PUEDES SER TÚ

Reconocemos, como personas que hemos estado o están en la calle, que no todos somos lo mismo.
La leche de unos puede ser buena, la de otros mala, puede que la de otros sea desnatada.
Los actos incívicos, como protestan muchos ciudadanos, es cierto que los hemos o han cometido todos en momentos en los que el cuerpo revienta y expulsa lo que en ese instante aprieta.
Se ha bebido y bebe en la calle, notándose más en las personas que moran en ella porque se tiende a frecuentar sitios concretos. Pero no hay que olvidar que el perfil de cada uno de ellos, es gemelo de la sociedad «pudiente»: No son marcianos o habitantes de otro planeta.
Así, pues, mirando a quien en la calle duerme, pon tu barba a remojar, pues a veces, si Santa Bárbara truena y te coge desprotegido, vienen las rebajas y puedes perfectamente ser cogido como saldo.

Gabriel

¡UN MUNDO SOLO BASTA! (ni Primero , ni Tercer, ni Cuarto)

En los últimos días de Agosto, Arrels, como Fundación, fue invitada a que una representación de usuarios, definidos como «los sin voz», la tuvieran en unas jornadas organizadas por la EAPN España (European Anti Poverty Network-Red Española de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social ), cuyo título era: «V Encuentro Estatal de Personas en Situación de Pobreza y Exclusión Social».
Se hicieron talleres en los que libremente se expusieron las opiniones de quien quiso hacerlas, todas siempre tomando como guía la gran -y cierta- cantidad de carencias de quien lleva el apellido de «pobre» o «casi pobre», pudiendo cambiar el término pobre con cualquier otro que el término lo signifique.
A mí, particularmente, lo que me quedó más grabado fueron los términos Cuarto Mundo y la propuesta generalizada de una pensión cuyo mínimo tenga como referencia el salario mínimo.
El oír Cuarto Mundo en referencia a nosotros me repelió, pues lo interpreté como aceptación de que la sociedad está coja al admitir la existencia de la pobreza y que no hay solución a corto ni a medio plazo. Y que es una pena, pero que no existe por el momento intención de inyectar fondos para que, con una paga digna, se pueda maquillar un poco los problemas de miseria que existen y que puede que se agranden cuando se incorporen a la masa de «los sin voz» de ahora, la de aquellos que han venido de otras culturas a buscarse la vida.
Inversión que, si se hiciera, a corto plazo ayudaría a que al menos la sociedad dejara el bastón, aunque se le notara que cojea.

Gabriel 

COMENCÉ A BEBER POR MIEDO A LA NOCHE

Hacía tan sólo dos días que Fermín estaba viniendo por el «Centre Obert».
Seguramente que uno de los equipos de calle de Arrels, después de un largo proceso…, de mucha relación…, de ganarse la confianza… de esperar…, había conseguido que Fermín se fiase…
Y allí estaba…
Enseguida le vi. Era la primera vez que coincidíamos en Riereta.
Me llamó la atención su mirada. Era una mirada triste, oscura, distante.
Una mirada que no quiere ver.
Quise hablar con él. Recibirle cordialmente. Que se encontrase a gusto. Que no se perdiese entre tanto desconocido. Que notase que alguien estaba ahí y que se había dado cuenta de su presencia. Que no pasaba desapercibido.
(A mí me gusta que alguien esté por mí cuando entro por primera vez en un lugar extraño).
Me senté junto a él y me presenté.
No sabía nada de él.
(Tampoco él sabía nada de mí…)
Me dijo su nombre: Fermín.
Nos callamos.
A mí me cuesta mucho llevar una conversación. Soy más bien parco en palabras. Y tampoco me gusta ir por ahí contando mi vida al primer desconocido que se me viene encima.
A Fermín le debió pasar lo mismo.
Y por eso, seguramente, que en ese día no hablamos mucho más.
Nos mantuvimos sentados callados.

Al jueves siguiente le volví a ver.
Me alegré.
Eso quería decir que seguía durmiendo en una pensión y que seguía decidido a dejar la calle.
No estaba mal. En estas cosas hay que alegrarse por el hoy. Porque mañana tal vez haya que volver a empezar…
Y con estas ganas, me acerqué a Fermín. Le saludé afectuosamente, llamándole por su nombre…
(A mí me gusta que me llamen por mi nombre).
Fermín me dio la mano y me sonrió… con la mirada triste…
El no había olvidado mi cara. Mi nombre seguramente que sí.
– ¿Te acuerdas, Fermín? Soy Enrique… Nos vimos el jueves pasado…
– Me recuerdo, contestó.
– Sigues viniendo…
Nos sentamos.
Ese día hablamos un poco más: del tiempo, del frío, del calor…
Nos acostumbramos, al menos yo, a que cada jueves echásemos nuestra «xerradeta». Y poco a poco, ambos, nos fuimos ganando la confianza del otro: Del silencio y del escuchar, fuimos pasando al preguntar, sin demasiadas pretensiones.

Un día, hablando de dentaduras -él la tenía muy mal- y de dentistas, Fermín me confesaba:
– Enrique, yo comencé a beber por miedo a la noche… 
Me impresionó… y callé…
Resulta que, una noche, unos jóvenes se acercaron al banco donde Fermín dormía. Y, sin mediar palabra, le apalearon… Sin más…
Le destrozaron el cuerpo y la boca. Luego fue a los servicios de urgencias.
Le arreglaron el cuerpo; pero la boca ni se la tocaron.
Desde entonces es que cogió miedo a la noche… (También es que le destrozaron el alma).

Conforme pasa el tiempo, a Fermín se le va cambiando la mirada. No ha perdido su pizca de tristeza que vagabundea Dios sabe por dónde. Pero él se va sintiendo cada vez mejor. Y lo dice:
– He empezado a dejar de beber.
Y lo comenta con orgullo, o al menos yo lo quiero interpretar así.
Lo dice con la satisfacción de quien está recuperando algo que tenía perdido.
Me alegro con él:
– Fermín, ¿te encuentras bien?…
– ¡Cada vez mejor!…
Me alegro por él.
Quizá, pienso, está redescubriendo su vida…
No sé su historia. Ni me importa: Tampoco él sabe la mía y no creo que le moleste demasiado…
Lo que sí sé es que Fermín no bebe…
Entre otras cosas, porque Fermín ya no tiene miedo a la noche…
Con el tiempo, a lo mejor, dejará de tener miedo a la vida…
Pero esa será otra historia del mañana.
Y yo, hoy, todavía, estoy saboreando el presente…

Enrique

¿Cuál es el problema? (VI)

Los que estamos en esto sabemos que conseguir que una persona recupere su normalidad de vida es más fácil cuanto menos tiempo haya estado en la calle.
El ir a la calle no es una decisión que tomen voluntariamente y por capricho. Es luego que la calle se convierte en su propia celda y su refugio para ampararse de tantos sin-sabores.
Y pierden la confianza en todo y en todos. Los demás sólo les servimos en cuanto nos pueden sacar alguna cosa para seguir sobreviviendo. Por lo que es bastante normal que quieran aprovecharse de hasta nuestra buena voluntad por ayudarlos.
La suciedad, el oler mal, el dormir a la intemperie…, dejan de ser problemas para ellos.
Y sucede que nosotros no podemos concebir que haya alguien que pueda vivir así, porque “nosotros” no podríamos vivir así.
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LA DENUNCIA DE ONG PROYECTO7 (Buenos Aires)

Fuente: Pañuelos en rebeldía

«En el día de ayer, el grupo de autoconvocados por los derechos de los pibes de la calle realizó una movilización a la Municipalidad de La Plata y posterior escrache a la Comisaría 1ª para denunciar las agresiones que recibieron un grupo de chicos de la calle durante cuatro días consecutivos por parte de efectivos de dicha comisaría y con participación de bicipolicías en el brutal ataque del viernes 25, por la noche. El Estado Municipal y Provincial no da respuestas concretas.» (…)

La noticia continúa en su blog http://proyecto7bsas.blogspot.com/

Entre el éxito y el fracaso

El éxito

Normalmente nuestra medida del éxito comienza cuando se consigue que, el hasta ahora excluido, se adapte a estar en un lugar digno, bien cuidado, bien limpio, bien comido y bien bebido. Y a partir de ahí lanzarlo y auparlo hacia mayores logros de autonomía.

Y es verdad. Todos nos ponemos contentos cuando esto se consigue.
Evaluamos como éxito el hecho de que la persona llegue a la cota que para nosotros significa el mínimo de dignidad.
Es este mínimo el que creemos -¡y exigimos! con razón- que todo el mundo tiene derecho a disfrutar sin que por ello se le deba de pedir nada a cambio, del mismo modo que no pedimos certificado de buena conducta a nadie (bueno, sí, para los inmigrantes ya falta menos…) para hospitalizar o para darle escuela.
Pero se llegue o no se llegue a esta situación, en el camino se viven otros éxitos que van más allá de la apariencia externa en que se encuentre la persona y que normalmente quedan escondidos en su intimidad.

Os contaré:

Cuando hago calle, me siento bien y disfruto.
Y disfruto y me siento bien, porque veo pequeños, minúsculos, si queréis, éxitos en la gente a la que acompaño, aunque en ese momento aquella persona no quiera saber nada de todo aquello que pueda significar ni seguridad ni bienestar conforme nosotros lo entendemos. Pero sin embargo sí se manifiestan ciertos signos que abren a la esperanza.

Y así resulta que:

    Juan José, que en un tiempo primero no nos dirigía la palabra, llegó un día en que se levantó de su banco y con una sonrisa de niño travieso nos vino a recibir con la mano tendida.

    O Alfredo que, cuando le echaron del puente, al verme me dijo: «Enrique, tú eres para mí lo «más»…»

    O Cristóbal: «Me fío de vosotros y cuando os necesite, os llamaré.

    O cuando Antonio nos decía: «Porque yo no soy un perro, soy una persona y vosotros me tratáis bien».

El éxito o el fracaso están en el interior de la persona y en cómo cada uno de nosotros resolvemos nuestros conflictos internos.

Por eso yo en la calle me siento bien cuando percibo que el otro gana en dignidad.
El éxito lo vivo en la ilusión del encuentro:
Cuando ves a Andrés y a Josep, inseparables, unos «cachondos mentales» (dicho con todo mi cariño), que no quieren nada, pero que saben, y te lo dicen, que Arrels les espera para cuando ellos quieran.
No. El éxito no está cuando nosotros quedamos tranquilos y nuestras conciencias se sienten bien (y vuelvo a repetir ¡qué gozada verlos así!).
Nuestro baremo no debería estar puesto ahí, sino en cómo él se siente y si nuestro encuentro es para él una experiencia de esperanza, de seguridad, de cariño, de «empenta» para seguir luchando y, sobretodo, si es para descubrir «razones» para volver a vivir.
Y eso se da o no se da estando limpio o sucio, bebido o sobrio, durmiendo en la calle o en una habitación de un hotel de cinco estrellas.
Con facilidad caemos en la tentación de «materializar» el éxito o, mejor dicho, convertir en éxito aquello que es material:
–  ¿Has visto qué bien se casó fulanita? Se casó con un alto ejecutivo de una importante empresa.
Pero nos callamos si con quien se casó:
– Es una buena persona, aunque es «un muerto de hambre»
Y, si lo decimos, es para consolar a quien ya se casó con «el muerto de hambre» que quizá sea una buena persona.
Esta sociedad nos arrastra y caemos de cuatro patas.
Y sigo diciendo que los derechos son los derechos y que todo el mundo tiene derecho a vivir dignamente. Y nosotros, todos, tenemos el deber de proporcionar los medios que nos permitan a todos vivir con dignidad.
Pero definir lo que son éxitos o fracasos en la vida de las personas, es otra cosa o debería de ser otra cosa.
Porque una cosa es vivir dignamente y otra muy distinta es considerar que la persona es más o menos digna en función del status en que se encuentre.
Luego vendrá, si viene, el bien comer y el bien dormir, aunque la lucha por el bien vivir continuará siempre.

Enrique

LA VETA

El otro día charlaba con Richard sobre el blog intentando decirle que me sentía incapaz de seguir escribiendo porque todo lo que decía no era totalmente la verdad. Porque no sabía describir el bien y el mal de los que entramos en Arrels o en cualquier otro lugar dedicado a recibir a quien solicite o no precisa ayuda. Que él daba a leer la verdad de lo que contamos, el lugar y el modo en el momento que lo ve.
Richard comentó que no era su intención ponerse en el lugar de aquel a quien intenta ayudar. Que sabe perfectamente que la balanza no la tiene él para pesar el bien ni tampoco el mal. Él, con sus medios, da la mano, escucha e intenta sensibilizar.
Así que, supongo, que una manera será seguir ahondando en la mina, buscando una y otra vez la veta que la fe le dice que existe, con la ayuda de los comentarios de los que leen lo que se escribe que, separando alabanzas, escuche las posibles soluciones que se les ocurra a quien lee y, a quien, por lo que sea, nada dice aunque vea.

Gabriel

Cuando no sabes ni qué decir

En el blog de mis queridos colegas de Asís, «El Hotel de las mil estrellas», había una polémica sobre si las personas que están en la calle son culpables o no de estar así y en qué se ha fallado para que hayan personas que se encuentren en esta situación. Se me ocurrió entrar en el debate explicando mi última experiencia en la «Pensión Calatrava». He pensado que sería bueno ponerla también aquí y, de paso, animaros a que entréis en «el Hotel»

El otro día estuve por última vez en «La Pensión Calatrava» con Puri.
Estaban Enrique, Regina y Antonio.
Enrique ya es mayor y no quiere nada, pero se muere en la calle. Está mal y con temblores por el síndrome de abstinencia seguramente. Ahora no bebe porque el beber le sienta mal. Podría ir a la Llar Pere Barnés (de hecho él lo pidió y ha estado algunos días, incluso ha pagado por adelantado), pero ahora no quiere, prefiere estar con sus colegas. Yo estoy seguro que se morirá en la calle. Y tú sólo puedes que acompañar…
Regina, totalmente bebida, nos enseña sin pudor sus pechos para mostrarnos cómo Antonio le ha roto la blusa y el sujetador. Y también nos muestra los brazos que, según dice, se los ha quemado Antonio con cigarrillos. Y Antonio, mientras, gritando: «¡Ha tirado medio kilo de carne!,¡30€!». Y, efectivamente, en el suelo, hay carne rebozada de tierra. Y violentamente le quita a Regina el tabaco que mantiene escondido.
Y tú no sabes ni qué decir, ni qué hacer. Quisieras estar lejos de allí para no verte pringado en tal fregado. Pero aguantas y escuchas y acompañas y no dices nada, porque no sabes ni qué decir.
No tengo tiempo ni de pensar quién es culpable o si merece o no merece más oprtunidades o si debo de exigirle algo a cambio de…
Sólo sufro con ellos, porque ellos están sufriendo.

Donde estará el Gamusino

Gabriel también vino a la Ruca y hoy nos cuenta la anécdota del «Gamusino».
¿No sabéis qué es un «Gamusino»…?!

Es curiosa la forma de interpretar la salida de 6 días -excursión larga, vacaciones o como quieran llamarla- de personas con un denominador común: intentar pasar ese tiempo lo más tranquilo y relajado posible.
Están los que miran que esa tranquilidad no se rompa dentro de lo posible y los que van porque, unos: «si hay que ir se va» y otros: «vamos a ver a dónde nos llevan» o «a dónde vamos esta vez».

Dentro de lo que se puede hacer en esos días, concretamente por la noche, es ir en busca del «Gamusino». Una especie de unicornio enano que suele encontrarse cuando uno deja de ver las estrellas o bien cuando dejan de mirar a las vacas que pacientemente aguantan la presencia de extraños.
Nada obliga a adentrarse en los bosques en busca de los mágicos Gamusinos que delatan con su luz la mítica presencia para los que dicen que existen.
Y, mientras dura esa aventura, otros pueden estar durmiendo jugando al parchís o mirando a las musarañas, deporte muy extendido y en estudio para agregarlo como prueba olímpica.
Se vuelve la osada expedición sin haber capturado ningún despistado Gamusino; aunque algún intrépido asegura haber visto de reojo algún raro destello de algo brillante que se movía.

Todo está como lo dejaron. La noche arropa a quien duerme o lo intenta. Quedan las conversaciones nocturnas.
Mañana un día más o uno menos: la botella está siempre igual, a la mitad.

Gabriel

María y Juan: Mare i fill

"el caso es que yo sí creo que Dios le quiere. Porque mi Dios no está tranquilo en la desigualdad."

En Abril del 2004 escribí el relato de una madre y de un hijo que, entonces, vivían en la calle.
La primera vez que Ester y yo vimos a esta mujer, María, fue en Enero de aquel año. 
Una semana después conocimos a su hijo, Juan, que ya nunca se separaría de su lado.
Desde entonces han pasado muchas cosas.
En Octubre de aquel mismo año accedieron a venir por Arrels y, desde ese momento, Arrels ha ido apoyando y reforzando la acción de la Fundació Tomás i Canet, que ejercía la tutela de María, y se les buscó pensión, a los dos.
Luego, durante más de un año, ella estuvo en un centro de salud mental y él, todos los días, sin falta, la visitaba. 
Allí comían juntos y vivían juntos. Hasta que, llegada la noche, Juan volvía a su pensión, a dormir.
Una vez por semana Juan se pasaba por Arrels para ducharse y, a veces, «si le daba tiempo», echar una partida de ajedrez.
Hace unos meses, no sé si con alta médica o sin ella, María se marchó del centro de salud mental.
Juan dejó la pensión y, juntos, se fueron a visitar a sus vírgenes… 
Hace poco regresaron.

Hoy, ahora, vengo de enterrar a María.
De repente se complicaron las cosas y el lunes Juan nos llamaba para decirnos que su madre había muerto.
Unos días antes la había ingresado en el hospital por problemas respiratorios.
Pero él, después de comunicarnos la noticia, se dió de baja de la pensión y se fue ¿quién sabe a dónde…?
Hoy no estaba en el cementerio.
Han venido sus tìas, sus primos, …, sus otros hermanos…; pero él, que era el único que siempre la había acompañado, no estaba para despedirse.
Me preocupa, nos preocupa. Él siempre había dependido de su madre. Sin ella ¿qué hará ahora…?
Le buscaremos. Y cuando le encontremos, allí estaremos, otra vez a su lado, para acompañarle en su duelo…, si nos deja…, ¡ojalá nos deje…!

En recuerdo de esta mujer, que tanto ha debido de sufrir en la vida, os invito a que volváis a leer lo que en Abril del 2004 escribía: Hasta que el cuerpo aguante.
Por lo demás, confío plenamente en que el Dios, en el que ella también creía, ya la ha acogido para su descanso.