Manuel nos dejó este comentario

Hola mellamo manuel y des de aqui quisiera da las grasia ha todas la persona que me an ayudado sobre todo a arrels que grasia a ello esalido de la calle e dejado la bebida y hoi soi una persona mui feliz me casado con una persona maravillosa que tiene una hija marravillosa tanbien que mequier como sillo fuera su padre verdadero tengo mi piso no que ante tenia cuarquier cajero que abia el primero que en comtraba hai dormia llego un momento que creia que yo moriria en la calle por que creia queno podia dejar de veve pero hoi grasia adio todo esta bien tengo un trabajo y bamos tirando para adelante solo quiero dasle todo mi agradesimiento a centro de arrels por que todo son marabilloso desde el voluntario al diresto munchas grasia perdonen por las farta de oltografia un saludo de una persona mui feliz.

El comentario lo hizo en: Entre el éxito y el fracaso

Manuel, sólo tú eres el protagonista de tu vida. Un abrazo, Enrique 

EL COLCHÓN

Desde siempre se ha admitido que existe un ‘colchón’ en la sociedad que separa a los cada vez más ricos de los cada día más pobres.
Si se encontrara el medio de hacer entender a los integrantes de esa clase intermedia de que es más fácil que caigan que no que suban, sería mucho más sencillo dar a entender que las ayudas a los que nada tienen, pueden, en su día, ser también su único sustento.
Me comentaron que hay países en donde esas ayudas se dan no como ‘caridad’ sino como un derecho que todo ciudadano tiene. Y no se trata de hacer promesas políticas para salir al paso de quien ha sido invitado a escuchar las quejas de personas que, por su economía, están incapacitadas incluso a lo más básico como es un techo, sino que, si es necesario, tachar lo que no se cumple de lo que está escrito en la Constitución.
No puedes escribir alegremente que todo ciudadano tiene derecho a una vivienda, cuando hay tantas personas viviendo en la calle, o cuando se echa de unas casas, todo legalmente ejecutado, a gente que en ellas han vivido toda su vida.
Crisis es palabra que se escucha cuando se ha terminado de llenar los bolsillos, todo hecho según y conforme a la ley, el que especula con el suelo. Crisis que se acaba cuando todo el mundo se ha vuelto a rellanar las carteras, dejando en el camino a quien ha sido menos espabilado.
Así, pues, dejados otra vez todos en sus puestos, vuelve a rodar la bola y se vuelve a jugar a las altas finanzas, retornando a ser todos meros números estadísticos, listos para consumir y para volver a rellenar ese ‘colchón’  que necesitan los pudientes para su supervivencia, desechando al otro lado a quienes no han podido aguantar la presión.

Gabriel

¿Cuál es el problema? (VII)

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Cuando hacemos la calle, nosotros no sabemos si la persona a la que nos acercamos quiere cambiar.
Lo que sí sabemos es que somos nosotros quienes deseamos que quiera cambiar.
Esto no modifica mi relación en lo que se refiere a mi respeto y a su libertad; pero sí modifica mi comportamiento y mi modo de exigir:

El ‘Interesado’ no es él, soy yo

Si esto es así, mi modo de intervenir deberá adaptarse, de manera que al final se consiga que:

El ‘Interesado’ seamos los dos

Que es lo mismo que decir:
Mi intervención estará sustentada, no tanto en la recriminación por aquello que hace mal, o en la adulación cuando se porta bien, sino en ayudarle a encontrar otras razones que le hagan querer cambiar.
Este tipo de intervención sin duda es más complicada y necesita de más tiempo. Pero es la que dignifica, porque cuenta con la persona, la valora como tal y respeta su proceso.

Ver los otros ¿Cúal es el problema?

¿QUÉ ES LO QUE PUEDO HACER YO?

No. Los consejos pocas veces sirven. ¿Quién es nadie para dar consejos?
Uno, en todo caso, puede abrir su experiencia a los demás y, sin juzgar nada, ¡que cada cuál aguante su vela!
¿Mi experiencia?: Un grano de arena en una inmensa playa.

Las situaciones de exclusión, de mal vivir, me sobrepasan, están más allá de lo que yo puedo abarcar y de entender y de dar soluciones. Pero tampoco quiero pasar por la vida haciendo de lo que me rodea algo que no me afecta a mí personalmente.

Intento no culpabilizar a ninguno y menos al que padece la injusticia y tiene sus derechos enajenados.

Si he de echar la culpa a alguien, es a la sociedad y como que en ella estoy, por mucho que la critique, no dejo de ser uno de sus afortunados beneficiarios. Por lo que, en este sentido, ayudo a su sostenibilidad y no puedo excluirme de ser otro más de entre los culpables de que esta sociedad sea lo que es.

Aunque la encuentro injusta.

¿Cómo va a ser justo un sistema en donde hay ricos que lo son tanto que da vergüenza que lo sean?

¿Cómo va ser justo un sistema en donde si tienes más, más vas a poder tener y, si tienes menos, tienes todas las posibilidades de quedarte sin nada?

Ante este panorama, ¿mi postura?; ¿lo que siempre empiezo y siempre luego tengo que volver a intentar?:

    – Procurar no agobiarme ante tanto que habría que cambiar, pero que hay que cambiar.
    – Ser feliz, intentando hacer feliz al que está cerca de mí.
    – Luchar por intentar ser consecuente y ser crítico con un sistema que siempre busca «venderme la moto»
    – Denunciar y exigir los derechos de aquellos que no los tienen, aunque con ello se vean mermadas algunas/muchas de mis prebendas.

Y con este bagaje me acerco al que está en la calle. Intentando no proyectarle mis agobios y buscar entre los dos ser un poco más felices -los dos-

Ya sé; no dí solución a nada.

Enrique

PUEDES SER TÚ

Reconocemos, como personas que hemos estado o están en la calle, que no todos somos lo mismo.
La leche de unos puede ser buena, la de otros mala, puede que la de otros sea desnatada.
Los actos incívicos, como protestan muchos ciudadanos, es cierto que los hemos o han cometido todos en momentos en los que el cuerpo revienta y expulsa lo que en ese instante aprieta.
Se ha bebido y bebe en la calle, notándose más en las personas que moran en ella porque se tiende a frecuentar sitios concretos. Pero no hay que olvidar que el perfil de cada uno de ellos, es gemelo de la sociedad «pudiente»: No son marcianos o habitantes de otro planeta.
Así, pues, mirando a quien en la calle duerme, pon tu barba a remojar, pues a veces, si Santa Bárbara truena y te coge desprotegido, vienen las rebajas y puedes perfectamente ser cogido como saldo.

Gabriel

¡UN MUNDO SOLO BASTA! (ni Primero , ni Tercer, ni Cuarto)

En los últimos días de Agosto, Arrels, como Fundación, fue invitada a que una representación de usuarios, definidos como «los sin voz», la tuvieran en unas jornadas organizadas por la EAPN España (European Anti Poverty Network-Red Española de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social ), cuyo título era: «V Encuentro Estatal de Personas en Situación de Pobreza y Exclusión Social».
Se hicieron talleres en los que libremente se expusieron las opiniones de quien quiso hacerlas, todas siempre tomando como guía la gran -y cierta- cantidad de carencias de quien lleva el apellido de «pobre» o «casi pobre», pudiendo cambiar el término pobre con cualquier otro que el término lo signifique.
A mí, particularmente, lo que me quedó más grabado fueron los términos Cuarto Mundo y la propuesta generalizada de una pensión cuyo mínimo tenga como referencia el salario mínimo.
El oír Cuarto Mundo en referencia a nosotros me repelió, pues lo interpreté como aceptación de que la sociedad está coja al admitir la existencia de la pobreza y que no hay solución a corto ni a medio plazo. Y que es una pena, pero que no existe por el momento intención de inyectar fondos para que, con una paga digna, se pueda maquillar un poco los problemas de miseria que existen y que puede que se agranden cuando se incorporen a la masa de «los sin voz» de ahora, la de aquellos que han venido de otras culturas a buscarse la vida.
Inversión que, si se hiciera, a corto plazo ayudaría a que al menos la sociedad dejara el bastón, aunque se le notara que cojea.

Gabriel 

COMENCÉ A BEBER POR MIEDO A LA NOCHE

Hacía tan sólo dos días que Fermín estaba viniendo por el «Centre Obert».
Seguramente que uno de los equipos de calle de Arrels, después de un largo proceso…, de mucha relación…, de ganarse la confianza… de esperar…, había conseguido que Fermín se fiase…
Y allí estaba…
Enseguida le vi. Era la primera vez que coincidíamos en Riereta.
Me llamó la atención su mirada. Era una mirada triste, oscura, distante.
Una mirada que no quiere ver.
Quise hablar con él. Recibirle cordialmente. Que se encontrase a gusto. Que no se perdiese entre tanto desconocido. Que notase que alguien estaba ahí y que se había dado cuenta de su presencia. Que no pasaba desapercibido.
(A mí me gusta que alguien esté por mí cuando entro por primera vez en un lugar extraño).
Me senté junto a él y me presenté.
No sabía nada de él.
(Tampoco él sabía nada de mí…)
Me dijo su nombre: Fermín.
Nos callamos.
A mí me cuesta mucho llevar una conversación. Soy más bien parco en palabras. Y tampoco me gusta ir por ahí contando mi vida al primer desconocido que se me viene encima.
A Fermín le debió pasar lo mismo.
Y por eso, seguramente, que en ese día no hablamos mucho más.
Nos mantuvimos sentados callados.

Al jueves siguiente le volví a ver.
Me alegré.
Eso quería decir que seguía durmiendo en una pensión y que seguía decidido a dejar la calle.
No estaba mal. En estas cosas hay que alegrarse por el hoy. Porque mañana tal vez haya que volver a empezar…
Y con estas ganas, me acerqué a Fermín. Le saludé afectuosamente, llamándole por su nombre…
(A mí me gusta que me llamen por mi nombre).
Fermín me dio la mano y me sonrió… con la mirada triste…
El no había olvidado mi cara. Mi nombre seguramente que sí.
– ¿Te acuerdas, Fermín? Soy Enrique… Nos vimos el jueves pasado…
– Me recuerdo, contestó.
– Sigues viniendo…
Nos sentamos.
Ese día hablamos un poco más: del tiempo, del frío, del calor…
Nos acostumbramos, al menos yo, a que cada jueves echásemos nuestra «xerradeta». Y poco a poco, ambos, nos fuimos ganando la confianza del otro: Del silencio y del escuchar, fuimos pasando al preguntar, sin demasiadas pretensiones.

Un día, hablando de dentaduras -él la tenía muy mal- y de dentistas, Fermín me confesaba:
– Enrique, yo comencé a beber por miedo a la noche… 
Me impresionó… y callé…
Resulta que, una noche, unos jóvenes se acercaron al banco donde Fermín dormía. Y, sin mediar palabra, le apalearon… Sin más…
Le destrozaron el cuerpo y la boca. Luego fue a los servicios de urgencias.
Le arreglaron el cuerpo; pero la boca ni se la tocaron.
Desde entonces es que cogió miedo a la noche… (También es que le destrozaron el alma).

Conforme pasa el tiempo, a Fermín se le va cambiando la mirada. No ha perdido su pizca de tristeza que vagabundea Dios sabe por dónde. Pero él se va sintiendo cada vez mejor. Y lo dice:
– He empezado a dejar de beber.
Y lo comenta con orgullo, o al menos yo lo quiero interpretar así.
Lo dice con la satisfacción de quien está recuperando algo que tenía perdido.
Me alegro con él:
– Fermín, ¿te encuentras bien?…
– ¡Cada vez mejor!…
Me alegro por él.
Quizá, pienso, está redescubriendo su vida…
No sé su historia. Ni me importa: Tampoco él sabe la mía y no creo que le moleste demasiado…
Lo que sí sé es que Fermín no bebe…
Entre otras cosas, porque Fermín ya no tiene miedo a la noche…
Con el tiempo, a lo mejor, dejará de tener miedo a la vida…
Pero esa será otra historia del mañana.
Y yo, hoy, todavía, estoy saboreando el presente…

Enrique

¿Cuál es el problema? (VI)

Los que estamos en esto sabemos que conseguir que una persona recupere su normalidad de vida es más fácil cuanto menos tiempo haya estado en la calle.
El ir a la calle no es una decisión que tomen voluntariamente y por capricho. Es luego que la calle se convierte en su propia celda y su refugio para ampararse de tantos sin-sabores.
Y pierden la confianza en todo y en todos. Los demás sólo les servimos en cuanto nos pueden sacar alguna cosa para seguir sobreviviendo. Por lo que es bastante normal que quieran aprovecharse de hasta nuestra buena voluntad por ayudarlos.
La suciedad, el oler mal, el dormir a la intemperie…, dejan de ser problemas para ellos.
Y sucede que nosotros no podemos concebir que haya alguien que pueda vivir así, porque “nosotros” no podríamos vivir así.
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Entre el éxito y el fracaso

El éxito

Normalmente nuestra medida del éxito comienza cuando se consigue que, el hasta ahora excluido, se adapte a estar en un lugar digno, bien cuidado, bien limpio, bien comido y bien bebido. Y a partir de ahí lanzarlo y auparlo hacia mayores logros de autonomía.

Y es verdad. Todos nos ponemos contentos cuando esto se consigue.
Evaluamos como éxito el hecho de que la persona llegue a la cota que para nosotros significa el mínimo de dignidad.
Es este mínimo el que creemos -¡y exigimos! con razón- que todo el mundo tiene derecho a disfrutar sin que por ello se le deba de pedir nada a cambio, del mismo modo que no pedimos certificado de buena conducta a nadie (bueno, sí, para los inmigrantes ya falta menos…) para hospitalizar o para darle escuela.
Pero se llegue o no se llegue a esta situación, en el camino se viven otros éxitos que van más allá de la apariencia externa en que se encuentre la persona y que normalmente quedan escondidos en su intimidad.

Os contaré:

Cuando hago calle, me siento bien y disfruto.
Y disfruto y me siento bien, porque veo pequeños, minúsculos, si queréis, éxitos en la gente a la que acompaño, aunque en ese momento aquella persona no quiera saber nada de todo aquello que pueda significar ni seguridad ni bienestar conforme nosotros lo entendemos. Pero sin embargo sí se manifiestan ciertos signos que abren a la esperanza.

Y así resulta que:

    Juan José, que en un tiempo primero no nos dirigía la palabra, llegó un día en que se levantó de su banco y con una sonrisa de niño travieso nos vino a recibir con la mano tendida.

    O Alfredo que, cuando le echaron del puente, al verme me dijo: «Enrique, tú eres para mí lo «más»…»

    O Cristóbal: «Me fío de vosotros y cuando os necesite, os llamaré.

    O cuando Antonio nos decía: «Porque yo no soy un perro, soy una persona y vosotros me tratáis bien».

El éxito o el fracaso están en el interior de la persona y en cómo cada uno de nosotros resolvemos nuestros conflictos internos.

Por eso yo en la calle me siento bien cuando percibo que el otro gana en dignidad.
El éxito lo vivo en la ilusión del encuentro:
Cuando ves a Andrés y a Josep, inseparables, unos «cachondos mentales» (dicho con todo mi cariño), que no quieren nada, pero que saben, y te lo dicen, que Arrels les espera para cuando ellos quieran.
No. El éxito no está cuando nosotros quedamos tranquilos y nuestras conciencias se sienten bien (y vuelvo a repetir ¡qué gozada verlos así!).
Nuestro baremo no debería estar puesto ahí, sino en cómo él se siente y si nuestro encuentro es para él una experiencia de esperanza, de seguridad, de cariño, de «empenta» para seguir luchando y, sobretodo, si es para descubrir «razones» para volver a vivir.
Y eso se da o no se da estando limpio o sucio, bebido o sobrio, durmiendo en la calle o en una habitación de un hotel de cinco estrellas.
Con facilidad caemos en la tentación de «materializar» el éxito o, mejor dicho, convertir en éxito aquello que es material:
–  ¿Has visto qué bien se casó fulanita? Se casó con un alto ejecutivo de una importante empresa.
Pero nos callamos si con quien se casó:
– Es una buena persona, aunque es «un muerto de hambre»
Y, si lo decimos, es para consolar a quien ya se casó con «el muerto de hambre» que quizá sea una buena persona.
Esta sociedad nos arrastra y caemos de cuatro patas.
Y sigo diciendo que los derechos son los derechos y que todo el mundo tiene derecho a vivir dignamente. Y nosotros, todos, tenemos el deber de proporcionar los medios que nos permitan a todos vivir con dignidad.
Pero definir lo que son éxitos o fracasos en la vida de las personas, es otra cosa o debería de ser otra cosa.
Porque una cosa es vivir dignamente y otra muy distinta es considerar que la persona es más o menos digna en función del status en que se encuentre.
Luego vendrá, si viene, el bien comer y el bien dormir, aunque la lucha por el bien vivir continuará siempre.

Enrique

LA VETA

El otro día charlaba con Richard sobre el blog intentando decirle que me sentía incapaz de seguir escribiendo porque todo lo que decía no era totalmente la verdad. Porque no sabía describir el bien y el mal de los que entramos en Arrels o en cualquier otro lugar dedicado a recibir a quien solicite o no precisa ayuda. Que él daba a leer la verdad de lo que contamos, el lugar y el modo en el momento que lo ve.
Richard comentó que no era su intención ponerse en el lugar de aquel a quien intenta ayudar. Que sabe perfectamente que la balanza no la tiene él para pesar el bien ni tampoco el mal. Él, con sus medios, da la mano, escucha e intenta sensibilizar.
Así que, supongo, que una manera será seguir ahondando en la mina, buscando una y otra vez la veta que la fe le dice que existe, con la ayuda de los comentarios de los que leen lo que se escribe que, separando alabanzas, escuche las posibles soluciones que se les ocurra a quien lee y, a quien, por lo que sea, nada dice aunque vea.

Gabriel