MI PROBLEMA

¿De qué puede escribir una persona con la experiencia de haber vivido durante un tiempo en la calle?
Si le gusta hacerlo -escribir- y esa vida le ha marcado de alguna manera, lo hará recordando esas vivencias.
Si alguien las lee, porque ha tenido la oportunidad de hacerlas públicas, tiene el derecho de pensar, con toda la razón, que todos hemos tenido o tenemos problemas más graves, para él, que el de dormir en la calle.
Es como a aquel que le duelen las muelas y al otro la rodilla. ¿A quién le duele más? El propio es el dolor más grande, aunque te sensibilices con el dolor del otro.

Por ello y sin necesidad de ser un quejica, es bueno compartir el daño o el problema, porque, ¿por qué no?, el que te escuchen y te acompañen te muestra la solidaridad de la que son capaces la gente que te rodea.
A cada dolencia, a cada problema le hacen falta respuestas. Como en todo, habrá quienes ante aquellas dolencias y aquellos problemas se muestran indiferentes, pero, al hacerlos públicos, primero se hace constancia de que existen y que, el que las sufre, no está solo y, por tanto, que la presión que se puede hacer en quienes pueden aliviar el problema es mayor.
No ha de escucharse el «tú tienes lo que te mereces», sino el «¿por qué lo has hecho?».
Nadie es santo en esta vida. Hay buenos y hay menos buenos y malos y muy malos. Eso es real. Por ello, cada vez que alguien escucha tu dolor o tu problema y te lo cura o alivia, es digno de respeto y ejemplo si lo quieres seguir.

Gabriel
¿Quién es Gabriel?

CUANDO LA NOTICIA NO PUEDE ESPERAR

El lunes salió mi nombre en los «papeles».
El martes anterior un periodista me estuvo intentando localizar durante toda la tarde. Al final y mientras regresaba a casa lo consiguió.
Cinco minutos. Fue una conversación de teléfono móvil de cinco minutos.
El periodista había hablado ya con expertos en el tema y había constatado que la gente que vive en la calle vive insegura: La roban, la pegan… y además nadie atiende sus denuncias cuando las hacen y si es que las hacen.
A mí me había llamado porque quería también participar de mi experiencia en este mundo de la exclusión.

Pero la noticia tenía que salir ya; no podía demorarse. (Como si la violencia que padecen los excluidos fuera cosa de hoy y mañana ya no existiera…)

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Europa pide el fin de los ‘sin hogar’ para el 2015

En el Blog Desde la Calle , Olga incluye esta noticia:

«En abril, 438 Miembros del Parlamento Europeo, en representación de todos los países de la Unión Europea y de toda la clase política, apelaron a los Estados miembros y a las instituciones de la UE para que se tomasen acciones urgentes con el fin de acabar con el ‘sinhogarismo’ para el 2015. La iniciativa ha sido apoyada por todos los países de la Unión, si bien cabría destacar el reducido número de europarlamentarios españoles (de 54 solamente 20) y alemanes que la han firmado.

Se trata de la Declaración Escrita 111/2007, que insta a ir más allá de simplemente gestionar el problema y exige el establecimiento de una definición de los ‘sin hogar’ dentro del marco europeo, la recoplicación de datos estadísticos fiables y la elaboración de “planes de emergencia de invierno” como parte de una estrategia más amplia.»

No parece sino que todos los males de este mundo se estén dando cita en este año de gracia del 2015, pues en él van a desaparecer todos juntos.
¿No os suena que el hambre también tenía programada su caducidad para este mismo año ?…
¡La esperanza es lo último que los humanos debemos perder…! ¡Y por intentarlo que no se quede!

Enrique

SIN PAPELES

Erase que se era la historia de un señor que, como únicas pertenencias, un macuto a la espalda llevaba.
Recorriendo la ciudad, después de todo el día caminando, un portal encontró y que, según su idea, a nadie molestaría si, por el tiempo que en la ciudad estuviera, lo tuviera por morada.
Era la entrada de un parking que tenía el suficiente espacio como para no suponer obstáculo alguno para la salida de vehículos.
He te aquí que, pasados los días de tener de huésped a quien nadie había llamado para que lo fuera, supongo que la comunidad decidió no darle papeles de residencia a quien, por lo que parece, degradaba el inmueble.
Pensaron, pues, poner puertas donde antes había hueco y expulsaron a la persona «non grata» del lugar.
Yo no dudo de que los que allí viven sean buenas personas, dando, cuando lo piden, a quien creen necesitado. Pero el problema está «en que en nuestra casa ¡no, gracias!».
¿Está bien?, ¿está mal?…, ¿actuaría yo así?…, ¿lo harías tú?…

Yo quiero que no haya gente que en la calle duerma.
La mayoría diría que: «claro que es una pena que haya personas que vivan así.»
Entonces todos estaríamos de acuerdo en las ayudas necesarias para que no tengan que echar a nadie del portal donde viven. Las mismas que darían a quien puede que conozcas.

Gabriel
¿Quién es Gabriel?

ANTONIO, DESCANSA EN PAZ

P.D.:
El 25 de Septiembre escribía sobre Antonio: «Volver a Empezar» . Aún Arrels no disponía de la Llar Pere Barnés. Ahora con más razón que nunca me llena de alegría el que la Llar haya funcionado para Antonio.

Hace tres días que murió Antonio.
Hoy era su entierro y allí hemos estado algunos pocos de los que le hemos querido y, muchas veces, aguantado.
Antonio era una de esas personas difíciles que te encuentras en la vida (tengan o no tengan techo bajo el que dormir): Estaba enfadado con el mundo y él nunca pretendió ocultarlo.
Antes de la risa, era el gruñido.
El saludo no entraba en sus normas de urbanidad -si es que alguna vez tuvo alguna-.
Y entre sus facultades destacaba la de «siempre pedir»: Hoy una gorra, mañana un sombrero, el pañuelo, la manta, la colonia, la bufanda, los guantes, el peine, los zapatos, la chaqueta, el chándal, el chaquetón y otra gorra y otro sombrero y la manta que olvidó y los zapatos que le robaron y el tabaco…
Antonio era grande, y, cuando entraba en Riereta, se hacía notar casi siempre por sus gritos; pero no eran necesarios, su sola presencia bastaba para tropezarte con él.
Se notaba que estaba y, expectante, esperabas: ¿Estará de buenas hoy?
Pero cuando faltaba, le echabas de menos.
Era como un chicarrón, gruñón, que se hacía el valiente. Pero detrás no había nada: soledad. Sólo soledad.
Y le dejabas que se hiciese el fuerte. Hasta que se pasaba y, entonces, te enfadabas y vuelta a empezar…
Porque siempre volvía.
Es una de esas cosas buenas que tiene Arrels: Sus puertas siempre quedan abiertas y «los Antonios» vuelven a entrar: «Aquí estoy». «¿Qué tal?, ¿Cómo estás?». «Como decíamos ayer…»

Y Antonio murió en la Llar.
Para muchos de nosotros, un triunfo.
Porque la Llar Pere Barnés la queríamos para Antonio, para todos aquellos «Antonios» que nadie quiere.
Y Antonio allí ha tenido su espacio, su trozo de vida, de su última vida, en su hogar, con dignidad.
Y esto nos hace grandes, porque hemos abierto lo mejor para el más olvidado.
Y esto hace grandes a las personas que en la Llar estuvieron con él hasta el último momento.

Por todo esto, esta mañana, en el cementerio, no se me ha hecho extraño el rezar.
Rezar en aquel templo sagrado, que era el asfalto, entre tanta gente ya olvidada, bajo el cielo azul.
Y en ese templo -el cielo, el asfalto, la gente olvidada- que acompañó a Antonio durante tanto tiempo de su vida, hemos juntado nuestras voces invocando a nuestro Dios cristiano y hemos acompañado con nuestro silencio más sentido unos versículos del Corán que la cuñada de Antonio ha cantado con voz entrecortada…
¡Con qué sentimiento, con qué emoción nos ha trasmitido su fe y su corazón aquella mujer…!
Dos modos de rezar a un solo Dios que vela ya por Antonio allá donde sea que esté, pero que está.
¿Será posible que digan que son las religiones las que nos separan a las personas?
Al final compruebas que es en la sencillez de los sin-nadie en donde Dios se hace visible en los corazones de los hombres y mujeres.
Sin apropiaciones, ni etiquetas. Sólo un Dios que nos quiere a todos por igual.

Antonio, descansa en paz. Amén.

Enrique

 

UN LARGO LAZO

Es un día más en el taller del Centro.
Entramos y ocupamos nuestros puestos cogiendo lo necesario para la ocupación que tenemos asignada.
Se acerca quien nos dirige los trabajos, comunicándonos el fallecimiento de la persona a la que hemos tratado desde que entramos a formar parte de la familia de usuarios y de quien de nosotros se ocupa.
Ha sido la tercera o cuarta persona, en lo que va de año, que nos deja y, como en cualquier otra familia, cada uno lo siente a su manera.
Quizás alguno piensa que podría ser el siguiente. O la lágrima interna de quien más cerca lo ha tratado.
Puede que ellos hayan pensado en algún momento que, a parte de la ayuda que les han prestado, va incluido un lazo fuerte, que de alguna manera se han sentido familiarmente acogidos y que, como en toda familia, es más fuerte en unos que en otros.
En ese intervalo de acogerlo, hasta saber que ya no lo verás más, quizás se ha sentido escuchado/a y tenido en cuenta… Quizás ha sentido el calor de las manos que le hicieron olvidar el frío de la calle…
Se quiere pensar que nos deja sin resentimiento, sabiendo que no estaba sola, perdurando su recuerdo en su familia.

Gabriel

¿Quién es Gabriel?

MIQUEL FUSTER: Un testimonio de la calle

El día 9 de Abril, TV de Barcelona organizó una mesa redonda en el programa «HolaBarcelona».
El tema era «Qué lleva a una persona a ser un sin hogar».
En la mesa estaban: Ramón Noró, de Arrels Fundació; Àngel Font, Director de la Fundació Un Sól Mon y Ricard Gomà, Regidor de Benestar Social del Ayuntamiento de Barcelona.
También estaba Miquel Fuster, un hombre que ha vivido quince años en la calle y que desde hace algunos años anda por Arrels y ahora vive en un piso.
He querido rescatar de esa Mesa la intervención que hace Miquel al final del programa a manera de testimonio.

 

LO QUE DUELEN LAS MIRADAS

El hacer calle a veces, sólo a veces, se hace difícil.

Sobretodo cuando te cruzas con según qué mirada que, como en una gran pantalla, te deja entrever lo más profundo de su persona.
Es entonces que todas tus grandes razones y todas tus razonadas seguridades, se quiebran y se diluyen en el dolor de tus sentimientos.
Porque, detrás de la mirada, está la súplica, el desencanto, la mentira, la desesperanza, el abandono, los miedos…, la RENUNCIA…

Un día Jon, todo un técnico en informática, con el que da gusto hablar, debajo de su puente nos decía :

– Enrique, Alex, mi compañero, que duerme aquí, a mi lado, y que ha recorrido medio mundo, ahora es un INDIGENTE.
Y lo es, porque él HA RENUNCIADO.
Yo no soy un indigente, porque yo aún quiero salir…

Y nosotros estamos en la calle para que no renuncien, para que no se sientan indigentes.

Pero hoy me han mirado treinta y cinco años de desesperanza:

«¡Por favor, ayudadme…, no me dejéis…»

Y me ha costado aguantar su mirada.
Y es que cada vez que veo a Joana, me duele su mirada.
Joana tiene unos ojos azules preciosos y es madre por dos veces: Uno -según me contaron- se le murió de chiquito en un accidente, del otro… no sé si sabe…
Y en su mirada veo, o me imagino ver, toda su angustia que intenta derramar en el alcohol. Y esa angustia llena de vino, la transforma en súplica gangosa hacia quienes cree que se la pueden quitar.

Pero ¡yo no puedo quitársela!

Joana, ahora, está en un albergue. El equipo del SIS del Ayuntamiento le está haciendo el seguimiento adecuado, no la dejan. En este momento, según nos dice, espera plaza para desintoxicación… Otra más. Hace algunos años ya pasó por ello…
Es todo lo que, por ahora, podemos hacer. Hay que esperar. Lo sé, ya está.

Pero la mirada me hace herida, no lo puedo evitar.

No, Joana, no te vamos a dejar…; pero tú… NO RENUNCIES, NO TE HAGAS INDIGENTE. 

 

LA PENSION CALATRAVA

“¿Y qué van a hacer con nosotros…?
Como no sea que nos tiren al mar…”

  Aquí, en el centro, estaba la TV comunitaria, al fondo a la izquierda habían varios sofás y una mesa y, al otro lado, justo allí, eran los dormitorios. Cada cual tenía su colchón que lo compartía con su pareja, quien la tuviere. Teníamos también ducha, con cortina y agua caliente -el sol nos hacía las veces de radiador-.

En el medio estaba el fuego para calentarnos y, por las noches, a eso de las seis, nos daban la luz. Hasta nevera llegamos a tener aprovechando las cajas de empalmes.

En este sitio llegamos a vivir más de quince personas; pero nadie se metía con nadie y cada uno hacía su vida. Era… la “Pensión Calatrava”.

 

Quien así nos hablaba era el Jose. Hoy le hemos visto por primera vez. Estaba de paso. Tal vez quería recordar recuerdos. Pero hoy no había nadie más en la “pensión” y el Jose aprovechó para enseñárnosla, como cuando uno hace con el invitado que visita por primera vez nuestra casa.

Nosotros habíamos estado otras veces, pero no la conocíamos tan a fondo. El Jose se comportó con nosotros como un auténtico anfitrión.

 

         Os estoy hablando de cinco años para atrás -nos seguía explicando el Jose-.

Junto con el Sevilla y el Manuel, fuimos los primeros en establecernos aquí.

Luego fueron viniendo otros; pero, de los de entonces, sólo queda “el Sevilla”. Los demás ya no estamos, ahora quedan otros…

 

Pero hoy no hay nadie. La semana pasada los servicios de limpieza del Ayuntamiento, custodiados por dos dotaciones de la Policía Urbana, habían hecho su trabajo y todo el espacio que ocupaba “la pensión”, bajo el Puente Calatrava, había quedado limpio de sofás, de camas, de duchas, de cortinas, de neveras…, de basura…

Los servicios de limpieza del Ayuntamiento habían dejado a la “Pensión Calatrava” limpia y lista para una nueva incursión… que no tardaría mucho en producirse.

 

         Lo malo, decía el Jose, era el viento. Pero entonces te colocabas estratégicamente aquí, al lado de esta columna  -una de las que soporta el puente- y ahí estabas como Dios…

 

A la semana siguiente volvimos Puri y yo.

“La Pensión Calatrava” volvía a recobrar la vida, volvía a estar habitada…

Allí, al fondo, los sofás, el fuego en el centro y, entre columnas, los dormitorios… por aquello de lo del viento…

Y recordé lo que otro hombre de la calle, en una entrevista, le decía a la periodista:

 

 

“¿Y QUÉ VAN A HACER CON NOSOTROS…?

COMO NO SEA QUE NOS TIREN AL MAR…”

 

 

Hoy escribe Gabriel(12)

VIVA EL DINERO

Tengo en mí un contrasentido permanente.
Soy un cincuentañero y echo, ¡cómo no!, de menos aquellas sensaciones de buscar y de andar lo desconocido, de pisar y ver cosas que de joven me llamaron la curiosidad. Por otra parte me alegro o me conformo, según se mire, porque, al sentirme cada día más cerca de lo absoluto, me es más sencillo ver lo que para mí es verdad y lo que es teatro.
Verdad es que todos tenemos derecho a expresar nuestros sentimientos sin herir o dañar a los demás, circular libremente por todo nuestro entorno planetario, creer y practicar nuestra fe sin influenciar en los que no tienen ninguna o es diferente.
La parte teatral es la que hace funcionar la actual civilización, la economía. Sabido es que, salvo una minoría de personas, todas  necesitan tener un incentivo para que la producción no pare. Pero todo es para mí ficticio, puesto que lo único conseguido ha sido desproporcionar los niveles de supervivencia de paises y continentes enteros.
Es demagogia, lo sé, pero es una ventaja que tenenos los que ya estamos cerca del último tren. Vemos que la materia prima necesaria para hacer de este planeta no un paraíso de dibujos animados, pero sí un «hábitat»  con todas las necesidades cubiertas, está al alcance de la mano. ¡Que sí, que hay que trabajarla! Tan sólo modificando la forma de ver la vida diferente.
El poder en la Política, en la Iglesia, en la Industria es lo único buscado, desencaminando un camino que entre todos es posible, pero que ninguno sueña en realizar.

Gabriel

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