EL VASO ESTA LLENO
Salí del local en donde se había celebrado el Carnaval con un espectáculo de magia y después música hasta el cierre y al llegar a la pensión, no sé por qué, recordé lo que me ocurrió hace siglos en Cádiz.
Había salido de una discoteca y me dirigía en autobús ya para el barco, cuando sentí delante mío cómo un hombre, con signos de haber bebido de más, se metía con una muchacha. Yo, todavía ahora no sé por qué, me dirigí a ella como si la conociese de siempre y ella me siguió el juego, logrando que el otro hombre desistiese de seguir hablando, teniendo quizás suerte de que no tuviese mala bebida.
Después la acompañé, pero eso ya es otra historia.
El recuerdo de esa escena me hace ver que ahora es a la inversa: Yo sería ese pesado y otra persona anónima sería la que instintivamente salvaría a la chica de la película.
Siento que esto sea así; pero si siguiese siendo yo mismo y retrocediendo en el tiempo, seguramente que no cambiaría casi ningún hecho que me ha conducido a mi situación actual. He sido un vaso que -¿quién sabe cuándo?- se colmó y me hizo ser adicto, cosa que lamento más porque ya soy mayor que por la adicción en sí. Significando con ello dos cargas que, al asumirlas, te coartan y te impiden ver más allá. Aun cuando si tuviese que aconsejar a alguien lo haría con casi las mismas palabras que me dirían a mí.
Gabriel





No por más acostumbrado que uno esté a verlo, el corazón no padece