ARRELS FUNDACIÓ SALE EN TV2

El domingo, día 8 de Junio, TV2 hizo un reportaje sobre Arrels dentro del programa Pueblo de Dios, titulado: «Arrels, raices para una nueva vida»
La verdad es que está muy bien tratado el tema y con mucha dignidad.
Del reportaje recojo en este video, el trozo que dedica a lo que Puri y yo venimos haciendo todos los martes, acompañando a la gente en las calles de Barcelona.

ACOMPAÑAR, SÍ, PERO ¿HASTA CUÁNDO?

Los «casos» se abren y se cierran.
Y, cuando se cierran,
entran en las estadísticas de los éxitos y/o de los fracasos
 y entonces cuesta volverlos a abrir.
 En realidad ya no se abre,
es otro «caso», aunque la persona sea la misma.

Acompañar significa que creemos en la persona y en sus posibilidades de cambiar.
Y que en este cambio se realiza una doble transformación:
En nosotros que nos enseña a no esperar nada, pero a confiar todo de la otra persona.
Y en el otro que sabemos que es capaz de cambiar y de cambiarse.
Pero no lo hará a nuestra manera, ni a nuestras prisas, sino a la suya.
Y eso, a veces, nos asusta.
No tenemos tiempo para esperar, ni dinero para invertir en tiempo.
Es más fácil imponer. Es más fácil hacer de la persona «un caso»:
«Caso» cerrado, éxito contabilizado o fracaso archivado. Pasemos a otro.

Entonces ¿cómo, hasta cuándo acompañar?

Mi respuesta es simple:
Hasta que el otro lo necesite, mientras lo necesite y de la forma en que en cada momento lo necesite.

Seguramente -y lo es- que el modo de acompañar será cambiante en el tiempo y en la medida en que la persona vaya ganando en autonomía. Él nos debe marcar los pasos y nosotros debemos «empujar» para que sea capaz de darlos, ofreciéndole en cada situación los medios/recursos adecuados a sus posibilidades del momento en que se encuentre.

Mi manera de acompañar ha variado y sigue variando desde que ví por primera vez a Miguel en la Plaza Ibiza. Él mismo me ha ido pidiendo que cambie conforme él ha ido gestionando su propia vida. Y quizá llegue un día, porque creo en sus potencialidades, en que mi acompañamiento será casi innecesario; pero estará y seguirá estando porque mi relación se ha hecho también, como no podía ser de otra manera, afectiva.

Me imagino y hasta puedo comprender que todo esto sea un dilema tremendo para el profesional:
Por un lado están «los casos» que, aunque sólo sea por rentabilidad social, han de tener un principio y un fin. Y por otro lado está la implicación afectiva que irremediablemente se establece en toda relación sincera.

Para los que somos padre/madre lo tenemos claro: Los hijos (ya no son «casos») «nos» acompañan hasta al final.
«Es diferente…!!!»
¡Y tanto, que es diferente…!. ¡Sólo el que es padre/madre sabe del dineral que le cuesta acompañar a su hijo…! Dineral de dinero, de tiempo, de dedicación, de cariño… y de poner los medios adecuados a sus posibilidades en cada momento.

Y eso, una Institución/Administración difícilmente se lo puede permitir.

Pero no puedo imaginar qué hubiera pasado con mis hijos, si en un momento dado de su proceso, después de haberle dado mi confianza, mi cariño…, le hubiese dicho: «Basta. Hasta aquí hemos llegado. Mi tiempo (mi tiempo, mi dinero, mi afectividad…) he de dárselo a otro. Tú ya tuviste bastante.»

«Pero… si tú me pediste toda mi confianza…
Cuando tú viniste a la calle a por mí, yo estaba bien así y no quería nada. Fuiste tú el que me llamaste.
Y ahora, cuando me he acostumbrado a ti, cuando te he hecho caso y necesito de tu afectividad, cuando te he dado mi confianza, cuando al fin me fío de alguien y necesito de alguien, ¿tú dices que te vas…; que soy un caso cerrado…? (¿?)».

Enrique Richard

 

Martes, 3 de Junio de 2008

«La señora de los ojos claros»

  • Incorporo a «Historias de la Calle» a una señora a la que llamaremos «La señora de lo ojos claros»
    Hoy hemos hablado por primera vez con ella.
    Hace unos días nos avisaron de que por aquellos alrededores vivía y dormía una señora que, aunque en realidad no molestaba, iba muy sucia, siempre estaba bebida y hablaba sola y con todo el mundo, pero nadie se la escucha de verdad.
    Hoy estaba sentada en un banco. Llevaba un abrigo, aunque los demás vestimos ya con camisa corta de verano. Se notaba que hacía tiempo que no se duchaba ni se cambiaba de ropa.
    Puri se ha sentado a su lado y nos hemos presentado: «Alguien nos ha hablado de tí y queríamos conocerte». No ha hecho falta nada más y se ha puesto a hablar sin parar. De todo lo que decía lo que más se le entendía era el euro que nos pedía para más cerveza. Pronto acabaría las dos latas que tenía en ambas manos y no habría más remedio que sustituirlas.
    «La señora de los ojos claros» no está bien o está muy bebida, pero simpre ríe, quiere olvidar lo feo de la vida. Y tiene una obsesión: los ojos y que éstos sean claros.
    Después de un rato, nos despedimos. Le recordamos nuestros nombres y nos fuimos: «Hasta otro día».
    Será difícil la relación, pero habrá que «estar» con ella.
    «La señora de los ojos claros» es de aquellas personas por las que Arrels apuesta y sólo por ella merece que nosotros estemos ahí, en la calle, para estar y esperar, confiando, ¡cómo no!, en su capacidad de transformar.
    A mí, al menos, ya me ha empezado a cambiar por dentro. 

Para leer más sobre «La Señora de los ojos claros»

Raul

  • Tenía ganas de hablar ya de Raul.
    Antes de nada la buena noticia: Raul accedió a irse del banco y está en pensión.
    Después de lo último escrito, un día, en la plaza, estando hablando con él, se desplomó y cayó al suelo. Raul, entre otras cosas sufre de epilepsia. Menos mal que estábamos a su lado y yo me dí cuenta de que algo no iba bien y pude aguantarle mientras se desplomaba.
    Llamamos al 061 y la verdad es que la respuesta fue muy rápida y se lo llevaron al clínico. Luego, por la tarde, ya de noche, le dieron el alta; pero Miquel ya había movido palillos desde Arrels y los servicios sociales del Ayuntamiento le tenían reservada una plaza en el albergue de la Zona Franca. Al menos que no pasara la noche en la calle y, si quería, podía seguir allí.
    Pero Raul no quiso. Es a lo que ya nos tenía acostumbrados. A la mañana siguiente se volvió a su banco. Esto era en Enero.
    A mediados de Febrero la cosa comenzó a cambiar.
    Un día le reservamos habitación en una pensión. Dudábamos en si iría, pero esta vez fue.
    Desde entonces, y ya estamos en Junio, duerme bajo techo y come dignamente.
    Al principio le seguíamos viendo por su banco y le costaba acercarse a Riereta, pero poco a poco ha ido cambiando y se ha integrado en los juegos del Centre Obert, se ha visitado por los médicos y se está controlando. Siempre más o menos. Sigue pidiendo hasta la saciedad, pero contra el defecto de pedir, muchas veces está la virtud de no dar. Pero lo cierto es que se ha producido un cambio de actitud que todos valoramos.
    Anna, su trabajadora social de Arrels, un día nos contará sus sensaciones. Hace poco me contaba que estaba encantada de este proceso.
    Son las miradas dulces de este trabajo, después de tantos agobios y de no tener respuestas.

Para leer más sobre Raul

 

«Normalidad» en el puente

¡Hoy he jugado a la brisca y he ganado!.
C. me ha retado y no sabía con quien se las jugaba.

«La Pensión Calatrava» sigue funcionando, y sus inquilinos siguen espectantes, pero la vida continúa. Cuando hemos llegado, había organizada una timba de cartas. Puri y yo observábamos. Cuando han terminado, C. me ha hecho sentar y entre los dos hemos jugado una partida, mano a mano. Yo no me dejo ganar, aunque no me preocupa perder. No sé si a C. le ha gustado demasiado, pero nos hemos despedido con un fuerte apretón de manos y sin rencores.

Aún siguen en el Puente

¡Sorpresa! No habían realizado el desalojo… todavía.
Las últimas lluvias lo impidieron.
Y la gente seguía allí, esperando.
La guardia urbana les ha comentado que, en cuanto se pueda, pasarán las máquinas, pero que primero habrá que fumigar (¡qué mal suena eso de fumigar cuando hay personas por medio…!).
Lo tienen todo preparado para la marcha: sus carros, sus maletas, sus bolsas…
Allí dejarán los colchones, las mantas, los sofás…, el mobiliario en general.
Poco a poco, desde el último desalojo, habían ido haciendo más habitable el espacio. ¡Sucio, eso sí!, pero habitable…
Los ánimos estaban más calmados. Supongo que todos, con el paso del tiempo, aceptamos las situaciones, aunque éstas nos sean adversas.
Algunos aún no saben a dónde irán, otros están con nosotros. Hay quienes al final usarán los recursos que les ha ofrecido el equipo de calle del Ayuntamiento y hay quienes ya se han buscado otro espacio a modo de okupas.
Pero todos están expectantes, como el pueblo israelita al salir de Egipto, a la voz de ¡ar!.
Hubo uno que explícitamente nos agradeció a Puri y a mí nuestra presencia (¡a nosotros que no hemos resuelto nada…!):
– «Porque vosotros, al menos, os habéis preocupado».
¡Y es verdad!, nos hemos preocupado…, pero ellos siguen allí…
Es ese sabor agridulce que queda cuando eres consciente de tus propias limitaciones.

Enrique

 

Martes, 20 de Mayo de 2008

Los tenía olvidados. Los martes. El último del que escribí fue en Enero. Desde entonces han pasado algunas cosas. Unas buenas y otras no tanto. Aunque esto de lo bueno y de lo malo en este tema de la gente que está en «situación de calle» (me gustó este modo de referirse a estas personas, que trajo Horacio, de la ONG argentina Proyectosiete) es, si más no, relativo.

Una de las cosas que más me han impactado, ha sido el descubrimiento del Puente de Calatrava y de qué manera se organizaban y convivían sus inquilinos. Allí he podido contactar con más crudeza cómo entre ellos mismos hacían también sus propios grupos clasistas: No se mezclan los «pastilleros» con los que no lo son y allí no se permite la entrada (es curioso, con los miedos que yo tenía al entrar) a «los drogatas que se pinchan».
Pero ya todo va a ser pasado. El próximo martes procuraré enterarme de cómo fue el desalojo. Ahora a toda esa gente que ya teníamos localizada y en seguimiento, tendremos que volverlas a buscar…

¿Cómo están las personas de las que voy escribiendo en Historias de la calle? Intentaré hacer un resumen de lo que ha pasado para cada una de ellas.

 

Juan José

  • En diciembre escribí largo y tendido; «Todo el tiempo del mundo o la historia de un proceso», pero la historia continúa.
    A mediados de Enero dejó la pensión, mejor dicho, se iba y venía: «Es que a la pensión no se puede ir si se está borracho…», decía alguna vez con dignidad.
    En febrero un día se presentó con la nariz hecha un cristo. Le habían pegado y se le habían llevado la cartilla de ahorro. Le acompañamos a la sucursal para bloquearla y a la semana siguiente se fue él solo y le hicieron otra nueva.
    Un día nos habló de su madre (pocas veces lo hace) y la recuerda como que siempre había en la casa algún hijo nuevo a quien cuidar.
    A veces se desboca hablando y Puri y yo nos embobamos con tanta charla y tanta «sabiesa» hecha en la calle. Nos contaba: «Resulta que yo pido por la calle, que es mi casa, y la policía se me lleva; pero los curas piden en las iglesias y no pasa nada: están en su casa…»
    ¡Pero, ah, sorpresa! A primeros de Marzo fue él el que quiso entrar en pensión, «pero pagando» y se puso en contacto con Ester, la trabajadora social de Arrels, y se pusieron de acuerdo en la cantidad a pagar.
    (En Arrels se intenta el copago en función de los ingresos que perciba).
    Así estuvo un mes, luego se volvió a la calle y, lo que es peor, no le hemos vuelto a ver y por Riereta no ha ido. Sabemos que está bien, pero los martes no aparece en su banco…
    Puri y yo le echamos de menos.
    A lo dicho ¿en dónde comienza y en dónde termina el éxito o el fracaso de nuestro trabajo?.

Para leer más sobre Juan José

Es tarde. Me voy a dormir. Mañana seguiré con otro martes.

CUANDO EL PUENTE QUEDA LIMPIO II

¡Estoy jodido!
¡Estoy tocado!
Lo dije el otro día: «El hacer calle, a veces, sólo a veces, se hace difícil»
Hoy ha vuelto a ser uno de esos días «difíciles». Y lo ha provocado otra vez la «Pensión Calatrava».
El motivo ha sido su desalojo. El segundo desalojo que Puri y yo vivimos desde que un día alguien, uno de sus inquilinos, nos invitó a entrar.
La Guardia Urbana les ha avisado de que el lunes próximo entrarán las máquinas. (Todo un detalle por parte de la urbana en avisar con antelación). Parece ser que se trata de un desalojo definitivo. Posiblemente «por obras de adecuación urbanística del entorno» o algo similar. 

A las personas allí alojadas nos las hemos encontrado preparando su marcha. Al vernos, desbocaron sobre Puri y sobre mí toda su rabia, toda su impotencia.
Se trata de un desalojo en toda regla; pero estos inquilinos no tienen «papeles» para reclamar derechos.
Sólo les queda que protestar y echar sobre nosotros toda su angustia. 

Nos utilizan. Puri y yo sabemos que en ese momento nos están utilizando y quieren manejar nuestros sentimientos. Pero es todo lo que les queda. Y con dardos envenenados nos hieren:
«No valen las palabras, ahora son los hechos».
«No se viene aquí para observarnos, necesitamos soluciones».
Y entre tanto F. nos enseña el lazo que ha colgado del puente y nos escenifica cómo se colgará de él por el cuello en el momento que le quieran echar de allí:
«Y así verán lo que ha pasado!» 

Y Puri y yo en medio, poniendo nuestra persona y nuestra comprensión como coraza. Pero sin poder ofrecer salidas. Entre otras razones, porque las salidas que podemos dar seguramente que son las mismas que ya les han ofrecido sus educadores de calle del SIS, que hacen bien su oficio, y que probablemente no las han querido:
«Prefiero dormir al raso que rodeado de gente que escupe, ronca, roba, se droga…»

Y yo, en el fondo, lo entiendo (¡o no lo entiendo! ¡Vaya usted a saber!). Pero sí sé que en estos albergues, aunque han mejorado en muchos aspectos, hay de todo menos intimidad. Pero es lo que hay. Los recursos que la Administración tiene para ofrecer a estas personas y a otras no tan similares, son dormitorios colectivos y temporales y, de vez en cuando, pensiones para unos meses; pero éste ya es un recurso excepcional y caro. Sin embargo, posiblemente, de entre los recursos que hay, la pensión es uno de los más adecuados en estos momentos primeros de salir de la calle. De hecho el Equip de Carrer de Arrels es el recurso que más hemos utilizado hasta ahora y, para algunos de los usuarios, viene a ser el definitivo. 

Y entre tanto guirigay, ¡te quedas tan solo entre ellos con sólo la relación…!
No. No quieren tus palabras. Eso está bien en otro momento.
Hoy quieren soluciones. Y tú sólo te tienes a tí.
Y te recome tu impotencia y la del otro.
Y sólo tienes palabras para asentir. Estás con ellos. Te duele su dolor.
Sabes, también, que te utilizan; pero tú sabes que, a pesar de ello, es injusta su situación y tú no tienes soluciones.
Y el lunes, para beneficio de nuestra sociedad, dejarán sin «vivienda» a unas veinte personas. Son «los daños colaterales» de todo progreso (de toda guerra de los unos contra los otros).
«Al fin y al cabo ¿qué más quieren?, ¡¿si les están ofreciendo un sitio dónde dormir y ellos no quieren utilizarlo…?!»
 
¡¿Y por qué no querrán…?!

(Y recordé la historia que se cuenta en Arrels de aquel que, «desagradecido», le tiró a la espalda el bocadillo que le acababa de dar: -¿Y qué es lo que querrá?. Fue lo que pensó entonces aquel hombre y lo que motivó que se crease Arrels, para intentar dar respuesta a la pregunta.)

Claro que, si todos los que duermen en la calle, de pronto cambiasen de opinión, no habrían recursos suficientes para alojarlos.
A lo mejor interesa mantener la situación y seguirles culpabilizando de que son ellos quienes quieren vivir entre mierda, en vez de estudiar y poner dinero en recursos adecuados, dignos y suficientes, dando respuesta a lo que ellos reclaman.
Después, los que quieran seguir en la calle, ya nos encargaremos nosotros de hacerles compañía hasta que decidan otra cosa. Porque todos los que estamos en esto sabemos que, eso de salir de la calle, es algo más complicado que la negativa a un albergue. Pero ¡a cuántos nos quitaríamos de en medio de la calle si los recursos fueran suficientes, dignos y adecuados…!

Sólo hay un «pero»: Que este primer recurso es seguramente el que cuesta más en dinero y, a su vez, es el que cuenta menos en éxitos y en «resultados». 

¿No soy objetivo?… Seguramente que hoy no, pero no digo mentira.

Enrique

LO QUE DUELEN LAS MIRADAS

El hacer calle a veces, sólo a veces, se hace difícil.

Sobretodo cuando te cruzas con según qué mirada que, como en una gran pantalla, te deja entrever lo más profundo de su persona.
Es entonces que todas tus grandes razones y todas tus razonadas seguridades, se quiebran y se diluyen en el dolor de tus sentimientos.
Porque, detrás de la mirada, está la súplica, el desencanto, la mentira, la desesperanza, el abandono, los miedos…, la RENUNCIA…

Un día Jon, todo un técnico en informática, con el que da gusto hablar, debajo de su puente nos decía :

– Enrique, Alex, mi compañero, que duerme aquí, a mi lado, y que ha recorrido medio mundo, ahora es un INDIGENTE.
Y lo es, porque él HA RENUNCIADO.
Yo no soy un indigente, porque yo aún quiero salir…

Y nosotros estamos en la calle para que no renuncien, para que no se sientan indigentes.

Pero hoy me han mirado treinta y cinco años de desesperanza:

«¡Por favor, ayudadme…, no me dejéis…»

Y me ha costado aguantar su mirada.
Y es que cada vez que veo a Joana, me duele su mirada.
Joana tiene unos ojos azules preciosos y es madre por dos veces: Uno -según me contaron- se le murió de chiquito en un accidente, del otro… no sé si sabe…
Y en su mirada veo, o me imagino ver, toda su angustia que intenta derramar en el alcohol. Y esa angustia llena de vino, la transforma en súplica gangosa hacia quienes cree que se la pueden quitar.

Pero ¡yo no puedo quitársela!

Joana, ahora, está en un albergue. El equipo del SIS del Ayuntamiento le está haciendo el seguimiento adecuado, no la dejan. En este momento, según nos dice, espera plaza para desintoxicación… Otra más. Hace algunos años ya pasó por ello…
Es todo lo que, por ahora, podemos hacer. Hay que esperar. Lo sé, ya está.

Pero la mirada me hace herida, no lo puedo evitar.

No, Joana, no te vamos a dejar…; pero tú… NO RENUNCIES, NO TE HAGAS INDIGENTE. 

 

LA PENSION CALATRAVA

“¿Y qué van a hacer con nosotros…?
Como no sea que nos tiren al mar…”

  Aquí, en el centro, estaba la TV comunitaria, al fondo a la izquierda habían varios sofás y una mesa y, al otro lado, justo allí, eran los dormitorios. Cada cual tenía su colchón que lo compartía con su pareja, quien la tuviere. Teníamos también ducha, con cortina y agua caliente -el sol nos hacía las veces de radiador-.

En el medio estaba el fuego para calentarnos y, por las noches, a eso de las seis, nos daban la luz. Hasta nevera llegamos a tener aprovechando las cajas de empalmes.

En este sitio llegamos a vivir más de quince personas; pero nadie se metía con nadie y cada uno hacía su vida. Era… la “Pensión Calatrava”.

 

Quien así nos hablaba era el Jose. Hoy le hemos visto por primera vez. Estaba de paso. Tal vez quería recordar recuerdos. Pero hoy no había nadie más en la “pensión” y el Jose aprovechó para enseñárnosla, como cuando uno hace con el invitado que visita por primera vez nuestra casa.

Nosotros habíamos estado otras veces, pero no la conocíamos tan a fondo. El Jose se comportó con nosotros como un auténtico anfitrión.

 

         Os estoy hablando de cinco años para atrás -nos seguía explicando el Jose-.

Junto con el Sevilla y el Manuel, fuimos los primeros en establecernos aquí.

Luego fueron viniendo otros; pero, de los de entonces, sólo queda “el Sevilla”. Los demás ya no estamos, ahora quedan otros…

 

Pero hoy no hay nadie. La semana pasada los servicios de limpieza del Ayuntamiento, custodiados por dos dotaciones de la Policía Urbana, habían hecho su trabajo y todo el espacio que ocupaba “la pensión”, bajo el Puente Calatrava, había quedado limpio de sofás, de camas, de duchas, de cortinas, de neveras…, de basura…

Los servicios de limpieza del Ayuntamiento habían dejado a la “Pensión Calatrava” limpia y lista para una nueva incursión… que no tardaría mucho en producirse.

 

         Lo malo, decía el Jose, era el viento. Pero entonces te colocabas estratégicamente aquí, al lado de esta columna  -una de las que soporta el puente- y ahí estabas como Dios…

 

A la semana siguiente volvimos Puri y yo.

“La Pensión Calatrava” volvía a recobrar la vida, volvía a estar habitada…

Allí, al fondo, los sofás, el fuego en el centro y, entre columnas, los dormitorios… por aquello de lo del viento…

Y recordé lo que otro hombre de la calle, en una entrevista, le decía a la periodista:

 

 

“¿Y QUÉ VAN A HACER CON NOSOTROS…?

COMO NO SEA QUE NOS TIREN AL MAR…”

 

 

TODO EL TIEMPO DEL MUNDO o LA HISTORIA DE UN PROCESO

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Luego de haber escrito TODO EL TIEMPO DEL MUNDO o LA HISTORIA DE UN PROCESO, vino la reflexión.
Para comenzarla -la reflexión- recordé una frase de Miquel Julià que siempre me ha sonado muy bien:

«Si siempre tenemos que pensar en rentabilizar nuestros esfuerzos en términos de eficacia, entonces siempre habrá alguien más merecedor que otro de nuestra atención. Lo más bonito de la relación es cuando alguien nos dice no querer nada: Entonces es precisamente cuando podemos iniciar una relación de igual a igual. Sin dar nada a cambio de nada: Tan sólo entregarnos como persona.»   

A MODO DE UNA INCOMPLETA CONCLUSIÓN / REFLEXION  

  • Difícilmente hubiéramos encontrado a Juan José si no hubiéramos ido a la calle a buscarle. 
  • Juan José, en el momento de vernos, no pide nada, no necesita nada. Somos nosotros quienes mostramos deseos de acercarnos y quienes le hacemos propuestas de cambio.
  • Nosotros no nos acercamos a Juan José con la pretensión de solucionar un “problema social”. Sólo pretendemos “estar” con la persona que es. Si, luego, además, Juan José deja de ser “problema social”, ¡pues mira tú qué bien!.
  • En nuestra relación en la calle no ponemos condiciones y sólo existe una regla: El mutuo respeto.
  • Nuestra relación para con Juan José se ha basado en la constancia, en la espera “activa” y en el afecto, sobre todo, en el afecto.
  • Nosotros sabemos que él sabe que la bebida no le hace bien ¿para qué, entonces, recriminárselo?
  • Nosotros sabemos que él sabe que la calle se hace dura. Si Juan José vive así, será por alguna razón que sólo él conoce. Para vivir de otra manera, tendrá que encontrar otras razones.
  • Establecemos una relación de adultos, de igual a igual, que favorece la autoestima de Juan José y que chielo.jpgonsigue transformarnos a los dos.
  • Juan José ha dispuesto del recurso siempre y en el momento que lo ha demandado, aunque sospechásemos que lo iba a dejar al día siguiente.
  • A lo largo de estos 40 años no hemos sido los únicos que hemos pasado por la vida de Juan José ofreciendo que cambie. Unos lo habrán hecho con mayor o menor acierto que otros. Unos habrán puesto razones y todos, seguro, que pusieron su mejor voluntad. Lo más probable es que todas esas cosas hayan ayudado a que Juan José ahora nos acepte.
  • Este proceso de relación en la calle dura años. No deberíamos hacernos ilusiones creyendo que, cuando ya está en el Centre Obert, en pensión, en piso, en residencia, el proceso va a durar sólo meses.
  • En la calle no trabajamos “el grupo”, sino que nos relacionamos con las personas que forman el grupo y establecemos diferencias en función de la persona, pero nos dirigimos a todos y todos son importantes y todos son merecedores por igual de nuestra relación.
  • Es distinto estar en la calle que en el Centre Obert: En la  calle, Juan José está en “su castillo”, él es el dueño y él también es el protagonista de nuestra relación. En el Centre Obert Juan José no está en su casa y es uno más entre tantos.
  • Es bueno para Juan José el que la relación no se quede en el equipo de calle, sino que se vaya extendiendo al resto de profesionales y de voluntarios. Esta variedad hace que Juan José pueda descubrir otras y diversas miradas y afectos de la vida que le ayudan a ir encontrando “las otras razones” que, quizás, le harán querer vivir de otra manera. Aunque para esto se necesitará, seguramente, “todo el tiempo del mundo”.
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