmiendo en la calle con tanta frialdad…, como si esa situación fuese tan normal: «A éste le doy alojamiento y a éste no»: la eficiencia.
BANCO ANTI-INDIGENTE
Pero yo no me puedo (ni me quiero) hacer a la idea de que algún día mi nieto tuviese que dormir en la calle, se me revuelve el estómago, me hace daño el sólo pensarlo; pero lo cierto es que hoy, ahora, hay mucha gente que está así.
Y no se buscan sus derechos, sólo se busca tapar a las personas, porque no gustan, porque estorban: dar derechos cuesta dinero.

«Hay muchos en el Raval», dicen, (siempre han sido demasiados y ahora hay más. Como era de suponer la crisis y el paro dejó más excluidos en la cuneta) «y molestan»
Y se ponen bancos «anti-indigentes» (¡manda huevos la palabra!):
«Ya en el Raval no podrán dormir». (Y se quedan tan tranquilos).
No dormirán en bancos, pero ¡digo yo que en algún lugar habrán de dormir! y lo seguirán haciendo en la calle, porque el poder adquisitivo (si es que tienen alguno) de estas personas no les llega para una pensión y en Barcelona las plazas de albergues no han aumentado y ya antes faltaban y han sido siempre insuficientes e inadecuadas.
Y tendrán que seguir meando en la calle, aunque hayan puesto artilugios para impedirlo, porque urinarios públicos no hay en Barcelona y el Ayuntamiento tampoco los ha creado ahora para dar soluciones. ¿Y quién los admite en su casa o en su establecimiento o en su bar… para usar sus aseos?
Y seguirán oliendo mal, porque en Barcelona hay duchas sólo para 60 diarias y para conseguirlo hay que hacer turnos de bien mañana o pedir tanda la tarde anterior con dobles desplazamientos.
Es cuestión de dinero; pero ruego a Dios que mi nieto no haya de caer en manos de la eficiencia de los servicios sociales.
Y un deseo: Ojalá que mi nieto, aunque no necesite de según qué derechos, sepa que los derechos son de todos y que toda persona debe tener acceso a lo que son sus derechos y que nadie, ¡¡NADIE!! debería poder quitárselos y, por último, que nunca se conforme y luche siempre por conseguir los derechos, aunque no sean los suyos.
Un abrazo.

Enrique

LA PANDEMIA DE LA CALLE

Los países ricos como que nos ponemos nerviosos enseguida con tan sólo escuchar la palabra PANDEMIA.
La sola posibilidad de quedarnos infectados nos espanta. El mundo occidental entra en una histeria colectiva sin precedentes. Es tanto nuestro miedo, que no deparamos en gastos. Gastos ingentes que se unen a medidas de protección, en muchos casos exageradas, y que sólo hacen que generar más alarma.
A todo ello se une el baile de cifras que nos vienen presentando los medios de información. Es la lista macabra del horror. Todos los países evitan estar a la cabeza de esta lista. Es curioso cómo, ahora sí, los ministros correspondientes de cada país salen enseguida a la palestra para dar todo tipo de explicaciones y justificaciones cuando aquella lista de muertos sufre cualquier mínimo aumento.

Pero no con todas las PANDEMIAS actuamos igual.
Y lo cierto es que las hay reales y que ya vienen y se sufren y matan de años: El hambre, la malaria, el SIDA, los refugiados, …
Pero todas estas pandemias están lejos de nuestros circuitos… Es difícil que nos lleguen a las sociedades ricas…
Para luchar contra ellas el mundo rico no es capaz siquiera ni de quitarse un 0,7% de sus presupuestos.
Y sí, la verdad es que nos toca en lo más profundo y nos duele cuando, por ejemplo, vemos un programa de TV enseñando esas miserias…
Pero no pasamos de ahí. Nuestra histeria colectiva no se ve acuciada hasta el punto de reclamar (¡exigir!) serios cambios estructurales que nos acerquen más a la igualdad (aun a costa de perder prebendas).

De la ONG Proyecto7, desde Argentina, he recibido un vídeo que nos habla de otra Pandemia: La PANDEMIA DE LA CALLE.
Sólo en Buenos Aires unas 15 mil personas viven y duermen en la calle y son, que se sepa (las listas de esta pandemia no se llevan desde los gobiernos), 113 las personas que han muerto en sus calles durante un año.
En España son menos, pero ya son 60 los muertos que La Red de Entidades que trabajan con Personas Sin Hogar (enredpsh) ha contabilizado en los medios de comunicación estatales. Y nuestras calles se siguen llenando de personas expulsadas, sin comerlo ni beberlo,  por la crisis. ¿Y qué se hace?, ¿y qué hacemos?.
¿Cuántas vacunas, cuantos tratamientos ha previsto el ministro de turno para combatirla?. ¿Cuántos muertos se habrán de contabilizar para incluir la calle en el protocolo millonario de PANDEMIA?

Este vídeo documento se ha extraído del reportaje realizado por Bisturí Televisión de Buenos Aires PGM17BLQ2 http://www.youtube.com/watc… sobre las personas y niños que viven en la calle en esta ciudad

LOS DERECHOS DE LOS NADIE

Nace el sol para todosHe leído la Memoria de Arrels del año 2008.
Me ha gustado en su conjunto. Y me ha llamado especialmente la atención el apartado “Tener derechos”, por lo que de siempre he pensado que de idea innovadora y valiente tiene de cara a concebir la Acción Social.
Desde que estoy en Arrels, a menudo este punto me ha cuestionado la responsabilidad que adquirimos los que trabajamos en esto de la exclusión, cuando nos creemos sinceramente que nuestra dedicación, nuestra ayuda, nuestra lucha, nuestro acompañar no tendría razón de ser si no fuere para “reconocer derechos”.
Derechos que pertenecen al excluido y que por causas propias o ajenas los tiene enajenados y nosotros, si él quiere, le podemos ayudar a recuperar.

El trabajar por reconocer sus derechos implica todo un hacer de hormiguitas, de compañía, de relación, de confianza, de libertad, de espera, de… Hasta que un buen día, tal vez, la persona decide dar pasos, pequeños pasos que le van restituyendo a la normalidad de una vida con derechos indispensables como la comida, el aseo, la medicación, un techo en donde dormir, un trabajo…
Y tú te sientes partícipe de esos logros, porque le has ayudado a que esos derechos le sean reconocidos.

Ya los tiene. Y cuando los tiene, ya nadie se los debería quitar.
Del mismo modo que ha sido él quien los ha ganado, nadie, que no sea él mismo, debería tener suficiente poder como para hacerle renunciar a ellos.

Pero no todo el que está metido en este campo de lo social y de la exclusión lo ve de la misma manera. Hay quien no reconoce como ausencia de derechos las carencias que padecen los excluidos.
Dicho de otra manera: Lo que desde Arrels se ve claro que son derechos de ‘los nadie’, hay agentes sociales que lo conciben como regalos que el excluido se ha de saber ganar.
Juegan con sus derechos como si no fuesen suyos, sino que fuesen regalos que la sociedad los ha ganado para él. Y utilizan sus derechos/”regalos” como moneda de cambio para que mejore:

– para que mejore en su autonomía,

– para que deje de beber y gane en su dignidad,

– para cuando no se sabe qué otra cosa hacer que haga remitir su violencia,

– para que sepa lo que pierde y reconsidere su conducta…

– para…

Todo por “su bien”.
El objetivo es que cambie, si quiere el regalo. Si no, se quedará sin y/o perderá lo que es/son sus derechos.

Supongo que se hace difícil no entrar en este juego cuando la mentalidad que nos rodea es que nada se da por nada y uno, que tiene el poder de dar y de quitar, siente que tiene la llave para que el otro cambie, para que el otro mejore.
«Con un pequeño empujón se puede conseguir el cambio».
Sólo es cuestión de enseñarle el caramelo y, si no cambia, se le esconde.
De este modo, lo que sólo tendría que ser un ‘simple’ retornar derechos en libertad, el agente social pasa a involucrarse en lo que él quisiera que el otro fuese y, con ello, comienza también a sentir como fracaso el comprobar que los objetivos de cambio que él se ha marcado en su plan de trabajo con el excluido no se cumplen en la persona a la que atiende.
A partir de ese momento los avances y retrocesos del proceso personal del que ‘no tiene nada’ pasan a ser avances y retrocesos, frustraciones y logros del trabajo social.
¿Por qué ha de ser así si su vida es suya? ¡Él sabrá lo que hace con su vida!

Los derechos (sobre todo los derechos mínimos y fundamentales a los que aquí nos referimos), lo sabemos, no pueden depender de cómo la persona actúe, ni de cómo la persona sea.
Si estos derechos dependiesen de la bondad o maldad de las personas o de cómo los utilizamos, a cuantos hijos de vecino de esta sociedad tendrían que quitárnoslos de vez en cuando.
Pero ocurre que nosotros, “los normales”, no dependemos de los “regalos”/derechos que nos puedan ofertar los servicios sociales. Sobre nosotros no pueden ejercer su poder. ‘Su caramelo’ no nos es necesario.
¿O es que no hay alcohólicos entre los “normalizados”?, ¿o enfermos mentales que en algún momento se muestran agresivos?, ¿o gente que no sabe o no quiere compartir, ni convivir?, ¿o gente avispada que engaña para tener más prebendas?, ¿o…
Y sin embargo “los normales”, todos tenemos casa y comemos todos los días y hay alguien que nos da la medicación y, con suerte, tras de nosotros hay una familia que nos escucha…

Los excluidos, no.

Enrique


«ES LA CONDICIÓN MÁS BAJA»

Página 12

Este artículo me llegó de Buenos Aires de la ONG Proyecto7

Se llama Horacio Avila y se quedó sin techo y obligado a vivir en la calle en 2002, porque no podía pagar el alquiler. Alternó changas y trabajos semiestables. Es uno de los fundadores de Proyecto 7, una organización que ayuda a los que viven en la calle.

Por Gustavo Veiga

Pensó que nunca le sucedería, pero se convirtió en un mutante urbano, como el título del documental que protagoniza. Léase: mutante, persona en situación de calle, último eslabón de la escala social, desecho humano en el que nadie repara. Horacio Avila tiene 46 años y las marcas en el rostro de una vida complicada. Entre 2002 y 2007 durmió en plazas y umbrales de edificios. Alternó changas y ocupaciones estables, supo de solidaridades y maltratos, de ranchadas donde compartir todo y operativos policiales donde también se perdía todo. Sus experiencias son como capas geológicas que brotan del asfalto, ese asfalto que para él se volvió tan familiar como una cama caliente para quien descansa en su casa.

Hace dos años recuperó la posibilidad de disfrutar esa cotidianidad que para muchos ciudadanos sería insignificante. “Hoy, para mí, cerrar la puerta del baño y encender la luz, orinar, afeitarme, apagar la luz de nuevo y que mi compañera me traiga el mate a la cama es una fiesta enorme. Son cosas que antes no valoraba”, dice Avila, uno de los fundadores de Proyecto 7, la organización que ayuda a quienes viven en la calle.

–¿Podría sintetizar su historia antes de transformarse en esa persona que perdió todo, incluido el techo?

–Es la historia de una vida normal, de alguien que nació laburante. Mi viejo había sido metalúrgico y mi vieja ama de casa. Yo soy el cuarto de siete hermanos. Hice la escuela primaria bien, me crié bien, como corresponde. Pasé mi infancia en San Justo, partido de La Matanza y comencé a trabajar desde muy chico, a los once años en un taller mecánico. Yo no lo veía nunca a mi viejo porque tenía como tres laburos para mantenernos. Por eso, me empezó a picar la idea de aportar unas monedas en mi casa con el propósito de verlo más, de que estuviera más tiempo con nosotros.

–¿Cómo siguió su adolescencia?

–Yo nací en 1963 y cuando los militares dieron el golpe del 24 de marzo del ’76, hacia dos años que venía trabajando. Había pasado como ayudante por una fábrica de candados, un laburo que me había conseguido mi viejo. Ya vivía en Florida y estaba estudiando la secundaria en Villa Martelli, muy cerquita de los departamentos donde mataron a Santucho. Después formé mi primera familia, de la que nació mi hijo Nicolás. Un capo total. Sabe inglés, dibujo, está en la Facultad. Y de mi segundo matrimonio tengo una hija, Lucía, que es una princesita de nueve años.

–¿Tiene algún oficio o profesión?

–Sí, hace más de veintidós años que soy tapicero de muebles y de automóviles. Hago equipamientos, soy carrocero. Siempre había tenido mi propio local en Laferrere, donde todavía vive mi hijo con la madre, que es psicóloga y una excelente mujer, una madre mejor todavía.

–¿Cuándo percibió que podía quedarse en la calle?

–Nunca lo pensé ni lo percibí. Si a mí en aquel momento me hubieran preguntado qué era vivir en situación de calle, respondía que ni idea. Para mí existía el concepto de ciruja, de linyera.

–¿Cómo fue su último día bajo techo?

–En la casa de los padres de un amigo. Mi hija y su madre ya estaban a resguardo con los abuelos. Yo sabía que no me quedaba otra, lamentablemente no tenía dónde estar porque me era imposible pagar el alquiler. Hubo cuestiones personales o familiares que me sobrepasaron. O me endeudaba más y quedaba enterrado al punto de no poder salir, o paraba la pelota. La decisión fue la que tomé. Mi amigo Humberto y su esposa Nelly que viven en Lomas del Mirador me preguntaron si tenía adónde ir. Yo por vergüenza les dije que sí, pero la respuesta era no. Por una cuestión de instinto y de supervivencia me vine para la Capital Federal. Acá hay vida toda la noche, en la provincia no.

–¿Se fue con lo puesto?

–Sí, porque cuando uno no tiene adónde ir, ¿para qué va a llevarse sus cosas? Yo las repartí en distintos lugares. Fue como vivir una película de ciencia ficción. Imagínese que usted sale de la redacción y cuando llega a su casa lo perdió todo. Se pregunta: ¿y ahora qué hago? Mi historia en situación de calle empezó en el Congreso y terminó también en el Congreso. Increíblemente, después de haber deambulado por muchos lugares de la ciudad.

–¿Qué experiencias lo marcaron en esos cinco años de intemperie?

–Hubo dos momentos muy claros. Una mañana, en la plaza 1º de Mayo, en Yrigoyen y Pasco, fui a despertar a uno de los abuelos y se me cayó. Cuando me di cuenta, estaba muerto. Se había muerto sentado. Tenía 70 y pico de años. La otra experiencia sucedió durante la Navidad de 2004 cuando hicimos la huelga de hambre en la Plaza de Mayo. En mi vida hubiera imaginado que estaría haciendo eso para que alguien se dé cuenta de cómo tantas personas viven o mueren como perros. Unas trescientas personas de distintas ranchadas y paradores tomamos la decisión de salir a pelear.

–¿Cuándo percibió que podía comenzar a revertir su situación de calle?

–Desde un primer momento mi idea fue revertirla. Jamás pensé que me quedaría así, por eso nunca fui a un parador, ni a un comedor, que para mí son lugares donde a uno lo inducen a aceptar su condición y si la acepta lo quiebran. Esos sitios están para quebrarlo, para formalizar la situación y estancarla. Por eso, en cinco años habré ido dos veces a bañarme a un lugar así. Por una necesidad de higiene.

–¿Está en contra de ese tipo de asistencialismo?

–Sí, porque es un negocio millonario. Hay hogares que cobran 85 mil pesos mensuales por atender a cuarenta personas. Saque la cuenta. Tener que ir a comer y hacer una cola ante todo el mundo es humillante. Eso va socavando y uno acepta que lo llamen indigente. La situación de calle es un compendio de todas las situaciones sociales. En ella y solo frente al mundo, uno pasa por lo peor. Es la condición más baja a la que puede llegar un ser humano. El simple hecho de cómo ir al baño, cómo higienizarse… de dormir con un ojo abierto. La cabeza de uno no descansa en la calle. Se duerme con la luz de mercurio, los ruidos de los autos, los colectivos, la gente que viene y va. Es muy difícil mantener un estado de coherencia viviendo en la calle. Y estar muy fuerte anímica y mentalmente.

–Usted dice que nunca durmió en los paradores del gobierno porteño. Cuando juntaba unos pesitos, ¿se alquilaba una pieza de hotel?

–Sí, una vez al mes y cuando ya tenía un laburo formal, el sábado y el domingo me quedaba en un hotel, aislado de todo. Más que nada por la intimidad, por el hecho de cerrar la puerta y que todos quedaran afuera. Era muy necesario para mí.

–Hay algo que las personas con un hogar propio o alquilado consideran indispensable en sus días de descanso: el esparcimiento. ¿Es posible recrearlo cuando se vive en la calle?

–Depende de la situación. Para mí tener la radio y pilas todos los días era un acto imprescindible. Así me evadía. Otro puede ser escribir. Hay muchos que dibujan. El fútbol en la calle es importante. Hay campeonatos zonales, por ejemplo. Yo tengo compañeros que jugaron en el Mundial de fútbol callejero para homeless. También hay un lugar que se llama Arte sin techo. No sé si llamarlo esparcimiento. Es escape.

–¿Cómo logró salir de la situación de calle?

–Trabajando, con el apoyo de la gente que después se fue sumando a Proyecto 7. Apostando a que se podía. Siempre se puede.

CUAL ES LA CUESTIÓN

Navegante trotamundos, Gabriel pensó que la vida era gratis, hasta que un día le pasó factura y se encontró en la calle

Creer o no creer.
Yo creo en mí, pero por saber quién y qué soy.
Si la experiencia es la madre  de la ciencia, debe de ser cierto que, en cierta manera, esa es una de las cuestiones.
El «yo sólo sé que no sé nada», de las cuestiones que trata la ciencia, como le da igual tratando del ser o no ser, buena parte de la verdad es mejor no saber nada; ¿para qué?.
Si tú vives feliz, lo serás trabajando o en la calle. Y si tienes ciencia y saber, sufrirás y, si no, ¿para qué sufrir?
Tú puedes aprender si de ello tienes ansia, es como faltarte algo. Si lo haces,  es tu opción, no pudiendo enseñar a quien su experiencia le dice que tú no eres igual que él, aunque sigáis siendo personas los dos.

Gabriel

CUANDO LLUEVE, LLUEVE MOJADO

La lluvia en la calleEl agua caía a chorros.
Para poder continuar nuestro paseo de cada martes, Puri entró en uno de esos «chinos» que hay repartidos por toda Barcelona y por 2€ compró un paraguas. Pero era tanta el agua que caía que de todos modos la compra no impidió el que, al final de la mañana, al regresar a casa, estuviésemos empapados, pues el paraguas comprado no era lo suficientemente grande como para cobijarnos a los dos y sólo nos cubría por mitades .

Realmente llovía mucho. Por eso hoy era un buen día para ver cómo se encontraba Esteban.

Cuando llegamos, Esteban se hallaba tendido, acurrucado sobre su banco y cubierto con un gran plástico transparente para evitar que el agua que caía mojase su cuerpo.
Apenas se le veía y no pretendíamos molestar, pero tampoco queríamos irnos de allí sin saber si necesitaba alguna cosa.
Al final nos ha oido hablar y ha abierto el plástico.
Nos ha reconocido y nos hemos saludado: «Estoy bien. Gracias por venir». «Cúbrete, Esteban, no te vayas a mojar. Hasta el martes»

¡¡¿Cómo es posible que alguien quiera vivir así?!!

Cuando nos alejábamos y la lluvia nos seguía mojando la mitad del cuerpo que el paraguas no llegaba a cubrir, Puri y yo, realmente afectados por aquel espectáculo tan infame, comentábamos: Es imposible comprender que haya alguien que pueda querer vivir en aquel banco de esta manera.

El próximo martes volveremos.

Y volveremos sólo para saludarle, para acompañarle, sin más pretensiones. Al fin y al cabo no somos nadie para erigirnos en salvadores de nadie. Y hablaremos de sus viajes al desierto, a la India…

A veces cuando estás tan ‘a pie de obra’ y ves tanta fragilidad, te viene la tentación de ayudar, de cambiar las cosas, de zarandearle ¡¿pero es que no vas a cambiar nunca?!
Y entonces también te vienen las frustraciones y los equívocos; porque, casi sin darte cuenta, empiezas a ponerte objetivos. Objetivos que son los tuyos, pero no los de él y te olvidas que lo que pretendes no es hacerle cambiar, sino restablecer derechos y que los derechos quien los puede reclamar únicamente es quien los tiene enajenados, o sea, el otro. Que a tí solamente te toca estar a su lado y, en todo caso, y sólo cuando él lo solicite, facilitarle el acceso a esos derechos (si es que entonces esta sociedad que tenemos se lo cree y se lo permite y tiene disponibles los recursos adecuados para darle sus derechos).

«Al principio querían llevarme; ahora, no. Se han convencido de que yo no quiero irme». Le comentaba un día Esteban a un vecino, refiriéndose a Puri y a mí.

Enrique


HILOS QUE SE ROMPEN

Hilos que se rompenHoy, martes, 14 de Julio de 2009, he contado hasta sesenta los años que llevo de vida.
Y precisamente hoy hemos vuelto a ver a Jacinto.

Desde que le expulsaron de Arrels por tiempo indefinido y duerme en la calle, todos los martes nos espera a Puri y a mí en aquella plaza.
Ha vuelto al mismo lugar en donde hace ya más de cinco años que Puri y Roc -entonces su compañero de calle- le localizaron y entablaron una relación que, con el tiempo, se transformó en un seguimiento por parte de los programas de Arrels.
Dejó la calle.
Pero sus problemas mentales y de alcoholismo le hacen ser agresivo y le han devuelto al lugar de donde vino.

Y otra vez la telaraña rota.

Roto el hilo laboral (ya hace tiempo que no se conseguía trabajo para él); roto el hilo social; roto el hilo familiar que, por primera vez en su vida, Arrels se lo había regalado; roto el hilo sanitario y la posibilidad de controlar la medicación imprescindible en su situación… Hoy nos cuenta que ayer se rompió el único hilo que le quedaba: la terapia psicológica.
La psicóloga le ha dicho que ya no le puede atender porque ahora está en la calle y no tiene seguimiento social por parte de ninguna institución (¿!).
Tendrá que buscarse la vida por otro lado y le ha dado una dirección.

Jacinto en estos últimos años había conseguido olvidar el dolor de la calle. Por eso, tal vez ahora, según nos dice, que tiene más miedo a la calle que nunca.
A la calle… y a la noche sobre todo.
Es violento y agresivo y su enfermedad mental, unida al alcohol, le hace no reconocer sus actos.
Los expertos dicen que no hay solución para él, porque él no cambiará. Y aceptarlo como es, se hace difícil. Porque la gente tiene derecho a evitar ser agredida. Y a Jacinto se le tiene miedo.

En estos días Jacinto nos ha recibido muy bien a Puri y a mí. Eso sí, bebido, pero bien. Ha dormido en cajeros, pero siempre acompañado: Tenía miedo.
Tiene también pendiente de ejecución una sentencia reciente por violencia y tampoco sabe qué hacer. Además le han robado los papeles junto con una radio que tenía.
Lleva sólo unas semanas en la calle y ya le han robado, a él, a Jacinto, que es joven y alto y fuerte y… agresivo…

A Puri y a mí nos duele verle así.
¡Son tantos los que, como Jacinto, nos confiesan: “Uno no puede salir de la calle solo, necesita que alguien le eche una mano”!…

Hoy le hemos informado que puede ir a Heura para ducharse y allí también le darán ropa limpia. Y en todo caso que vaya a los servicios sociales del Ayuntamiento. Estos servicios, al ser públicos, no le deberían negar la comida ni el dormir…

Es curioso, pero, aun y a pesar de haber estado toda su vida en la calle, ahora se siente perdido en ella. Y es que en estos últimos años había encontrado en Arrels lo que nunca antes nadie le había dado: Alguien que estuviese por él, que le atendiese, que le escuchase, que le quisiera, que le abriese puertas.
Por primera vez en su vida pudo vivir en su piso, comer debidamente, regularizar su tratamiento médico…
Jacinto se había acostumbrado a lo que debería ser lo normal para cualquier persona.
Pero ahora, a sus aún no cumplidos 40 años, el no poder, el no saber, el no querer cambiar, le han devuelto a su terrible realidad cotidiana de vivir en la calle.

A Puri y a mí nos duele verle así.

En tanto él lo quiera y nosotros podamos, no tiraremos la toalla y mantendremos la esperanza más allá de toda esperanza. No para hacerle cambiar, sino para que Jacinto simplemente se sienta acompañado, que es nuestro oficio, el oficio de los que hacemos la calle.
Será algo así como mantener entero un pequeño hilo de esa telaraña que cada uno tenemos y que hoy por hoy Jacinto la tiene hecha un guiñapo.

Enrique


SALVEMOS DE NUEVO LA HOSPITALIDAD

La Plataforma «Salvemos la Hospitalidad» vuelve a quejarse del anteproyecto de ley que el gobierno ha aprobado y nos hace una reflexión de los puntos que para ellos y para muchos incumplen la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948.

Lo podeis leer en su página web www.hospitalidad.aldeasocial.org

‘LIMPIANDO’ BUENOS AIRES

Este es un reportaje que me ha enviado la ONG Proyecto7 de Buenos Aires y que yo, con gusto, cuelgo.

Cruzada contra los pobres

ONG-Proyecto7
[Limpiar, borrar… puede ser tomado como matar,
al estilo de ‘limpieza étnica’]

Por Hernán Scandizzo, desde Buenos Aires.

A fines de 2008 llegaron a la prensa las agresiones sufridas por indigentes que duermen en las calles y paseos públicos de la capital argentina. El modus operandi era el mismo: por las noches llegaba un grupo de seis o más personas que sin ahorrar violencia verbal ni física instaban ‘a su objetivo’ a abandonar veredas, parques, plazas, puentes. En el caso de cartoneros -gente que recolecta de la basura materiales reciclables- o vendedores ambulantes, tiraban sus carros y mercadería en un camión de recolección de residuos; si se trataba de sin techos, sus frazadas, colchones y otras pocas pertenencias corrían igual suerte. Generalmente vestían ropa oscura, de apariencia militar, y se trasladaban en vehículos sin identificación o con logos del Gobierno de la Ciudad; algunas veces contaban con apoyo de la Policía Federal -dependiente del Estado nacional- y otras no.

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