«Porque la calle, Enrique, es dura y se pasa muy mal; pero al mismo tiempo me llamaba y estuve a punto de quedarme. ¿Por qué será?…»
Esto era lo que Luis me contaba hace ahora un año.
Hoy, Luis, no ha aguantado y al final se ha dejado llevar por la llamada de la calle.
Me lo dijo el martes Ester:
– Luis ha llamado y ha dicho que ha dejado la pensión y que ya está en la calle.
Quienes conocemos a Luis, temíamos que entraba en lo probable el que esto pudiera ocurrir. Pero, ahora, el hecho no dejaba de ser una mala noticia.
Era a mediados del 2004 que Luis decidió dejar los alrededores de Sants.
Ester, yo y, sobretodo, Marisol habíamos tenido bastante que ver en ese proceso que ya venía de otro año más de seguimiento en la calle.
Y, desde entonces, Luis tenía su PIRMI, había intentado algún trabajo -con poco éxito, por cierto- y dormía en pensión.
Pero los procesos no son cuentos de hadas. Los hay que terminan mal. O, mejor dicho, terminan no de la manera que a ti te gustaría que terminasen.
Y por mucho que te pongas corazas, en este juego de las relaciones humanas o te implicas o el tema como que suena a falso. Es lo que hay.
Por eso me sabe a fracaso el que Luis ya no esté en la pensión y que se haya interrumpido un proceso en el que yo tenía puestas mis esperanzas, soñando que Luis podría crecer en autonomía hiciese falta el tiempo que hiciese falta, pero sin marchas atrás. Las marchas atrás duelen, aunque quieras hacerte el fuerte.
Ya sé. Yo mismo lo he dicho muchas veces: Hay que estar, sin prisas, sólo estar, sólo acompañar…, es él quien nos ha de marcar los pasos a dar. Pero, cuando ocurre… y el proceso se rompe… te lo sientes. Y pienso que hasta es bueno que me lo sienta.
Pero por encima del sentimiento, por encima de lo que yo pueda sentir, debe de prevalecer la voluntad del otro, de lo que el otro tenga decidido. Y ahora toca seguir esperando… y seguir estando… cerca…, para cuando él decida ir más allá…
Y, entre tanto, en esta espera, también sería bueno preguntarnos si no nos habremos equivocado en algo. Sin violentarnos ni flagelarnos; pero pensando que tampoco nosotros somos perfectos: Revisemos.
El que se haya ido no debe angustiarnos, pero tampoco nos debe dejar impasibles. Como si nos diera lo mismo que hoy Luis esté en una pensión y mañana esté tirado entre cartones: ¡Se trata de Luis! (del mismo modo que cuando se trata de Pedro o de José o de cualquier otra de las personas de las que vamos conociendo en Arrels: Como personas, ¡somos únicas!).
El martes anterior había estado en el Centre Obert y habíamos jugado una partida de ajedrez. Hablamos, pero no le noté nada que delatara de su futura decisión. Incluso habíamos quedado para tomarnos un café el martes siguiente. Lo hacíamos con cierta frecuencia. Pero se le debió olvidar. O a lo mejor llamó a Ester precisamente para que no le esperase… ¡Vaya usted a saber…! (¡Já! ¡Y yo que me lo crea…!)
Ahora no sé donde está. Espero que venga por Riereta de vez en cuando. Al menos para ducharse. Aprovecharía para hablar con él y saber cómo se encuentra.
Mientras tanto, ahí estaremos, esperando… a lo que él decida.
Y, al mismo tiempo, ¡sin agobios!, dedicar un tiempo a preguntarnos: «¿Y qué será lo que necesita Luis?». Que no sea siempre culpabilizar al otro…
Enrique




