MURIÓ UN DÍA DE DICIEMBRE EN LA CALLE

Un día de este mes de diciembre de 2009, murió en la calle un hombre que vivía en la calle.
Apenas nadie se hizo eco de la noticia.
Hasta aquí todo normal. La muerte de un hombre solo en la calle ya hace tiempo que dejó de ser noticia en una gran ciudad como es Barcelona.
Lo grave en este caso es que este hombre no debería haber muerto en la calle.

Javier, digamos que éste era su nombre, sufría la enfermedad de Corea de Huntington, también conocida como “Baile de San Vito”. Es una enfermedad neurodegenerativa y que conduce inevitablemente a la muerte.
Todos lo sabíamos, pero Javier estaba en la calle.

Puri y yo le vimos por primera vez en febrero del 2009, aunque ¡vaya usted a saber desde cuando Javier paseaba las calles!…

Todos hicimos lo que teníamos que hacer.

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MARTES, 1 de Diciembre de 2009

Juan José

Algunas veces invitamos a un café o compramos un bocadillo. Lo solemos hacer; pero no con demasiada frecuencia. Pensamos que tampoco con ello vamos a solucionar el problema. Pero sirve para relacionarnos, para ganar en confianza.

Con Juan José hacemos una excepción. Es bastante habitual que nos sentemos con él para compartir un «cortado».
Pero, además, lo novedoso es que, en este caso, es Juan José quien se empeña en invitarnos y no consiente en que seamos nosotros quienes paguemos.
Es tal su tozudez, que se nos hace muy difícil el negarnos. Aunque por otro lado, reconozco que, tanto a Puri como a mí, nos parece entrañable ese momento en que, estirándonos del brazo, nos dejamos llevar y, una vez sentados en el velador del bar, él solicita al camarero nuestras demandas, vigilando, al mismo tiempo, que ninguno de nosotros nos adelantemos a pagar.
– Enrique, ¿va un «carajillo»?. Sigue leyendo

22 DE NOVIEMBRE: DÍA DE LOS SIN TECHO. «LOS LUNES AL SOL»

Cada año, en Noviembre, se celebra el día de los que viven en situación de calle. Os adjunto la campaña de Cáritas y un MANIFIESTO que ha lanzado  VOCES CONTRA LA EXCLUSIÓN de Sevilla.
Desde hace algunas semanas que voy constatando en el día a día lo que hace meses ya anunciábamos y nos temíamos que pasaría a causa de esta crisis: YA HAY MÁS GENTE QUE DUERME EN LA CALLE. Y son personas que aún no están deterioradas. Son trabajadores y trabajadoras que han sido expulsadas del mundo laboral y que, sin trabajo, agotado el desempleo, sin dinero, los amigos también les han dado la espalda, solos, ya están en la calle.
Los he llamado «LOS LUNES AL SOL», pero los protagonistas de la película, al contrario de los que ahora os presento, aún mantenían sus casas…

LOS LUNES AL SOL

– ¿Pero ya te vas?
Era Óscar. Durante más de veinte minutos nos había contado sus desgracias y alguna cosa de su vida.
Le parecía poco.
Él seguramente esperaba algo más de nosotros. Algún movimiento por nuestra parte, alguna palabra que le hubiese abierto a la esperanza.
Óscar es colombiano. Vino a Barcelona hace ocho años. Le dieron trabajo y tuvo “papeles”. Luego marchó a Madrid y allí siguió trabajando.

–          ¡Eso era trabajar! Había días que tenía que renunciar a trabajos que me ofrecían. No daba abasto…

Óscar es joven y fuerte.

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MURIÓ “EL SEVILLA”, UN INDIGENTE

Agradecimiento y admiración
para todos los profesionales y voluntarios
del Ayuntamiento de Barcelona ,
de la Llar Pere Barnés y del Centre Obert d’Arrels
que en algún momento de la vida del ‘Sevilla’
le dedicaron su tiempo y su cariño
y que él siempre valoró.

El-sevilla

Ha pasado algo más de un año y aún lo recuerdo con dolor.
‘El Sevilla’ era hombre de calle.
Llevaba años, muchos años, en la calle y, otros muchos, debajo del puente de Calatrava. De hecho, según nos contaron, fue su primer inquilino, luego, vinieron y se fueron otros.

Le conocían todos los que en algún momento de sus vidas habían estado en la calle y todos le respetaban:

– Yo siempre pido las cosas con educación y con respeto y por eso a mí me respetan también -solía decir.

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Una indigente de 58 años logra un año de alojamiento gratuito

El Blog Desde La Calle se ha hecho eco de la noticia: «Un año de alojamiento gratuito. Este es el premio que ganó el pasado fin de semana Thérèse Van Belle, galardonada como la primera y, seguramente, última miss sin techo de Bélgica, de un concurso entre indigentes. La condición para poder participar en el concurso era demostrar una firme determinación de querer abandonar la vida en la intemperie y reintegrarse en la sociedad.»
Olga, autora del blog referenciado, pide comentarios.

¿Regalos o derechos?
Al hilo de esta forma de repartir, se me ocurre perfeccionar y globalizar estos certámenes, mejorándolos y extendiendo sus beneficios a más gente menesterosa que, mire usted por donde, las están pasando magras por esos mundos de Dios.

A saber:

Primero se contratarían decenas de “mercedes milás” (si no cientos o miles, en función del presupuesto que se obtenga proveniente de las piadosas donaciones recogidas y destinadas para menesterosos y otras gentes de mal vivir) para que fuesen presentadoras de tantos concursos, tipos «Gran Hermano de la precariedad», como mercedes milás se contraten.

Luego elegiríamos los grupos y haríamos los castings de rigor.

Por ejemplo: Gente que vive en la calle en Barcelona, en Madrid, en Buenos Aires (ciudad de mi buen amigo Horacio)…,  y en otras muchas capitales importantes.
Les llamaríamos los «Gran Hermano de los Mendigos o de los indigentes o de los sin techo».

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Después nos iríamos a África, a los poblados más mugrientos y con los niños más desnutridos por el hambre que encontremos (que eso «hace audiencia»).
Serían… Los «Gran Hermano de los niños que pasan hambre»
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“VOSOTROS NO SABÉIS QUÉ ES NO PODER SONREIR”

Nuestras respuestas

No se tienen las respuestas.
Y cuando crees que las tienes, se desmoronan ante la realidad del otro.
El otro, aquel al que tú pretendes ayudar, no quiere tus respuestas, no le sirven.
Él sólo quiere lo que todo el mundo queremos: SER FELIZ.
Y, para conseguirlo, él hace lo que todo el mundo hacemos: Buscar sus propias respuestas.
Y lo tiene “crudo” en su situación.
Los medios de que dispone son tan pocos y con frecuencia tan miserables, que será difícil que las encuentre; pero él, a su manera, las sigue buscando.
Y, a veces, también, se lo complicamos nosotros, queriéndole convencer que nosotros sí tenemos respuestas para que él sea feliz.
¡Ilusos…!. ¡Si ni siquiera nosotros sabemos ser felices en nuestra abundancia…!
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LA PANDEMIA DE LA CALLE

Los países ricos como que nos ponemos nerviosos enseguida con tan sólo escuchar la palabra PANDEMIA.
La sola posibilidad de quedarnos infectados nos espanta. El mundo occidental entra en una histeria colectiva sin precedentes. Es tanto nuestro miedo, que no deparamos en gastos. Gastos ingentes que se unen a medidas de protección, en muchos casos exageradas, y que sólo hacen que generar más alarma.
A todo ello se une el baile de cifras que nos vienen presentando los medios de información. Es la lista macabra del horror. Todos los países evitan estar a la cabeza de esta lista. Es curioso cómo, ahora sí, los ministros correspondientes de cada país salen enseguida a la palestra para dar todo tipo de explicaciones y justificaciones cuando aquella lista de muertos sufre cualquier mínimo aumento.

Pero no con todas las PANDEMIAS actuamos igual.
Y lo cierto es que las hay reales y que ya vienen y se sufren y matan de años: El hambre, la malaria, el SIDA, los refugiados, …
Pero todas estas pandemias están lejos de nuestros circuitos… Es difícil que nos lleguen a las sociedades ricas…
Para luchar contra ellas el mundo rico no es capaz siquiera ni de quitarse un 0,7% de sus presupuestos.
Y sí, la verdad es que nos toca en lo más profundo y nos duele cuando, por ejemplo, vemos un programa de TV enseñando esas miserias…
Pero no pasamos de ahí. Nuestra histeria colectiva no se ve acuciada hasta el punto de reclamar (¡exigir!) serios cambios estructurales que nos acerquen más a la igualdad (aun a costa de perder prebendas).

De la ONG Proyecto7, desde Argentina, he recibido un vídeo que nos habla de otra Pandemia: La PANDEMIA DE LA CALLE.
Sólo en Buenos Aires unas 15 mil personas viven y duermen en la calle y son, que se sepa (las listas de esta pandemia no se llevan desde los gobiernos), 113 las personas que han muerto en sus calles durante un año.
En España son menos, pero ya son 60 los muertos que La Red de Entidades que trabajan con Personas Sin Hogar (enredpsh) ha contabilizado en los medios de comunicación estatales. Y nuestras calles se siguen llenando de personas expulsadas, sin comerlo ni beberlo,  por la crisis. ¿Y qué se hace?, ¿y qué hacemos?.
¿Cuántas vacunas, cuantos tratamientos ha previsto el ministro de turno para combatirla?. ¿Cuántos muertos se habrán de contabilizar para incluir la calle en el protocolo millonario de PANDEMIA?

Este vídeo documento se ha extraído del reportaje realizado por Bisturí Televisión de Buenos Aires PGM17BLQ2 http://www.youtube.com/watc… sobre las personas y niños que viven en la calle en esta ciudad

LOS DERECHOS DE LOS NADIE

Nace el sol para todosHe leído la Memoria de Arrels del año 2008.
Me ha gustado en su conjunto. Y me ha llamado especialmente la atención el apartado “Tener derechos”, por lo que de siempre he pensado que de idea innovadora y valiente tiene de cara a concebir la Acción Social.
Desde que estoy en Arrels, a menudo este punto me ha cuestionado la responsabilidad que adquirimos los que trabajamos en esto de la exclusión, cuando nos creemos sinceramente que nuestra dedicación, nuestra ayuda, nuestra lucha, nuestro acompañar no tendría razón de ser si no fuere para “reconocer derechos”.
Derechos que pertenecen al excluido y que por causas propias o ajenas los tiene enajenados y nosotros, si él quiere, le podemos ayudar a recuperar.

El trabajar por reconocer sus derechos implica todo un hacer de hormiguitas, de compañía, de relación, de confianza, de libertad, de espera, de… Hasta que un buen día, tal vez, la persona decide dar pasos, pequeños pasos que le van restituyendo a la normalidad de una vida con derechos indispensables como la comida, el aseo, la medicación, un techo en donde dormir, un trabajo…
Y tú te sientes partícipe de esos logros, porque le has ayudado a que esos derechos le sean reconocidos.

Ya los tiene. Y cuando los tiene, ya nadie se los debería quitar.
Del mismo modo que ha sido él quien los ha ganado, nadie, que no sea él mismo, debería tener suficiente poder como para hacerle renunciar a ellos.

Pero no todo el que está metido en este campo de lo social y de la exclusión lo ve de la misma manera. Hay quien no reconoce como ausencia de derechos las carencias que padecen los excluidos.
Dicho de otra manera: Lo que desde Arrels se ve claro que son derechos de ‘los nadie’, hay agentes sociales que lo conciben como regalos que el excluido se ha de saber ganar.
Juegan con sus derechos como si no fuesen suyos, sino que fuesen regalos que la sociedad los ha ganado para él. Y utilizan sus derechos/”regalos” como moneda de cambio para que mejore:

– para que mejore en su autonomía,

– para que deje de beber y gane en su dignidad,

– para cuando no se sabe qué otra cosa hacer que haga remitir su violencia,

– para que sepa lo que pierde y reconsidere su conducta…

– para…

Todo por “su bien”.
El objetivo es que cambie, si quiere el regalo. Si no, se quedará sin y/o perderá lo que es/son sus derechos.

Supongo que se hace difícil no entrar en este juego cuando la mentalidad que nos rodea es que nada se da por nada y uno, que tiene el poder de dar y de quitar, siente que tiene la llave para que el otro cambie, para que el otro mejore.
«Con un pequeño empujón se puede conseguir el cambio».
Sólo es cuestión de enseñarle el caramelo y, si no cambia, se le esconde.
De este modo, lo que sólo tendría que ser un ‘simple’ retornar derechos en libertad, el agente social pasa a involucrarse en lo que él quisiera que el otro fuese y, con ello, comienza también a sentir como fracaso el comprobar que los objetivos de cambio que él se ha marcado en su plan de trabajo con el excluido no se cumplen en la persona a la que atiende.
A partir de ese momento los avances y retrocesos del proceso personal del que ‘no tiene nada’ pasan a ser avances y retrocesos, frustraciones y logros del trabajo social.
¿Por qué ha de ser así si su vida es suya? ¡Él sabrá lo que hace con su vida!

Los derechos (sobre todo los derechos mínimos y fundamentales a los que aquí nos referimos), lo sabemos, no pueden depender de cómo la persona actúe, ni de cómo la persona sea.
Si estos derechos dependiesen de la bondad o maldad de las personas o de cómo los utilizamos, a cuantos hijos de vecino de esta sociedad tendrían que quitárnoslos de vez en cuando.
Pero ocurre que nosotros, “los normales”, no dependemos de los “regalos”/derechos que nos puedan ofertar los servicios sociales. Sobre nosotros no pueden ejercer su poder. ‘Su caramelo’ no nos es necesario.
¿O es que no hay alcohólicos entre los “normalizados”?, ¿o enfermos mentales que en algún momento se muestran agresivos?, ¿o gente que no sabe o no quiere compartir, ni convivir?, ¿o gente avispada que engaña para tener más prebendas?, ¿o…
Y sin embargo “los normales”, todos tenemos casa y comemos todos los días y hay alguien que nos da la medicación y, con suerte, tras de nosotros hay una familia que nos escucha…

Los excluidos, no.

Enrique


«ES LA CONDICIÓN MÁS BAJA»

Página 12

Este artículo me llegó de Buenos Aires de la ONG Proyecto7

Se llama Horacio Avila y se quedó sin techo y obligado a vivir en la calle en 2002, porque no podía pagar el alquiler. Alternó changas y trabajos semiestables. Es uno de los fundadores de Proyecto 7, una organización que ayuda a los que viven en la calle.

Por Gustavo Veiga

Pensó que nunca le sucedería, pero se convirtió en un mutante urbano, como el título del documental que protagoniza. Léase: mutante, persona en situación de calle, último eslabón de la escala social, desecho humano en el que nadie repara. Horacio Avila tiene 46 años y las marcas en el rostro de una vida complicada. Entre 2002 y 2007 durmió en plazas y umbrales de edificios. Alternó changas y ocupaciones estables, supo de solidaridades y maltratos, de ranchadas donde compartir todo y operativos policiales donde también se perdía todo. Sus experiencias son como capas geológicas que brotan del asfalto, ese asfalto que para él se volvió tan familiar como una cama caliente para quien descansa en su casa.

Hace dos años recuperó la posibilidad de disfrutar esa cotidianidad que para muchos ciudadanos sería insignificante. “Hoy, para mí, cerrar la puerta del baño y encender la luz, orinar, afeitarme, apagar la luz de nuevo y que mi compañera me traiga el mate a la cama es una fiesta enorme. Son cosas que antes no valoraba”, dice Avila, uno de los fundadores de Proyecto 7, la organización que ayuda a quienes viven en la calle.

–¿Podría sintetizar su historia antes de transformarse en esa persona que perdió todo, incluido el techo?

–Es la historia de una vida normal, de alguien que nació laburante. Mi viejo había sido metalúrgico y mi vieja ama de casa. Yo soy el cuarto de siete hermanos. Hice la escuela primaria bien, me crié bien, como corresponde. Pasé mi infancia en San Justo, partido de La Matanza y comencé a trabajar desde muy chico, a los once años en un taller mecánico. Yo no lo veía nunca a mi viejo porque tenía como tres laburos para mantenernos. Por eso, me empezó a picar la idea de aportar unas monedas en mi casa con el propósito de verlo más, de que estuviera más tiempo con nosotros.

–¿Cómo siguió su adolescencia?

–Yo nací en 1963 y cuando los militares dieron el golpe del 24 de marzo del ’76, hacia dos años que venía trabajando. Había pasado como ayudante por una fábrica de candados, un laburo que me había conseguido mi viejo. Ya vivía en Florida y estaba estudiando la secundaria en Villa Martelli, muy cerquita de los departamentos donde mataron a Santucho. Después formé mi primera familia, de la que nació mi hijo Nicolás. Un capo total. Sabe inglés, dibujo, está en la Facultad. Y de mi segundo matrimonio tengo una hija, Lucía, que es una princesita de nueve años.

–¿Tiene algún oficio o profesión?

–Sí, hace más de veintidós años que soy tapicero de muebles y de automóviles. Hago equipamientos, soy carrocero. Siempre había tenido mi propio local en Laferrere, donde todavía vive mi hijo con la madre, que es psicóloga y una excelente mujer, una madre mejor todavía.

–¿Cuándo percibió que podía quedarse en la calle?

–Nunca lo pensé ni lo percibí. Si a mí en aquel momento me hubieran preguntado qué era vivir en situación de calle, respondía que ni idea. Para mí existía el concepto de ciruja, de linyera.

–¿Cómo fue su último día bajo techo?

–En la casa de los padres de un amigo. Mi hija y su madre ya estaban a resguardo con los abuelos. Yo sabía que no me quedaba otra, lamentablemente no tenía dónde estar porque me era imposible pagar el alquiler. Hubo cuestiones personales o familiares que me sobrepasaron. O me endeudaba más y quedaba enterrado al punto de no poder salir, o paraba la pelota. La decisión fue la que tomé. Mi amigo Humberto y su esposa Nelly que viven en Lomas del Mirador me preguntaron si tenía adónde ir. Yo por vergüenza les dije que sí, pero la respuesta era no. Por una cuestión de instinto y de supervivencia me vine para la Capital Federal. Acá hay vida toda la noche, en la provincia no.

–¿Se fue con lo puesto?

–Sí, porque cuando uno no tiene adónde ir, ¿para qué va a llevarse sus cosas? Yo las repartí en distintos lugares. Fue como vivir una película de ciencia ficción. Imagínese que usted sale de la redacción y cuando llega a su casa lo perdió todo. Se pregunta: ¿y ahora qué hago? Mi historia en situación de calle empezó en el Congreso y terminó también en el Congreso. Increíblemente, después de haber deambulado por muchos lugares de la ciudad.

–¿Qué experiencias lo marcaron en esos cinco años de intemperie?

–Hubo dos momentos muy claros. Una mañana, en la plaza 1º de Mayo, en Yrigoyen y Pasco, fui a despertar a uno de los abuelos y se me cayó. Cuando me di cuenta, estaba muerto. Se había muerto sentado. Tenía 70 y pico de años. La otra experiencia sucedió durante la Navidad de 2004 cuando hicimos la huelga de hambre en la Plaza de Mayo. En mi vida hubiera imaginado que estaría haciendo eso para que alguien se dé cuenta de cómo tantas personas viven o mueren como perros. Unas trescientas personas de distintas ranchadas y paradores tomamos la decisión de salir a pelear.

–¿Cuándo percibió que podía comenzar a revertir su situación de calle?

–Desde un primer momento mi idea fue revertirla. Jamás pensé que me quedaría así, por eso nunca fui a un parador, ni a un comedor, que para mí son lugares donde a uno lo inducen a aceptar su condición y si la acepta lo quiebran. Esos sitios están para quebrarlo, para formalizar la situación y estancarla. Por eso, en cinco años habré ido dos veces a bañarme a un lugar así. Por una necesidad de higiene.

–¿Está en contra de ese tipo de asistencialismo?

–Sí, porque es un negocio millonario. Hay hogares que cobran 85 mil pesos mensuales por atender a cuarenta personas. Saque la cuenta. Tener que ir a comer y hacer una cola ante todo el mundo es humillante. Eso va socavando y uno acepta que lo llamen indigente. La situación de calle es un compendio de todas las situaciones sociales. En ella y solo frente al mundo, uno pasa por lo peor. Es la condición más baja a la que puede llegar un ser humano. El simple hecho de cómo ir al baño, cómo higienizarse… de dormir con un ojo abierto. La cabeza de uno no descansa en la calle. Se duerme con la luz de mercurio, los ruidos de los autos, los colectivos, la gente que viene y va. Es muy difícil mantener un estado de coherencia viviendo en la calle. Y estar muy fuerte anímica y mentalmente.

–Usted dice que nunca durmió en los paradores del gobierno porteño. Cuando juntaba unos pesitos, ¿se alquilaba una pieza de hotel?

–Sí, una vez al mes y cuando ya tenía un laburo formal, el sábado y el domingo me quedaba en un hotel, aislado de todo. Más que nada por la intimidad, por el hecho de cerrar la puerta y que todos quedaran afuera. Era muy necesario para mí.

–Hay algo que las personas con un hogar propio o alquilado consideran indispensable en sus días de descanso: el esparcimiento. ¿Es posible recrearlo cuando se vive en la calle?

–Depende de la situación. Para mí tener la radio y pilas todos los días era un acto imprescindible. Así me evadía. Otro puede ser escribir. Hay muchos que dibujan. El fútbol en la calle es importante. Hay campeonatos zonales, por ejemplo. Yo tengo compañeros que jugaron en el Mundial de fútbol callejero para homeless. También hay un lugar que se llama Arte sin techo. No sé si llamarlo esparcimiento. Es escape.

–¿Cómo logró salir de la situación de calle?

–Trabajando, con el apoyo de la gente que después se fue sumando a Proyecto 7. Apostando a que se podía. Siempre se puede.

94 EGUNERATUZ

94eguneEs un enorme halago para Gabriel y para mí que una publicación como EGUNERATUZ,  boletín mensual sobre Inserción Social editado por el SIIS en colaboración con el Departamento de Justicia, Empleo y Seguridad Social del Gobierno Vasco, en el número 94 de marzo de este año, en su página 7, se haga referencia a este blog, Con Cartones por la Calle, en estos términos:


«https://enriquerichard.es/

Enrique es voluntario y realiza trabajo de calle con personas sin hogar en la barcelonesa Fundació Arrels. Ayudado por Gabriel, que conoce de primera mano lo que supone carecer de techo, edita Con cartones por la calle, una bitácora dedicada a esas personas. Historias reales, de esas que ponen rostro a la exclusión, artículos de opinión y algunas noticias configuran esta página, una de las más serias y actualizadas que pueden leerse sobre este tema en castellano.»

Tanto Gabriel como yo agradecemos esta deferencia por lo que significa de espaldarazo y ánimos para seguir en nuestra tarea de trabajar por un mayor y mejor conocimiento de la realidad en que se encuentran las personas que están viviendo en la calle.

Muchas gracias.